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Ungidos para ungir (Homilía para la Misa Crismal 22 de junio de 2020)

El Señor nos ha convocado para celebrar la misa crismal en estas excepcionales circunstancias ocasionadas por la pandemia. Debíamos haberla celebrado en el marco del triduo pascual, pero suponía que ni el presbiterio ni los fieles podían participar en ella, lo cual empobrecía su gran significado. Lo hacemos ahora dando gracias al Señor que nos permite recuperar esta celebración cargada de rico simbolismo que, providencialmente, ilumina la situación por la que pasa la humanidad azotada por esta pandemia. Al escuchar la Palabra de Dios proclamada sorprende su enorme actualidad y su capacidad para generar esperanza de que el bien siempre triunfa sobre el mal. La misa crismal es la proclamación de ese triunfo.

            Esta misa se llama crismal porque en ella se consagra el crisma. ¿Y qué es el crisma? El aceite que sana santifica y consagra las realidades de este mundo dedicadas a Dios; sana, santifica y consagra a los hombres que, mediante la crismación, se trasforman en hijos de Dios y sacerdotes del Dios altísimo. Desde la creación, Dios se ha comprometido con ella para conducirla a su destino. El hombre ofrece los dones recibidos de Dios —agua, pan, vino, aceite— y Dios se los devuelve convertidos en signos que nos otorgan su gracia salvadora. Hoy traemos el aceite para ungir a enfermos y catecúmenos; traemos el crisma para consagrar altares, templos, vasos sagrados, y, sobre todo al hombre y a la mujer, las más excelsas de las criaturas que, gracias a la unción, se convierten en custodios y sacerdotes de la creación. Aquí radica el auténtico sentido de la ecología.

            ¿Cómo puede suceder esto? ¿Cómo un poco de aceite puede realizar semejantes prodigios? Porque a través del crisma —que significa unción— actúa Cristo, que es el Ungido. Recordad el célebre texto de san Agustín: «La palabra Cristo se deriva de crisma, unción. No sólo fue ungida nuestra cabeza, sino también su cuerpo, es decir, nosotros mismos […] Nosotros somos cuerpo de Cristo porque todos somos ungidos, y todos estamos en él, siendo Cristo y de Cristo, porque en alguna manera el Cristo total es cabeza y cuerpo» (In Ps. XXVI, II, 2). No hay posibilidad de unción salvífica sin Cristo. Al tomar nuestra carne, se une a nosotros, recibe la unción del Espíritu y la trasmite a su cuerpo: nos unge con el crisma de la salvación. Lo hemos proclamado en las lecturas que tienen como centro a Cristo, el Ungido de Dios para socorrer a la humanidad doliente, esa humanidad doliente que somos nosotros.

            Las tres lecturas —la profecía, el Evangelio y la enseñanza apostólica— giran sobre el mismo tema. «El Espíritu del Señor —dice Isaías— está sobre mí porque el Señor me ha ungido». Profetiza la llegada del Ungido, enviado para anunciar la buena nueva a los que sufren. Vendará corazón desgarrados, consolará a los afligidos, y cambiará en luto en perfume y el abatimiento en cánticos. ¿No son actuales estas palabras? ¿Acaso no necesitamos que Dios nos reconforte, nos aliente, sane nuestras heridas y nos acompañe en el luto? Pero dice más: «Vosotros os llamaréis sacerdotes del Señor, ministros de nuestro Dios». Allí se anunciaba nuestro ministerio, nuestra misión, la grandeza de nuestro linaje. Porque el Ungido, Cristo, no se ha reservado para sí únicamente su ministerio, sino que lo ha puesto en nuestras manos para continuar su propia misión. ¿Cómo poner en duda entonces la actualidad de nuestro ministerio y la necesidad que los hombres tienen de él? Mientras exista el hombre, será un ser necesitado de salvación, de consuelo, de fortaleza, de compañía. Lo hemos visto en este tiempo dramático en que tantas personas han sufrido y muerto en soledad. Pero, aunque no hubiéramos sufrido la pandemia, ¿acaso el hombre no es un ser herido junto al camino por donde pasa el buen samaritano? Necesitamos vocaciones para buenos samaritanos, los sacerdotes de Cristo. Trabajar por las vocaciones al ministerio sacerdotal es asegurar a los hombres de nuestro tiempo la presencia del Ungido del Señor.

            En el evangelio, se cumple la promesa de Isaías y Jesús se aplica la a sí la profecía. Él cumple y anuncia la verdadera libertad de los oprimidos y a quienes necesitan la gracia de del Señor. La Escritura se ha cumplido, por ello todos en la sinagoga fijaron la mirada en él. Nuestras crisis, hermanos, comienzan cuando dejamos de fijar los ojos en él, única fuente de salvación. Por mucho que cambien las épocas y las circunstancias históricas, el hombre siempre será el mismo, un pobre necesitado de Dios. Y nosotros, sacerdotes de la nueva alianza, siempre tendremos en nuestras manos el crisma de la salvación y el óleo de la alegría definitiva. Nuestra alcuza nunca estará vacía, el Señor la llena cada día con su promesa de fidelidad hasta el fin de la historia. Porque él, como dice el apóstol del Apocalipsis, es el Testigo fiel, el Primogénito de entre los muertos, el Príncipe de los reyes de la tierra. Nos ha amado, nos ha librado de nuestros pecados con su sangre y nos ha hecho sacerdotes de Dios, su Padre. Es el que es, el que era y el que viene. Ninguna época, ningún lugar o circunstancia carecen de su influencia.

            En medio de esta pandemia, el Señor se nos ha manifestado caminando con nosotros en el amor desinteresado de tantas personas ungidas con su bondad, en el sufrimiento de quienes veían amenazada su vida y su esperanza, en la soledad de quienes reclamaban compañía. Dios ha estado vendando heridas y enjugando lágrimas. Nuestro presbiterio también ha padecido de muchas maneras. Algunos hermanos nuestros se nos han ido al Padre. ¿Cómo no recordarlos? (Isidoro Mardomingo, Juan Bayona, Ángel García, Andrés Rodao, Juan Herranz, Oscar Rodao). Pidamos que vengan otros a ocupar sus puestos. Hemos sufrido con el pueblo que pastoreamos; y les hemos ofrecido lo mucho o poco que hemos podido hacer, pero siempre lo que el Señor nos ha dado: la gracia que restaura y santifica.

            Demos gracias a Dios en este día en que renovamos las promesas sacerdotales. No las renovamos como si fuera un contrato que expira, un convenio de prestación de servicio. Respondemos sí a la fidelidad del Dios que nos precede en el amor; respondemos sí a la gracia ministerial que merece nuestro pueblo; respondemos sí a la entrega de nuestra vida aunque no veamos frutos inmediatos; porque el Señor no nos ha dicho que vayamos a recoger frutos, sino a sembrar la semilla de su Palabra y a curar enfermedades que sólo la gracia puede curar. Respondemos sí al que sale valedor de nosotros ante el Padre, y nos asegura, por poco que le demos, el ciento por uno.

            Que, al traer los óleos y el crisma en procesión, el pan y el vino de la cena del Señor, ofrezcamos también nuestras personas, para que la humanidad entera y la creación que gime cuando la pisoteamos, experimenten que Dios ha enviado a su Hijo para ungirnos con su misericordia y asegurarnos su compañía hasta que lo contemplemos cara a cara en su morada. Que la llena de gracia nos lo conceda.