Homilía en el inicio del ministerio episcopal en la Diócesis de Segovia de Mons. Jesús Vidal
«Sígueme» Parece que una sola palabra fue suficiente para que Mateo abandonara su puesto de recaudador de impuestos y siguiese al Señor por un camino del que poco o nada sabía a dónde le iba a llevar. Pero tampoco le hacía falta. Seguramente, Mateo no se levantó del mostrador porque Jesucristo le propusiese un futuro prometedor de fama, éxitos y placeres. Podemos pensar, por otro lado, que esta no era la primera vez que Jesús y Mateo se veían. Mateo ya habría oído hablar de aquel profeta que enseñaba con autoridad, que sanaba a multitudes de enfermos y que daba alimento y bebida sobreabundante. Y muy probablemente le habría escuchado predicar en la orilla del mar de Galilea. Y Jesús habría visto también a Mateo, reconociendo en su mirada el deseo de ser liberado por un amor más grande, que hiciera levantar su mirada de las monedas que tenía delante. Es cierto que seguramente Jesús y Mateo ya se conocían, pero todo eso no hace que dejemos de sorprendernos ante la decidida reacción de Mateo ante esta sola palabra: «Sígueme». Y Mateo, dice el evangelista, «se levantó y lo siguió», dejándolo todo como unos días antes habían hecho Pedro y Andrés, Santiago y Juan. ¿Qué vio Mateo en aquel hombre? ¿Qué fuerza interior le llevó a dejarlo todo y seguirle?
Hoy habéis acudido a esta Catedral desde diferentes lugares, principalmente desde Segovia y sus pueblos y desde Madrid, para celebrar el inicio de mi ministerio como Obispo en Segovia. Dirijo un saludo muy cordial a mis hermanos cardenales, arzobispos y obispos; al Sr. Nuncio, representado por el primer consejero de la nunciatura, Mons. Roman Walczak, al Cabildo catedralicio y miembros del colegio de consultores, a los sacerdotes concelebrantes, diáconos y seminaristas. A los miembros de la vida consagrada y a los laicos, a todas las familias que han querido acompañarme.
Dirijo también un saludo agradecido por su presencia a todas las autoridades nacionales, autonómicas y locales, autoridades militares, académicas y judiciales. Como ya dije en mi primer saludo a la Diócesis, pueden contar con mi leal colaboración para construir entre todos una cultura de la vida, de la acogida y del cuidado.
La llamada
Al acudir a esta celebración todos nos ponemos delante de la misma llamada que escuchó Mateo: «Sígueme». Como obispo vengo a vosotros como testigo de esta llamada que, en primer lugar, he escuchado yo mismo. Como obispos somos, antes que ninguna otra cosa, discípulos. Discípulos de Jesucristo, que no nos seguimos a nosotros mismos, buscando nuestros intereses o llevando adelante un programa ideológico de conservación o de reforma, sino que nos ponemos tras de Él para seguirle adondequiera que vaya. Y como decía antes, no por la búsqueda de fama, poder o comodidad, sino porque hemos encontrado en Él la Vida verdadera, la Vida que no queremos perder. «Una sola Palabra habló el Padre, que fue su Hijo», dice san Juan de la Cruz. Así, como hemos escuchado en la carta a los Hebreos, Cristo es la Palabra de Dios viva y eficaz.
Es Palabra Viva. Porque ha resucitado y vive para siempre, podemos encontrarnos personalmente con Él y caminar detrás de Él. Y así, encontramos la vida conociendo su amor por nosotros, dejando que toque nuestro corazón, en el centro de nuestra persona, más allá de todos los deseos y pensamientos que nos confunden. Así lo hizo con Mateo y con tantos otros en la historia de la Iglesia y, en concreto, de la Iglesia que camina desde antiguo en estas tierras segovianas. La historia de la Iglesia puede definirse como la historia de un Pueblo que transmite generación tras generación un testimonio: Hemos conocido su amor y hemos creído en él (1Jn 4, 16). En este sentido, le pido al Señor que me dé la gracia de ser uno más de una preciosa cadena de obispos, testigos de la fe en estas tierras. Desde los primeros obispos de esta Diócesis de antiquísima historia y tradición, hasta los más recientes. En ese sentido, doy gracias a Dios por los dos últimos obispos, D. Ángel Rubio y D. César Franco, obispos eméritos, aquí presentes. Os agradezco vuestra vida entregada al Señor y os pido que no dejéis de rezar por mí y por la diócesis. Se que así lo hacéis ya.
Y Cristo, Palabra de Dios, es Palabra eficaz porque cambia la vida de aquellos que se encuentran con él y se abren a un nuevo horizonte. En esto conocemos que le amamos, en que su amor cambia nuestra vida. Volviendo al pasaje del Evangelio, encontramos algo que resulta, de primeras, sorprendente. Jesús dice a Mateo que le siga, pero no le lleva a su casa, la casa de Jesús, sino que le conduce a su propia casa, a la casa de Mateo, donde Jesús y sus discípulos se sientan a la mesa con él y con muchos publicanos y pecadores. Jesús nos llama a seguirle y esto significa que quiere entrar en nuestra casa, sin miedo al desorden o pecado que pueda encontrar en ella. Hoy nos es difícil entender esto porque nos resulta extraño el concepto del pecado. Tratamos siempre de justificarnos, de decir que lo hemos hecho todo bien. Pero no es verdad. La alegría del Evangelio nace, precisamente, de reconocer que todos necesitamos ser sanados y hemos encontrado al Médico, Jesucristo. No necesitan médico los sanos, sino los enfermos.
¿Quién de nosotros no necesita ser salvado del propio pecado? Jesucristo ha venido a llamar a los pecadores y esto es la Iglesia: la asamblea de los que reconocemos nuestro pecado, que es un amor desordenado, un amor que nos hace querer salvarnos a nosotros mismos, descartando al que nos molesta, pisando y hundiendo al que está al lado. Pero no necesitamos hacer esto. En cambio, el Señor nos lleva a recoger al que está herido a nuestro lado, podemos pedir perdón y perdonar, porque Cristo nos ha amado y perdonado primero. Esto lo viviremos de una forma singular en este año jubilar recién iniciado. Miremos a los que están sufriendo a nuestro lado por cualquier causa. El Señor acoge en su Iglesia a todos; a todos, todos, todos, como suele subrayar el Papa Francisco. Pero ser acogidos significa dejar que el Señor entre en nuestra casa, en nuestra vida y la cambie para que aprendamos con Él a vivir en la verdad del amor. Es posible que alguno pueda pensar que esto es imposible, que uno no puede ser cambiado. Pero pensemos, como continúa la carta a los Hebreos, que Jesucristo no es uno incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino que ha sido probado en todo menos en el pecado. En la Cruz Jesucristo nos revela su sed infinita de amar y ser amado. Acerquémonos confiados a Él y encontraremos la ayuda que necesitamos.
Sígueme
«Sígueme». Queridos fieles segovianos, al principio de mi servicio pastoral quiero pediros que sigamos juntos a Cristo, para dejarnos conducir por el Espíritu Santo hacia el Padre. Deseo caminar con vosotros tras de Él. Unas veces delante de vosotros, otras en medio, otras detrás, para que juntos demos testimonio de su amor misericordioso. Mantengamos firmes la confesión de fe, esto es, la relación con Cristo, que nos ha amado.
Hoy sábado la Iglesia pone su mirada especialmente en María. Por eso, en este inicio del ministerio estamos celebrando la misa votiva de la Santísima Virgen en su advocación de Nuestra Señora de la Fuencisla, patrona de Segovia y su tierra. Como dice su himno, que cantaremos al final, ella es fuente que mana vida y dulzura. Su Inmaculado Corazón es un manantial de aguas claras al que siempre podemos acudir. A ella y a san Frutos me encomiendo en el inicio de mi ministerio, seguro de encontrar en ellos auxilio oportuno.