Homilía en la bendición de palmas y Eucaristía del Domingo de Ramos
Nos reunimos en la Catedral para el inicio solemne de la Semana Santa, recordando la entrada de Nuestro Señor en Jerusalén. En esta entrada, encontramos algunos elementos paradójicos o contradictorios. Por un lado, Jesús entra acompañado por una gran multitud. Se trata de sus discípulos y de aquellos que le siguen desde Betania, entusiasmados por el milagro, aun reciente, de la resurrección de Lázaro, a los que se unen los miles de peregrinos que llegaban en esos días a Jerusalén y que se unen a la alegría de la llegada de Jesús. Muchos habrían oído hablar de él y de sus milagros y enseñanzas; otros no, pero se unirían por emulación a la multitud. Pero en medio de esa multitud, Jesús se siente profundamente solo. Pocos, tal vez solo su madre, pueden entrar en sus sentimientos ante el gran misterio y el sufrimiento que va a vivir esos días. Otra contradicción la encontramos en los gritos de victoria que acompañan la entrada de Jesús. Son los gritos que jalean a un rey victorioso. En cambio, el pueblo se haya bajo la dominación de Roma, una potencia extranjera, y aquel que viene no lo hace para liberarla de esta, sino para morir ajusticiado en una Cruz. Viene, no como un rey de guerra y violencia, sino como Rey de Paz.
También nosotros entramos en la Semana Santa llenos de contradicciones, necesitados de conversión. En la oración colecta con la que iniciamos la liturgia de hoy expresamos esta necesidad con dos verbos. Pedimos a Dios “aprender de las enseñanzas de la Pasión para participar de la resurrección gloriosa”. Aprender y participar. Ambas cosas exigen entrar en esta semana con un corazón abierto, bien dispuesto, para aprender y dejarnos conducir.
En la liturgia de la Palabra, hoy hemos escuchado la lectura de la Pasión en el Evangelio según san Lucas. Los textos son abundantes y, por eso, querría detenerme solo en algunos detalles. En concreto en las tres palabras que san Lucas recoge de Jesús en la cruz. Como sabemos, los Evangelios recogen 7 palabras de Jesús en la cruz, tres de ellas las encontramos en este Evangelio según san Lucas. Estas tres palabras, además, marcan como tres actos, tres pasos en los últimos momentos de la vida terrena de Jesús y se convierten en una gran enseñanza para nosotros. Y para entenderlas, tenemos que verlas en el contexto de relación en el que Jesús las pronuncia.
En primer lugar, ante los soldados que lo crucifican y los sacerdotes y ancianos que le insultan y desprecian, Jesús dice: Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen. Dice el evangelio que Jesús “decía” estas palabras. Es decir, que no es una palabra puntual, sino que parece más bien, una letanía, un susurro que Jesús repite continuamente a lo largo de su pasión. Es una expresión continua de amor, ante el mal que está recibiendo por parte de toda la humanidad representada en los judíos y los paganos. Es una manifestación del continuo amor de Dios ante el pecado del hombre. Parece que esta letanía se alarga en los labios de Dios a lo largo de la historia. También hoy ante tanto mal, tanta violencia, tanto desprecio, Jesús dice ante Dios: Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen. Jesús es el inocente que no conoció el pecado, pero ellos, nosotros, en nuestro pecado no sabemos lo que hacemos. Dice Jesús en otro lugar que los que le van a entregar no conocen a su Padre, que están ciegos y sordos, porque no quieren ver ni oír. Debajo de todo mal y pecado hay una ceguera, una obcecación que no nos deja ver y por la que también nosotros nos podemos dejar llevar. En cambio, le pedimos al Señor, que estos días podamos ver y oír para que así conozcamos más su amor.
La segunda palabra de Jesús es dicha a uno de los dos malhechores crucificados junto a él. En ellos vemos también como actúa el pecado en nosotros. Uno de ellos, estando en el sufrimiento de la cruz, le increpa que se salve a él mismo y que lo haga con ellos. Se justifica y echa a Dios la culpa de su mal, ya que parece que no quiere salvarle. Es el engaño que nos hace pensar que Dios piensa como nosotros, que quiere salvarse a si mismo. Ese no es el camino por el que Dios nos salva. En cambio, el otro ladrón hace un precioso camino de conversión en tres pasos. Primero, reconoce su propio pecado; segundo reconoce que Dios es bueno, que es el inocente que sufre por los culpables; tercero, pide a Jesús misericordia. Y Jesús responde en medio del sufrimiento: Hoy estarás conmigo en el paraíso. La salvación de Dios viene hoy a nosotros. No es el resultado de una cuenta de méritos y pecados, a ver si con un poco de suerte nos sale positiva y nos salvamos. La salvación es estar hoy con Jesús. Es conocer el amor de aquel que ha venido a estar con nosotros en medio del sufrimiento, con tal profundidad que ya no queramos separarnos de él.
La tercera palabra es pronunciada de cara al Padre. Ante el sufrimiento y la muerte, el hombre se encuentra solo. El sufrimiento nos aísla. Pero entonces, con Jesús, podemos volver nuestra mirada al Padre. Dice el evangelio que en ese momento se rasgó el velo del Templo y que Jesús gritó con fuerte voz: Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu. El velo del Templo era una cortina que separaba del resto el sancta sanctórum, el santo de los santos, el habitáculo en el que estaba el arca de la alianza y donde el sumo sacerdote, una vez al año hacía el sacrificio de comunión, de alianza de Dios con su pueblo. Ese velo se rompe, porque como nos dice la carta a los hebreos, Jesús ha entrado como sumo sacerdote en el santuario de una vez para siempre, abriéndonos un camino. Jesús se entrega totalmente en las manos del Padre, realizando así la verdadera alianza que nos libra del pecado, de la sospecha. Aprendemos a reconocer que, en cualquier circunstancia, aunque sea de muerte, Dios es Padre que no busca el mal de sus hijos, sino su vida y salvación. Con estas palabras, Jesús entrega su vida y recibe la del Padre, abriéndose así a la resurrección.
Así iniciamos esta gran semana. Con deseo de aprender de la pasión de Jesús, de la que participaremos en la liturgia de estos días, en los viacrucis y procesiones, en momentos de silencio y oración o de familia y fraternidad. Que en todos ellos, abramos el oído para aprender la pasión de Jesús y participar así de su resurrección.