«La mejor decisión» y «La hora del Ángelus», relatos ganadores del concurso literario
20250528 Concurso literario • Este lunes 26 de mayo la Librería Diocesana acogía la entrega de premios del I Concurso Literario «Virgen María». El Obispo de la Diócesis, Mons. Jesús Vidal, hacía entrega de los vales por valor de 75 y 125 euros a las ganadoras en la categoría hasta 17 años y desde 18 años, respectivamente. Además, las dos recibieron una lámina con una ilustración de la Inmaculada Concepción, de la autora Sara Bargueño. A continuación, compartimos los textos íntegros de los relatos ganadores.
La mejor decisión
Ese día estaba todo tranquilo. María, estaba en su casa ayudando a su madre con todas las tareas porque era muy buena y obediente. De repente, una luz enorme llenó la habitación, como si el sol se hubiera metido por la ventana, un resplandor enorme que casi no podía abrir los ojos; se los tapó, porque la luz le hacía daño y cuando pudo abrirlos ¡ahí estaba! Un ángel, sí, un ángel de verdad, con alas grandes y una voz que sonaba como música, estaba flotando en el centro de la habitación y todo olía a flores.
El Ángel le dijo que se llamaba Gabriel y que Dios la había elegido para algo muy especial: ¡iba a tener un hijo! Pero no un hijo cualquiera… ¡sería el Hijo de Dios! María se quedó muy sorprendida, como cuando te dicen que ganaste algo sin saber que estabas participando.
Al principio tubo un poquito de miedo, pero también mucha paz y alegría. Así que cerró los ojos, respiró hondo y le dijo “SÍ”, que quería hacer lo que Dios quisiera. Y entonces, el ángel sonrió y desapareció como una estrella fugaz.
Desde ese momento, ella supo que su vida nunca sería igual… pero también supo que Dios estaría siempre con ella.
Ana Martín
La hora del Ángelus
Las doce del mediodía. Desde la habitación del Hospital General oímos las campanas de la Catedral. Es la hora del Ángelus, y mi madre se acerca a la cama del abuelo para decírselo y, muy bajito, empieza a recitárselo al oído. Él ya no puede decirlo, está exhausto, no tiene fuerzas para rezarlo en alto. Todos los que estamos allí, nos unimos a mi madre y lo empezamos a rezar interiormente. En silencio.
Es un momento importante de cada día en la vida de mi familia. Han sido tantas las veces que hemos ido con el abuelo hasta la ermita de la Virgen para tocar el campanil, y tantas las veces que se lo hemos escuchado rezar mientras nos enseñaba cómo hacerlo, que todos lo aprendimos y acogimos como algo propio, de nuestra familia.
– “Un toque, dos y tres…” El Ángel del Señor anunció a María…
Silencio.
– “Cuatro, cinco, seis…” Aquí está la esclava del Señor….
Silencio
– “Siete, ocho, nueve…” Y el Hijo de Dios se hizo hombre….
Silencio
– “Diez, once y doce…”
“…Y ahora tira con fuerza de la cuerda para que voltee la campana y todos en el pueblo, al oírla, se acuerden de la Virgen, de su Hijo Jesús y la recen un avemaría.”
Bajamos juntos de la ermita agarrados de su mano, que es áspera y dura. Es la mano de un hombre de campo, que la usa para arrancar de la tierra unas espigas y de la campana de la ermita una oración a la Virgen.
Ahora, en el hospital, son las doce y dos minutos del mediodía. Mi abuelo se ha ido.
Esta vez no ha subido a la ermita de la Virgen a rezar el Ángelus y a tocar el campanil, ha sido Ella la que ha venido a buscarlo para rezarlo con él en el cielo.
En la Catedral siguen sonando las campanas, y mi abuelo ya no las escucha aquí. Era lo lógico. Es la hora del Ángelus.
Rosalía Estébanez