Homilía en la fiesta de la Bienaventurada Virgen María del Pilar
20251012 Virgen del Pilar. Celebramos hoy la fiesta de la Bienaventurada Virgen María del Pilar y lo hacemos junto a la Guardia Civil de Alcalá de Henares que la celebra como patrona.
En un conocido elogio de nuestra Señora del Pilar se la invoca unida a otras tres advocaciones que iluminan lo que la advocación de la Virgen del Pilar significa para nosotros: ella es consoladora de los afligidos, refugio de los pecadores y madre de España. Querría hoy centrarme en la primera de estas advocaciones, dejando las otras para posteriores ocasiones.
En el pasaje del Libro de los Hechos de los Apóstoles que hemos escuchado encontramos una fotografía de la primera Iglesia. En ella podemos reconocer diferentes grupos: los apóstoles, un grupo de mujeres, los parientes de Jesús y María, la madre de Jesús. Sólo los apóstoles y María aparecen denominados por su nombre. Parece que esto quiere indicar el lugar preminente de María, la madre de Jesús, entre el resto de los discípulos en cierta semejanza a los apóstoles. Esta semejanza en la preminencia puede estar en que ella tiene en el conjunto de la comunidad una misión singular.
San Lucas comienza su Evangelio subrayando el papel de María en el misterio de la Encarnación y del Nacimiento del Señor. En los Hechos de los apóstoles, segunda parte de la obra de San Lucas también comienza subrayando, como hemos dicho, el lugar de María. Su nombre no volverá a aparecer en el resto del libro. Parece desaparecer de la historia. Entonces, podemos pensar ¿Por qué nombrarla aquí? Y más, sabiendo que, a diferencia de san Juan, san Lucas no la nombra entre las mujeres que permanecen al pie de la Cruz y que serán los primeros testigos de la resurrección.
Sin duda, la nombra aquí para reflejar su misión en el nacimiento de la Iglesia. Para ella es también Madre. Ella ha permanecido silenciosa a lo largo de la vida terrena de su hijo acompañando a los apóstoles y discípulos; ha permanecido discretamente en la pasión y en la cruz fortaleciéndoles; y así permanecerá siempre en medio de la Iglesia reuniendo y consolando a sus hijos en las distintas tribulaciones que vivamos.
La experiencia secular de la Iglesia es que María, Nuestra Madre, acude siempre para consolarnos. Su consuelo no puede ser otro que el de ser testigo de la verdadera esperanza que nos permite perseverar en el amor. Ella testimonia que su Hijo vive y actúa en medio de nosotros. Su palabra acogida en el corazón y puesta por obra, como hemos escuchado al Señor en el evangelio, es camino seguro para encontrar descanso, paz y profunda alegría, también en medio de las cosas que nos hacen sufrir.
Son muchas las causas que nos traen aflicción. No hay más que echar un vistazo a los periódicos de las últimas semanas: la guerra en Ucrania y el riesgo de una escalada bélica; el encarecimiento de los bienes por la falta de recursos, que afecta ya a las familias que viven con mayor precariedad; la ausencia, cada vez mayor, de protección legal para la vida humana desde su concepción hasta la muerte natural; el sufrimiento de los jóvenes y el aumento de las enfermedades mentales, de los que el suicidio juvenil parece ser una prueba ya difícil de esconder; la colonización ideológica que busca imponer en todo el espacio social una antropología que olvida la verdad del cuerpo humano y que conduce a las nuevas generaciones a una desorientación y desintegración cada vez mayor (recomiendo vivamente la lectura de la nota, publicada el pasado lunes, de los obispos de la subcomisión episcopal para la familia y la defensa de la vida)… Muchas causas, como digo, de dolor y sufrimiento.
Hoy miramos a la bienaventurada Virgen María en pie sobre el Pilar. Es una imagen muy pequeña y no parece tener ninguna fuerza, tal y como entiende la fuerza este mundo. Sin embargo, a ella se le aplican las palabras del salmo: si un ejército acampa contra mí, mi corazón no tiembla; si me declaran la guerra, me siento tranquilo. Son palabras muy sorprendentes, que creo que ninguno de nosotros puede atreverse a afirmar. ¿Cómo es posible no temblar ante la fuerza de un ejército en orden de batalla o la declaración de guerra de los poderosos de este mundo? Y, sin embargo, vemos a María humildemente firme. Su Pilar es su fe, su amorosa confianza en su Hijo resucitado, que tiene poder para sostenernos y preservar nuestra vida en medio de las tribulaciones. La verdadera vida consiste en la relación con Cristo y esta nadie puede arrebatarla.
Así, María se acerca a los atribulados para llevarles el consuelo de la fe, la esperanza y la caridad. Y esta es la misión a la que hoy nos convoca a sus hijos. Seamos consuelo en medio de la tribulación. Ciertamente no deja de ser necesario detenernos en reflexionar cómo hemos llegado hasta aquí; pero parece más prioritario abrir los ojos a nuestro alrededor y buscar el lugar al que yo soy llamado a llevar el consuelo de la Virgen, su confianza en el Padre y su caridad concreta y efectiva que acoge a cada uno, sin juicios ni condenas, venga como venga, como hace una madre, para irle conduciendo poco a poco a su Hijo.
Que la bienaventurada Virgen María nos dé hoy su consuelo y fortaleza para que podamos llevarlos a todos los que lo necesitan.
+Jesús Vidal
Obispo de Segovia