La entrada. Domingo de Ramos
20260329 Domingo de Ramos. Con el Domingo de Ramos, celebramos la entrada de Jesús en Jerusalén para afrontar su destino final. Son tres los verbos que pueden ayudarnos también a nosotros a vivir estos días: entrar, pasar y salir.
Jesús entró en Jerusalén para entrar en la Pascua. Es el mismo movimiento por el que el Hijo de Dios había entrado en la historia por medio de la encarnación. Entrar es lo contrario de “pasar de largo”, como hicieron el sacerdote y el levita con aquel samaritano. Es tomarse en serio la vida de aquel con quien nos encontramos. El verbo entrar lo decimos también para comenzar cualquier relación. Jesucristo quiere entrar también en relación con la vida de cada uno. Jesús entró en Jerusalén, y no de cualquier manera. Lo había preparado todo muy al detalle, como muestran los evangelios, revelándonos las instrucciones exactas que dio Jesús a sus discípulos. Ya ha preparado la montura que llevará la carga y a él mismo y ya tiene pensada y comprometida la casa en la que celebrará la Pascua con sus discípulos. No improvisa. Sabe a lo que ha venido.
También nosotros entramos estos días en la Semana Santa. Es posible que tengamos todo preparado, planes bien detallados de dónde, cómo y con quién pasaremos estos días. Pero me pregunto si tenemos el corazón preparado para entrar con Jesús en Jerusalén.
Jesús pasó en Jerusalén toda la semana. Lo hizo caminando entre las gentes, enseñando en el Templo, conversando con sus discípulos, entregándoles sus enseñanzas más íntimas. Jesús pasó tiempo con ellos, con el pueblo. El otro día me decía una persona que hoy, que el tiempo parece escaso, uno de los regalos más valiosos que uno puede hacer a otro es pasar tiempo con él.
La palabra pascua tiene diversas etimologías. Para unos procede de pasión; para otros de paso, haciendo referencia al acontecimiento del paso del pueblo judío por el mar rojo en su huida a Egipto. En Jesucristo se unen ambos sentidos. Su paso entre nosotros fue pasión, pues supuso cargar con nuestras heridas, nuestros odios y desprecios, nuestras frustraciones y decepciones. Él pasó junto a nosotros y los tomó sobre sí. Y lo hizo para atraernos. Tenemos muchas ocasiones, en cada encuentro personal de cada día para elegir el modo en que pasamos a través de nuestro trabajo, nuestra familia… Y al pasar, pensemos en que rastro dejamos. Jesús fue dejando un rastro de pasión. Así lo viviremos estos días en los que Jesús pasará por nuestras calles, dejando olor a incienso, sonido de tambores y cornetas, miradas profundas… y alguna que otra lágrima.
Y Jesús, finalmente salió. Salió hacia el Padre, de donde había venido. La salida nos habla de su muerte, pero también de su resurrección. De nuevo rememora el signo de la salida de Egipto, cuando el pueblo hebreo despoja a Egipto de sus riquezas y sale a la libertad del desierto en camino hacia la Tierra que Dios les había prometido. Una heredad que es tierra en la que habitar y VIVIR, vivir de verdad, en paz, en justicia, en libertad. Esta tierra también nosotros la anhelamos, pero no está aquí, aunque se anticipa aquí. Esta tierra es el cuerpo resucitado de Jesucristo, lugar en el que cabemos todos para vivir en su unidad, sin rivalidades ni envidias, saciado el deseo de nuestro corazón.
Aquí podemos preguntarnos cómo saldremos de la Semana Santa. La salida, dependerá, en gran medida, de cómo la hayamos vivido. Si lo que hemos buscado es descanso o diversión, seguramente eso encontraremos. Esto, aunque es importante, no es suficiente para lo que la Semana Santa ofrece. Lo que verdaderamente nos da esta semana es la posibilidad de salir transformados.
Entrar, pasar, salir. Tres verbos que nos dan la guía para vivir una Semana Santa que transforme nuestras vidas por el encuentro con el Señor.
+Jesús Vidal
Obispo de Segovia