Homilía en la celebración de la Misa Crismal en Lunes Santo
20260330 Misa Crismal. Según la Ordenación General del Misal Romano, la Misa Crismal ha de ser celebrada preferentemente en la mañana del Jueves Santo. También añade, sin embargo, que, si el clero y el pueblo tienen dificultad para reunirse ese día, puede anticiparse a otro más propicio (en el caso de nuestra Diócesis, el lunes, que es un día con sabor sacerdotal, ya que es el día en que tenemos los encuentros de formación permanente). La razón del cambio de día es, por tanto, facilitar la fundamental participación de todo el presbiterio y de un buen número de consagrados y laicos. (Agradezco encarecidamente a todos los sacerdotes vuestra presencia aquí, y a los consagrados y laicos que nos acompañan).
El hecho de que el ambiente del día más apropiado sea el del jueves santo, une esta celebración con la cena en la que el Señor reunió a los apóstoles para lavarles los pies, instituir los sacramentos de la Eucaristía y el sacerdocio ordenado y abrir su corazón a los discípulos, entregándoles sus últimas enseñanzas y compartiendo su oración más íntima al Padre.
La Ordenación General del Misal Romano insiste explícitamente en que es conveniente la participación de todos los presbíteros, para significar la unidad del presbiterio diocesano entre sí y con el obispo. Los presbíteros sois «necesarios cooperadores y consejeros» del obispo, según la conocida expresión de Presbiterorum Ordinis (cf. PO 7). Para iluminar esta enseñanza, el decreto conciliar, toma la imagen de Moises y los 70 ancianos sobre los que Dios derrama parte de su espíritu, de modo que ayuden a Moises en su pastoreo del pueblo de Dios. Esto nos lleva a la unción, recibida de forma plena por Jesucristo en su carne, como hemos escuchado que él mismo anuncia en la sinagoga de Nazaret. Todo el Cuerpo de Cristo recibe esta unción: Primero él mismo como cabeza; en él todo el Pueblo de Dios, constituido como pueblo sacerdotal; finalmente el obispo, los presbíteros y los diáconos, como ministros y servidores de esta unción en favor del Pueblo y de todos los hombres. No es posible vivir esta unción desconectados del cuerpo. El espíritu no se recibe de forma individual, sino formando un solo cuerpo. El número 7 concluye señalando este riesgo con claridad: «Ningún presbítero se encuentra capacitado para cumplir su misión aislada e individualmente».
Y esto no se refiere sólo a la unión con el obispo, sino a la unión con los otros presbíteros. A la unión con el obispo (PO 7), le sigue la cooperación fraterna entre los presbíteros (PO 8). Si es verdad que el obispo os necesita, no es menos verdad que os necesitáis entre vosotros. Vivimos inmersos en un ambiente social marcado por el individualismo. Por eso no debe sorprendernos que este individualismo sea una tentación habitual, también para nosotros. Estamos antropológicamente constituidos en la relación. Nadie nace solo, ni vive absolutamente sólo. El individualismo consiste, sin embargo, en «considerarse fuera de la relación»[1]. El modelo de la plenitud del hombre es hoy el de la autorrealización, el de la independencia y la autonomía absoluta. Parecería que el mejor es aquel que puede todo por sí mismo, sin ayuda de los demás. Confesar que necesito del otro, en cambio, es una muestra de debilidad.
Es innegable que la cooperación no es sencilla. Todos estamos heridos por el pecado de la autorreferencialidad (cuando hablo de esto hablo, en primer lugar, de mí mismo), y nos parece más sencillo y productivo hacer las cosas solos y a nuestra manera. Pero esta perspectiva, sin darnos cuenta, hace que los demás sólo entren en nuestra perspectiva vital como competidores o como “siervos al servicio de nuestra pretensión”. (Y, ¡ojo!, todo esto lo podemos vivir bajo la pretendida intención del mayor bien). En el fondo de esta tentación está la falta de experiencia o la experiencia fracasada de la aceptación incondicional de sí mismo y del otro[2]. Esto nos introduce en una duda radical acerca de nuestras posibilidades y de las del otro, conduciéndonos al repliegue defensivo: “hazlo a tu manera”; “los demás, al final, son un estorbo”; “es más fácil y sencillo hacerlo yo sólo”; en definitiva: “sálvate a ti mismo”.
El Señor, en cambio, nos muestra que el único camino verdadero para la misión es el de la cooperación fraterna con los hermanos y con el resto del Pueblo de Dios. No por razones de eficiencia (aunque esto sea lo que parece que nos termina por impulsar), sino por razón puramente teológica: solo en la comunión somos salvados.
Esta cooperación debe desarrollarse en algunos elementos que estamos llamados a vivir como presbiterio. En primer lugar, los que estamos incardinados en la diócesis; también los que colaboráis de forma temporal en esta misión, ya sea como fidei donum de otras diócesis o a través de la vida consagrada; también los sacerdotes que estáis un tiempo entre nosotros teniendo como prioridad el estudio y la formación para el servicio posterior en vuestra diócesis, pero colaborando ahora con la misión en Segovia. Cada uno (yo el primero), puede hacer examen de cómo lo vive.
En primer lugar, han de darse algunos elementos de vida en común. Esto no significa necesariamente que tengamos que vivir comunitariamente bajo una regla (nuestros hermanos religiosos lo viven y dan testimonio de la belleza de este camino para toda la Iglesia). Pero todos debemos compartir de forma habitual algunos momentos de oración en común, de comida fraterna y de descanso entre nosotros. Y, esto, no solo con presbíteros amigos, sino con aquellos que no hemos elegido nosotros y con los que compartimos la misión. Esto ayudará a un segundo elemento también necesario: la colaboración en la misión. El trabajo en equipo no es simplemente repartirse las tareas y sustituirnos unos a otros (siendo ya esto una buena ayuda). Es mirar juntos y tomar parte en la misión de forma conjunta. Esto requiere capacidad de escucha activa, amabilidad en el trato, cuidándonos unos a otros y haciéndonos fácil el trato; requiere también libertad de espíritu para hablar en verdad entre nosotros, exponiendo el corazón y corrigiéndonos para el crecimiento mutuo desde la caridad fraterna. Siempre teniendo presente el consejo del Señor: antes de quitar la espina del ojo del hermano, mira la viga en el tuyo. Esto no quiere decir que no nos corrijamos, sino que lo hagamos en humildad, conscientes de nuestra propia vulnerabilidad y pobreza.
Esta colaboración fraterna no ha de darse sólo entre los presbíteros. Sino que hemos de vivirlo entre todo el Pueblo de Dios, ministros ordenados, laicos y familias, y la diversidad de toda la vida consagrada.
«Vosotros os llamaréis «sacerdotes del Señor», dirán de vosotros: «Ministros de nuestro Dios». Les daré su salario fielmente y haré con ellos un pacto perpetuo. Los que los vean reconocerán que son la estirpe que bendijo el Señor». Que nuestro corazón se alegre en la promesa del Señor.
[1] Cf. A. Cencini, Individualismo
[2] Id.