Celebración de la Pasión del Señor
20260403 Viernes Santo. Hemos escuchado el relato de la Pasión y Muerte de Jesús. Ayer, Jueves Santo, veíamos que estos hechos son la nueva Pascua que celebramos en la Eucaristía. Hoy podemos hacernos una pregunta: ¿Era necesaria la muerte de Jesús? También en la primera Pascua, para que el Pueblo de Dios fuera liberado de Egipto, la terquedad del faraón hizo necesaria la muerte de los primogénitos. Esta muerte, para el Pueblo de Israel quedaba significada por el cordero pascual degollado. Con la sangre de este cordero se marcaron las puertas como signo de que ya había una muerte allí y su carne fue comida por cada familia significando la comunión entre el Pueblo y Dios. San Juan nos ha presentado hoy a Jesús como el nuevo Cordero que ha dado su vida por todos, para que seamos liberados de la verdadera esclavitud, que es la que viene del pecado.
Pero la pregunta permanece: ¿Hasta qué punto era necesario que Jesús muriera? El profeta Isaías, en su cuarto canto del Siervo de Yahvé, que hemos escuchado como primera lectura, nos da algunas pistas que pueden ayudarnos a entender esto. El punto de partida es la dispersión de los hijos de Dios por el pecado: «Todos errábamos como ovejas, cada uno siguiendo su camino». El pecado hace que nos encerremos en nosotros mismos, rompiendo los vínculos que nos unen y buscando sólo nuestro propio interés. La imagen del profeta es clara: ovejas errantes, cada una por su propio camino, olvidando a la que está al lado y rompiendo la unidad del rebaño. Así, el otro solo puede ser un adversario o un medio que utilizar en mi lucha por la supuesta felicidad.
Esta división es la que ha cargado Cristo sobre sí: «el Señor cargó sobre él todos nuestros crímenes». Cuando en la Eucaristía el sacerdote muestra a todos el cuerpo roto de Cristo dice: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo». Quita el pecado, cargándolo sobre sí. Pero, ¿cómo carga sobre sí nuestro pecado? Continúa el cantico de Isaías: «Maltratado, voluntariamente se humillaba, y no abría la boca». Jesús renuncia a defenderse para que toda disputa violenta caiga sobre él. Él es el inocente maltratado, pues «no había cometido crímenes, no hubo engaño en su boca».
Pero en él se sucede un increíble intercambio. Por un lado, fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes, soportó nuestros sufrimientos, aguantó nuestros dolores. Él recibe de nosotros rebeliones, crímenes, sufrimientos y dolores. Sin embargo, sus heridas nos curaron. Jesús puso un límite al mal, que crece en una espiral de agravios y respuestas. Donde no hay amor, Él puso amor hasta el extremo.
Ante la imagen de Cristo crucificado, todo victimismo calla. Ciertamente, todos sufrimos el mal de este mundo, todos tenemos razón sentirnos agraviados, para quejarnos de otros: mi marido, mi mujer, mis hijos, mis padres, mis hermanos, los amigos que me traicionaron, mis vecinos o los del otro partido o ideología… Pero ante Jesús, que fue el verdadero inocente que se dejó traspasar hasta la muerte por nuestras rebeliones, toda queja calla.
Por eso, recibió «una multitud como parte» y hace posible la comunión de los dispersos. Esta multitud comenzó con su madre, uno de sus discípulos y un grupo de mujeres, también discípulas, al pie de la Cruz. Y con el paso de los años y de los siglos, se fue ampliando hasta llegar a nosotros hoy y aquí. Ahora haremos dos cosas: primero nos uniremos a Jesús en su intercesión universal, por todos; después nos pondremos al pie de la cruz y la adoraremos reconociendo en el que cuelga de ella al amor que hoy salva al mundo de todas las guerras: desde las que afligen a la humanidad hasta las pequeñas que ocurren en nuestras cuidades y familias.
+Jesús Vidal
Obispo de Segovia