Dadles vosotros de comer
20260802 Domingo XVIII T. Ordinario. Guardo un recuerdo muy agradecido de la última oportunidad que tuve de visitar Tierra Santa. Fue una peregrinación organizada por Manos Unidas. En esta ocasión, el punto culmen de la peregrinación para mí no fue, como suele ser habitual, los lugares de Jerusalén o Nazaret. Por supuesto que fueron lugar de oración y veneración. Pero recuerdo con especial impronta una Eucaristía que celebramos en la orilla del lago de Galilea, en el lugar en el que se conmemora el milagro de la multiplicación de los panes y los peces.
El Evangelio según san Mateo nos cuenta cómo Jesús, al enterarse de la muerte de Juan el Bautista, se retira con sus discípulos en barca, buscando un lugar solitario. Podemos pensar la conmoción que para Jesús supuso la muerte de Juan. Aunque Jesús era Dios mismo, había tenido en Juan un gran profeta que le había precedido y señalado. En cierta manera, más allá de la confirmación interior del propio Jesús por la acción del Espíritu Santo, la presencia de Juan era para Jesús un signo más de ratificación de la misión que el Padre le había encomendado. Su muerte violenta a manos del rey Herodes, pudo significar para Jesús dos cosas: por un lado, había perdido de vista esta luz que Juan suponía para él y, de ese momento en adelante, llevaba adelante su misión, si cabe, en una mayor soledad; por otro lado, era una confirmación del destino violento que a él mismo le esperaba. Por eso se retiró buscando la soledad con sus discípulos más cercanos, para profundizar acerca del camino que ahora debía tomar. Pero el Padre le puso delante una señal diversa a lo que él esperaba y aprovechó para transformarlo en un signo de su misión y de la que esperaba a sus discípulos.
Una inmensa multitud había seguido a Jesús a lo largo de la orilla, esperando que desembarcara. Cuando Jesús los vio no tuvo otra opción que la de cambiar sus planes. Se compadeció de ellos, los escuchó, les dirigió sus enseñanzas y curó a los enfermos. Ese era el camino que el Padre le ponía delante, dar la vida por la multitud del pueblo, que andaba como ovejas que no tienen pastor. Pero aún aguardaba un gesto con un significado de mayor profundidad. Al llegar la caída de la tarde, los discípulos advirtieron que la gente no había traído alimento. Se sintieron responsables y quisieron trasladar su responsabilidad a Jesús: «despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren comida». Estas palabras definen muy bien nuestra respuesta ante la mayoría de los problemas que nos encontramos. Le decimos a Dios lo que tendría que hacer y pedimos a cada uno que se cuide de si mismo. Pero nosotros nos quedamos fuera de la ecuación.
En cambio, Jesús devuelve a los discípulos una pelota insólita: «No hace falta que vayan, dadles vosotros de comer». Si analizamos la respuesta desde nuestra lógica, es inaudita. ¿Por qué tenemos que cargar nosotros con su irresponsabilidad? Si ellos no han traído comida, que se hagan cargo. Y si Jesús es Dios, ¿por qué no lo soluciona por la vía directa? ¿Pará qué nos vamos a implicar? Nosotros no tenemos medios suficientes. No tenemos más que lo justo para nosotros. Ciertamente Dios no piensa igual que los hombres. Jesús no se quita de en medio, sino que toma sobre sí toda la responsabilidad pidiendo a los discípulos que le traigan los alimentos, evidentemente escasos, que tienen. Pero, al mismo tiempo, implica a los discípulos. Serán ellos quienes aporten esos pocos alimentos, aun a riesgo de perderlos, y serán quienes los repartan entre la gente, dándoles de comer.
Entonces se realiza el signo. Jesús se entrega a sí mismo en este alimento y los discípulos pueden responder a una misión que les sobrepasaba absolutamente, participando así en la acción de Dios.
Recuerdo como me impresionó en aquella orilla del lago de Galilea el reto que Jesús nos lanzaba: «dadles vosotros de comer». El Señor nos pide que demos un paso adelante en la misión, confiados en él y poniendo en juego nuestros pobres recursos. Simplemente hemos de aceptar esta audaz propuesta y hacerlo con él.
+Jesús Vidal
Obispo de Segovia