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Despedida a Nuestra Señora de La Fuencisla en su regreso al santuario

DESPEDIDA_FUENCISLA

20260927 Despedida Fuencisla. Hace nueve días recibíamos en la Catedral a Nuestra Señora de la Fuencisla. En aquel momento os hice una doble invitación: En primer lugar, a que cada uno nos preguntáramos con asombro ¿quién soy yo para recibir a la Madre de mi Señor? En segundo lugar, os invitaba a dejarnos atrapar por la mirada dulce y sencilla de María.

 

Después de estos nueve días, en los que muchos de vosotros habéis participado en la novena, podemos reconocer que ambas invitaciones se funden en una sola. Al mirar a María, en esta imagen de la Virgen de la Fuencisla, al dejarnos abrazar por su mirada, descubrimos quienes somos para ella: somos sus hijos. María nos reconoce como hijos porque nos mira a través de su Hijo, al que lleva con ternura entre sus brazos. La Virgen mira al Niño Jesús y, al mismo tiempo nos mira a nosotros. Así es como ella ve lo que otros no ven, en la historia y en cada uno de nosotros. Mirando con los ojos de Jesucristo.

 

Cuando los demás nos miran ven solamente aspectos parciales: ven nuestra forma física, nuestra edad, más jóvenes o mayores, nuestras capacidades o limitaciones, ven nuestras virtudes o nuestros vicios. Pero sólo ella es capaz de ver en nosotros, plenamente, la imagen de su Hijo. Ella ve en cada uno una dignidad innata: Con palabras del Papa León, decimos que «cada persona, hecha constitutivamente para la relación, es pensada y querida por Dios para entrar en una historia de comunión con Él, con los demás y con la creación. Su dignidad no depende de las capacidades que posee, de las riquezas o del rol que desempeña, ni de las decisiones justas o equivocadas que toma, sino que es un don que la precede y excede, dado por Dios como expresión de su amor que nunca falla»[1].

 

Al descubrir esta mirada, sabemos que la Virgen de la Fuencisla nos une como hermanos y nos llama a construir juntos una civilización del amor, una ciudad en la que Dios esté presente a través de aquellos que viven la alegría de la amistad con su Hijo, Jesucristo. Esta es la bendición que imploramos a Dios por intercesión de María: ser constructores de comunión, no sembradores de odio y división. Como decía esta mañana en la celebración de la Santa Misa Solemne, Dios no quiere que seamos todos iguales en la forma de vida, en la raza, en la nacionalidad o en las ideas. Pero si quiere que nos amemos los unos a los otros y nos ayudemos en la búsqueda del bien. Queridos segovianos: Os invito a que, juntos, hagamos de Segovia una ciudad de María, en la que la Madre de todos viva en cada una de nuestras casas y nos recuerde quienes somos.

 

Así se lo pedimos a la Virgen de la Fuencisla, nuestra reina y nuestra madre, a la espera de que dentro de un año volvamos a recibirla.

 

 

[1] Magnifica Humanitas 50