20260927 Misa Solemne Fuencisla. La Virgen de la Fuencisla sin duda está vinculada al agua. Así lo vemos en la liturgia de la palabra, donde abundantemente aparece este elemento, el agua que mana del lateral del templo en la primera lectura, las aguas sacadas con alegría de las fuentes de la salvación en el salmo, o el agua que junto con la sangre sale del costado de Cristo. El agua, en todas las tradiciones religiosas, ha sido desde antiguo, también desde luego por la iglesia, tomada como un signo del don de Dios. Si pensamos un poco la formación del agua en la tierra de este elemento tan habitual, tan necesario para los que hemos tenido un verano con tanta sequía y que notamos tanto la necesidad del agua, vemos que es esencial para la vida. Pues la formación del agua nos remite al origen de nuestro planeta. Aún hoy con todos los avances tecnológicos podríamos fabricar agua en muy pequeñas proporciones, pero nunca, desde luego, en cantidad suficiente para la pervivencia en la tierra, si no, no sería problema la sequía si pudiéramos fabricar el agua en grandes cantidades, pero no podemos. Por eso, en las culturas antiguas y aún hoy percibimos el agua como un signo del don del cielo. Leía estos días que la primera ocasión en la que la Virgen de la Fuencisla salió en procesión de su santuario y subió hacia la ciudad fue precisamente por una sequía. Tantas veces hemos acudido a la Virgen en estas circunstancias.
¿Qué significa este don de Dios, que es el agua, este don del cielo? Eso aparece claro en la lectura de la carta de San Pablo a los Romanos que hemos escuchado también. Dice: «Los que reciben a raudales el don gratuito de la justificación». Este es la verdadera agua que brota de los raudales de nuestra madre, como cantamos en el himno, el don gratuito de la justificación.
¿Y qué es este don? ¿En qué consiste el don de la justificación? Una de las reacciones más habituales ante la experiencia del mal es la de justificarnos, en todos los ámbitos, en el ámbito político, pero sobre todo en el ámbito personal, cada vez que sucede algo mal, uno lo que busca ¿qué es? Justificarse, tenemos que encontrar una justificación. De hecho, esto es algo que aprendemos desde niños, pues todos nosotros tenemos hijos pequeños, pero también nosotros cuando éramos pequeños, en cuanto sucede algo en casa aprendemos a decir enseguida: «Yo no he sido, ha sido este». Apuntamos a un hermano o al otro, ¿verdad? Intentamos sacar el mal fuera de nosotros de tal manera que nosotros quedemos como justos, como justificados. Y si no podemos sacarlo, y en realidad no hay forma de esconder que en realidad el origen de ese desaguisado que ha sucedido en casa somos nosotros, lo que buscamos es siempre encontrar una razón: «Bueno, pero es que esto lo he hecho por esto otro o porque quería esto». Siempre buscamos algo bueno. Es sorprendente, si ustedes analizan su propia experiencia, lo pueden descubrir que no podemos querer el mal en su forma de mal, el hombre no puede ser maligno en este sentido, no podemos querer el mal bajo la forma del mal. Siempre que alguien busca el mal tiene que encontrar una justificación, algo que lo haga justo, algo que lo haga bueno, por muy eh falaz o por muy engañoso que esto sea, el mal siempre lo hemos de hacer, lo hemos de elegir bajo apariencia de bien.
Pero al mismo tiempo tenemos otra experiencia, y es que no podemos darnos a nosotros mismos la justificación, en realidad no podemos estar continuamente justificándonos, es pues tremendamente cansado tener que estar continuamente justificándose en la vida y buscando escapar de esta experiencia del mal. Por eso, si partimos desde aquí, desde esta percepción, experiencia que todos tenemos, es un gran regalo descubrir que de María recibimos a raudales, es decir, en abundancia, el don de la justificación.
¿Cuál es entonces este don de la justificación? Es el amor del Padre que nos da a su hijo Jesucristo. De nuevo pensar en la imagen del niño pequeño nos ayuda. ¿Qué es para un niño la justificación de su padre? Que su padre o que su madre le digan: «Mira, hijo, da igual lo que hagas, no te preocupes, no tienes que justificarte, yo te quiero». «Y este mal que has hecho, pues ya veremos cómo lo corregimos, cómo vamos saliendo adelante, pero mi amor no depende de tu acción, mi amor no depende de lo que tú hagas, no es que si tú eres bueno yo te querré y si no eres bueno no te querré». El amor de un padre es un amor original. Pues, ¿cuánto más el amor de Dios Padre, que nos ama siempre desde el principio, hagamos lo que hagamos y que incluso cuando hacemos algo mal, este amor perdura, llamándonos al perdón, llamándonos a la reconciliación?
Continúa brotando así, permanentemente, a través de María, del seno del Padre.
Para ser justificados, por lo tanto, ¿qué necesitamos? Necesitamos acoger esta agua, acoger esta gracia del amor de Dios, creer, reconocer que es verdad que el Padre nos ama y nos ha dado a su hijo Jesucristo y simplemente hemos de dejar que su amor, que es esta gracia, este don que se nos da gratuitamente de su amor actúe en nuestra vida dejándonos llevar dócilmente.
Este es el agua que brota del manantial de nuestra madre, la Virgen de la Fuencisla, y el agua que queremos que llegue a todos los segovianos. Este amor, esta liberación que significa no tener que justificarnos porque hemos encontrado una justicia más grande, el don de una justicia más grande, el agua que brota de sus raudales, de su abundante misericordia. A ella, a la Virgen de la Fuencisla, se lo pedimos.