Uno solo de estos pequeños
20261001. Queridos diocesanos de Segovia:
Ya han pasado dos meses desde la entrada masiva de migrantes en Ceuta, mediante la vulneración de una frontera tan sensible. Esto ha generado una situación de gran tensión y sufrimiento a los ciudadanos de esta ciudad autónoma y está provocando una situación cercana al colapso en los servicios públicos, incapaces de atender ordenadamente una cantidad tan grande de personas. Otro efecto de esta entrada masiva de migrantes en territorio español es la de sumar una nueva crisis de polarización a la, ya de por sí, tensa situación sociopolítica en España.
La cierta distancia temporal de este acontecimiento, aun cuando se siguen notando las consecuencias, nos permite hacer una reflexión más pausada sobre este hecho y sobre la realidad misma de la migración. En el suceso de este verano se ha hablado, por un lado, de “fenómeno migratorio” y, por otro, de “invasión”. Ambas expresiones expresan una parte de verdad de lo sucedido. Sin el empuje constante de la migración magrebí y subsahariana de miles de personas que salen de sus países buscando alcanzar Europa con la esperanza de un futuro mejor, no hubiera sido posible este fenómeno que, al mismo tiempo, puede ser también descrito como “invasión”, por la violencia social que en sí mismo implica recibir de golpe y sin previo aviso una muchedumbre de personas que duplica en un día la población de una ciudad.
La mirada de la Iglesia sobre hechos como este ha de sostenerse sobre dos pilares que el papa León XIV y sus predecesores han expresado siempre con claridad. El primero es la intrínseca dignidad humana que reviste a cada persona por el mismo hecho de existir. En sus discursos en España y en su última encíclica Magnifica Humanitas, el Papa nos habla profusamente de esta dignidad y de su alcance. El lema de la Jornada del migrante y del refugiado, que hemos celebrado el último domingo de septiembre, pone el foco de luz en este punto, al recordarnos que “Incluso uno solo de estos pequeños” tiene un valor infinito.
El segundo pilar es el desarrollo de esta dignidad en una sociedad, lo que nos lleva al concepto del bien común. Es ingenuo el pensamiento de que las sociedades tienen una capacidad infinita de acogida. El acontecimiento de Ceuta nos hace ver que una gran multitud, sin un dispositivo de acogida proporcionado, puede generar una crisis social que dañe la convivencia e impida que, tanto los que llegan como los que acogen puedan desarrollar esta innata dignidad. Como también señala León XIV en Magnifica Humanitas, «edificar en el bien significa aceptar los límites». Muchas de las posiciones sociales eluden la tensión de estos dos principios, yéndose de forma parcial a uno de los polos: defensa de una acogida incondicionada, sin tener en cuenta su impacto social; o proteccionismo de la propia situación, sin la apertura necesaria al que viene a nosotros.
Somos testigos del bien que la presencia de muchos hermanos inmigrantes ha supuesto entre nosotros y, por eso, es necesario encontrar caminos para una integración progresiva y adecuada de los que llegan. Pero no es permisible utilizar la “presión migratoria” como un arma, pues tanto las personas empujadas, como las que se ven invadidas, son pisoteadas en su dignidad.
Os invito a que pidamos luz y abramos procesos de reflexión conjunta sobre este asunto tan importante para nuestra sociedad, de forma que ayudemos entre todos a afrontarlo de forma constructiva para el bien común.