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Homilía en la celebración de santa Bárbara, patrona de la Artillería

20251204 Santa Bárbara. Al celebrar la solemnidad de santa Bárbara, patrona del arma de artillería, la palabra de Dios que hemos escuchado en estas lecturas nos habla de la esperanza, una esperanza que es central en este año jubilar por los 2025 años del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo. En la primera lectura nos habla del martirio de siete hijos, unido al testimonio de su madre, un lugar que verdaderamente visto con ojos humanos, es una absoluta tragedia, es el fin total de esta familia. Y sin embargo, este martirio, con las palabras, el testimonio de estos siete hijos y el de la madre son un canto a la esperanza, un canto a la fe en la resurrección. Esto lo vemos especialmente en las palabras del cuarto hijo que hemos escuchado cuando dice: «Vale la pena morir a manos de los hombres cuando se tiene la esperanza de que Dios mismo nos resucitará». 

 

Y esto nos hace pensar: ¿Qué decimos cada uno de nosotros de esta esperanza? ¿Tenemos esta esperanza? Es importante, porque es el motor que nos mueve a afrontar las situaciones de la vida. Y esta esperanza, ¿es una esperanza cierta? El lunes leía en el ABC un artículo de Pedro García Cuartango en el que, una vez más, y esto últimamente parece que sucede bastante, un escritor que se confiesa agnóstico nos recuerda qué es lo central de nuestra fe, que él reconoce que no lo tiene, pero al mismo tiempo nos dice a nosotros, católicos, cuál es el elemento central de nuestra fe. Lo hace en referencia al viaje de León XIV a Nicea. Esto, que es lo central de nuestra fe, es precisamente la esperanza de nuestra resurrección, la esperanza de la resurrección de la carne.

 
¿Cuál es, por lo tanto, la fuente de esta esperanza para que podamos renovarla? ¿Cómo podemos verificarla? ¿De dónde brota? ¿De dónde nace la certeza de la esperanza de que resucitaremos? San Pablo, en la Carta a los Romanos que hemos escuchado nos muestran un camino. Dice que por la fe tenemos acceso a esta esperanza, por la fe en Jesucristo y esta, dice, es una luz para nuestra vida. Por eso dice, nos gloriamos. Normalmente, pues podemos gloriarnos, pues en nuestra fuerza, en nuestra capacidad de actuar, en nuestra inteligencia. San Pablo dice que él se gloría, que su luz está en esta esperanza, en la esperanza de la resurrección. Pero esto, dicho así, no es completo, porque continúa san Palo diciendo que, si nos gloriamos en la esperanza, dice, también nos gloriamos, y más aún, incluso en las tribulaciones. Y esto es sorprendente, porque uno se gloria normalmente en su poder, pero no se gloria de su debilidad. No vamos mostrando nuestras debilidades y nuestras flaquezas a los demás. Sin embargo, san Pablo dice que sí, que el se gloria incluso en las tribulaciones. ¿Por qué? Porque es en los sufrimientos, en los combates, en las tribulaciones que cada uno de nosotros pasamos en nuestras vidas, en las que pasamos también como sociedad, en estas tribulaciones, donde precisamente podemos conocer, podemos verificar, podemos probar la esperanza. Porque permaneciendo firmes en la tribulación, entonces, dice san Pablo, recibimos la paciencia.
 
Qué gran virtud para todo verdad, pues lo será en la vida militar, como es en cualquier vida. Y la paciencia, dice san Pablo, produce la virtud probada. Que es precisamente la fuerza para permanecer y para afrontar las dificultades, para no venirnos abajo ante el primer ataque del enemigo, ante la primera dificultad que aparezca en nuestra vida. La virtud probada es la fuerza para seguir amando, para seguir amando aquello que amamos, porque esto es lo que nos mantiene firmes. Y aquí es, en este amor donde encontramos, dice san Pablo, la esperanza que no defrauda, y no por nuestras fuerzas, nuestra inteligencia o nuestra capacidad, que ciertamente son necesarias, pero también hemos de decir insuficientes. Sino porque hemos conocido un amor tan fuerte que nada lo puede romper: el amor de Jesucristo.
 
Por eso, cuando este amor ha entrado en la historia, un amor tan grande genera confusión. Las palabras de Jesús en el Evangelio son palabras muy extrañas. Son palabras,  que nos ponen confusión. No parece que es de lo que hable habitualmente la Iglesia. Dice Jesús: «No penséis que he venido a sembrar paz, sino espada». ¿Qué significan estas palabras? Significan que Jesucristo ha venido a desenmascarar los falsos amores.
Ha venido a desenmascarar los amores desordenados, que es a lo que nosotros le damos el nombre de pecado, en definitiva, es un amor desordenado. Y esto implica un combate, porque el amor desordenado se resiste a ser contrastado, se resiste a ser iluminado. Cuando nosotros ponemos un foco muy grande de luz en una estancia, las sombras no las provoca la luz. Las sombras las provocan los objetos que impiden pasar la luz. No es Jesucristo, ciertamente quien trae la guerra o la espada, sino la resistencia a la luz que Jesucristo viene a traer a nuestra vida.
 
 
Solo Dios es Dios. Y solo a Dios podemos dar todo el corazón. Si ponemos el corazón en otras cosas, por muy importantes que sean, o las ponemos en nosotros mismos, quedaremos defraudados. Porque solo el amor de Dios no defrauda, porque solo Dios puede salvar, solo Dios es la fuente de la vida y solo por él, en el fondo, como estos hermanos, podemos dar la vida. Las naciones, las relaciones familiares, ciertamente son importantísimas, pero en el orden correcto. Si se pierde o se confunde el orden del amor, se pierde el centro y entonces se pierde la vida, como dice el Señor en el Evangelio, porque quien cree que encuentra la vida en su amor a la nación, su amor a la familia, poniendo esto, todo, en lugar de Dios, al final se encuentra defraudado y al final, pues tenemos experiencia de que cuando esto se desordena, le pedimos a estas realidades que son humanas, lo que no pueden darnos y la vida se pierde.
 
Sin embargo, el que en apariencia pierde la vida por Dios, poniéndolo en el centro, como los hermanos Macabeos, gana todo lo demás, porque lo pone en su orden concreto y lo encuentra y podrá dar este amor, podrá dar la vida por la nación, podrá dar la vida por la familia, podrá dar la vida por el bien común y por la búsqueda de una paz verdadera. 
 
 
Le pedimos a santa Bárbara, que tuvo experiencia de esto, descubrió esto, y por eso perdió la vida en manos de su padre, y la ganó para la vida eterna, que ella nos acompañe, nos ilumine y nos proteja.