Homilía en el Miércoles de Ceniza para jóvenes
20260218 Miércoles de Ceniza. La Palabra de Dios, como el profeta Joel, nos invitaba al principio de la celebración a rasgar el corazón. ¡Rasgad vuestro corazón! En el ámbito de la medicina, cuando uno tiene una infección dentro del cuerpo, uno tiene un tumor, tenemos que sacar esta infección de nuestro corazón y para esto podemos utilizar una medicina que la destruya directamente o podemos rasgar la carne para sacar el mal, para sacar el tumor. Esta imagen de rasgar el corazón nos habla precisamente de esto. En nuestra vida somos conscientes de que muchas veces hay cosas que no van bien, a lo mejor no sabemos bien qué nos pasa, no sabemos exactamente qué hay mal dentro de nosotros, pero entendemos que hay algo que no está bien, vivimos como una especie de doble vida o de doblez en la vida donde no todo está unificado sino que vivimos una cosa por aquí otra cosa por allá.
La raíz de esta división que muchas veces hay dentro de nosotros es el pecado, por eso el Señor nos invita a rasgar el corazón, el símbolo, el signo de la ceniza puesta sobre la cabeza que vamos a vivir dentro de un momento significa precisamente esto, un momento de penitencia donde el Señor rasga nuestro corazón, abre nuestra vida para que nosotros veamos qué es lo que hay de malo dentro, cuál es el mal que tenemos dentro, cuál es la raíz de la doblez que cada uno de nosotros vivimos y esto nos sucede a todos. Pero este descubrir el pecado, al que el Señor nos llama en este tiempo de Cuaresma, reconocer que hemos pecado, lo hemos respondido en el Salmo Responsorial cuando decíamos: misericordia Señor, hemos pecado. No es simplemente para quedarnos en ver que hay algo mal dentro de nosotros y a ver qué podemos hacer, sino que es para dirigirnos al Señor, que como buen padre, como buen médico, puede sanarnos.
Por eso, con san Pablo en la segunda lectura decimos: en nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios, porque lo que une, lo que está roto en nosotros, lo que está separado, lo que está dividido, quien une todo esto, quien lo lleva a la unidad es el amor de Jesucristo. Por esto la llamada es reconciliaos con Dios. Dicho de otra forma, es dejar que Dios haga una unidad en tu vida, haga de tu corazón un corazón unificado para que puedas conocer su amor, para que puedas descubrir su amor. El Señor también nos habla de esto en el Evangelio, cuando en esta enseñanza que forma parte del sermón de la montaña, el Señor nos dice: cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos.
Esta es la raíz del pecado, es vivir no para Dios, para aquel para quien yo he sido creado y por lo tanto amando a Dios, recibiendo el amor de Dios y amando a los hermanos, sino vivir para ser visto por los hombres. Esto es lo que muchas veces nos frustra, lo que muchas veces nos rompe y es que vivimos más pendientes de los juicios de los demás, más pendientes de parecer algo delante de otros que de vivir de verdad lo que quiero vivir. A veces vivimos tan pendientes de lo que puedan juzgar o pensar los otros, que es que ni siquiera sabemos lo que queremos vivir. Por eso, el Señor Jesús en el Evangelio nos dice, cuidado con vivir así, porque si vivís pendiente de que lo que hagáis os dé gloria delante de los hombres, al final os estáis vendiendo a esto, estáis rompiendo vuestra vida. Y esto es lo que pone la raíz del pecado en nosotros y al final, así aparecen los diferentes pecados. El Señor, sin embargo, nos dice: no te preocupes, porque el Padre ve en lo secreto de tu corazón y por lo tanto puedes descansar en él porque Dios tiene sobre ti la mirada de un padre, Dios ve en ti un hijo, Dios ve lo que eres y lo ama, Dios te ama como eres, por lo tanto volver a él, reconciliarse con Dios, es acoger este amor.
Y en el tiempo de la Cuaresma, la Iglesia nos ofrece distintas prácticas para que podamos vivir esto. Señalo solo dos de las que nos habla el papa León en su mensaje de Cuaresma. Es muy sencillo, es una preciosidad. Y en él nos habla, primero, de abrir nuestro oído a escuchar la Palabra de Dios. Muchas veces en las Sagradas Escrituras, la Palabra de Dios también aparece con la imagen de la espada. De nuevo, el rasgar el corazón. La Palabra de Dios nos pone en verdad. Os invito a que en este tiempo de Cuaresma hagáis espacios de silencio en vuestra vida y que abráis la palabra de Dios, que leáis los evangelios para ver qué me dicen, qué palabra tienen para mí, cómo pueden mostrarme la verdad de mi vida y aquello a lo que estoy llamado.
Pero para escuchar la Palabra de Dios, lo segundo que es necesario es el silencio y por eso el Papa nos habla también a un ayuno de palabra. El Papa nos dice de palabras hirientes, de juicios, de críticas, que muchas veces cuando yo critico esto no solo rompe a los demás, sino que me rompe a mí mismo por dentro, porque pensemos que siempre que emitimos palabras amargas, siempre que emitimos palabras que hieren a los demás, en el fondo nos estamos también hiriendo a nosotros mismos. Por lo tanto, el Papa nos invita a que hagamos ayuno de todo aquello que no sale de un corazón unificado, un corazón pacificado.
A eso quiero añadir también otro consejo que os hago, que creo que es necesario para hacer silencio, que es que hagamos un poco de ayuno digital, un poco de ayuno mediático. Vivimos muy necesitados de estar al día, de conocer las novedades en el último minuto, saberlo todo, de estar totalmente al día y esto, no sé a vosotros, pero mí muchas veces me genera una cierta ansiedad, como que uno no se puede perder nada, ¿verdad? Os invito a que hagáis en la Cuaresma el ejercicio de probar a perderos un poco cosas, a ver que no pasa nada, que uno puede estar una tarde, una hora, dos horas desconectado, a desconectarse del contexto digital para conectarse interiormente y para conectarnos con Dios. Os invito, por tanto, a que, además del ayuno de comida, la abstinencia, la que nos invita la Iglesia, la abstinencia de carne los viernes, a que también probéis algún día, en algunos momentos concretos, hacer ayuno digital, hacer silencio en el corazón, leyendo un libro de papel o simplemente paseando, charlando tranquilamente, rompiendo esta necesidad de estar continuamente conectado. Vivimos este tiempo de cuaresma que es una oportunidad que el Señor nos da para poder vivir todo esto. Se lo pedimos a Él, le pedimos que nos acompañe.