Homilía en el Jubileo de los Enfermos y el ámbito de la Sanidad
Jubileo de los Enfermos. Saludo a los enfermos, a sus acompañantes, a los profesionales de la salud y a los voluntarios. Este domingo, nos reunimos en la catedral para celebrar el jubileo de los enfermos. El lema que se nos propone es: En esperanza fuimos salvados. (Rm 8,24) ¿Dónde podemos encontrar esta esperanza?
En su mensaje para esta jornada, el papa Francisco se hace dos preguntas: «¿cómo permanecer fuertes, cuando sufrimos en carne propia enfermedades graves, invalidantes, que quizás requieren tratamientos cuyos costos van más allá de nuestras posibilidades? ¿Cómo hacerlo cuando, además de nuestro sufrimiento, vemos sufrir a quienes nos quieren y que, aun estando a nuestro lado, se sienten impotentes por no poder ayudarnos?» Yendo al fondo, ambas preguntas se cuestionan sobre como permanecer esperando cuando vivimos la impotencia de la enfermedad en nosotros o, incluso, más aún, en alguien a quien queremos.
San Pablo en la primera carta a los Corintios, de la que hoy hemos escuchado un pasaje nos da el fundamento de esta esperanza que anuncia: «Os recuerdo el evangelio que os anuncié y que vosotros aceptasteis, en el que además estáis fundados y que os está salvando, si os mantenéis en la palabra que os anunciamos».
La memoria del evangelio que hemos recibido, dice san Pablo, es un fundamento firme sobre el que esperar y, más aún, YA nos está salvando. Es en este evangelio que hemos recibido en el que encontramos una esperanza cierta en cualquier sufrimiento. Pero todavía podemos hacernos otra pregunta más. ¿Cómo nos está salvando; cómo podemos experimentar esta salvación?
Volviendo de nuevo al mensaje del papa Francisco, nos invita a reflexionar sobre esta salvación que se manifiesta en «la presencia de Dios que permanece cerca de quien sufre, en particular bajo tres aspectos que la caracterizan: el encuentro, el don y el compartir».
El encuentro: «también la enfermedad, dice el Papa, aun cuando sea dolorosa y difícil de entender, es una oportunidad de encuentro con el Señor». En muchas ocasiones, ante el enfermo, no sabemos qué hacer. La primera forma de amar es permanecer. Esto ya es un acto de fortaleza, que sin poder hacer nada, transmite un testimonio de fortaleza a quien permanece en la enfermedad. Como imagen más clara de esto se nos ofrece a María, que permanece impotente al pie de la Cruz de su Hijo. Al permanecer, de forma sorprendente, la enfermedad se convierte muchas veces en ocasión de encuentro entre nosotros y con el Señor. Simón en el evangelio de hoy, aunque de forma distinta, también ha experimentado la impotencia. Pero se fía de la Palabra de Señor y entra en la hondura del mar, encontrando allí una pesca abundante, una nueva fecundidad.
En segundo lugar, la salvación se da como un don: «nunca como en el sufrimiento, continúa el Papa, nos damos cuenta de que toda esperanza viene del Señor, y que por eso es, ante todo, un don que hemos de acoger y cultivar, permaneciendo “fieles a la fidelidad de Dios”, según la hermosa expresión de Madeleine Delbrêl». A veces nuestra esperanza parece desfallecer ante el sufrimiento y la enfermedad. Pero el Señor permanece a nuestro lado siempre como un don que continuamente se ofrece, como una mano siempre tendida, esperando a ser cogida. Volviendo al evangelio, Pedro había tenido también esta experiencia cuando había llegado a su casa con Jesús y encontró a su suegra en cama con fiebre. Jesús la tomo de la mano y la fiebre pasó. Jesús no curó a todos los enfermos de su tiempo, pero a todos les tiende la mano para dar el don de su fortaleza que les permita permanecer en la esperanza.
Y, en tercer lugar, el compartir: Compartir es aprender juntos, y la cercanía de un enfermo nos hace a todos discípulos, pues tocamos nuestros límites. Esto nos abre a la escucha. Al lado de un enfermo aprendemos a esperar, aprendemos a creer, aprendemos a amar. Así, podemos estar atentos a cada sencillo gesto que transmite mucho más de lo que en sí mismo parece. Simón, en el evangelio no estaba solo, sino que le acompañaba su hermano Andrés, Santiago y Juan. Y muchos otros que después se les unirían, convocados por Jesús. Así, iniciaron un camino de discipulado juntos, aprendiendo unos de otros y todos del Señor. Enfermos, personal sanitario, sacerdotes y consagradas, voluntarios. Todos hacemos juntos este camino para aprender juntos al seguir al Señor en medio de la enfermedad.
A la Virgen de la Fuencisla, que nos entrega el don de su hijo muerto en la Cruz y resucitado, nos encomendamos todos, y especialmente a aquellos que en torno a la enfermedad, propia o de un ser queridos, puedan estar tentados en la desesperación, para que en Cristo encuentren la Esperanza que no defrauda.
+Jesús Vidal
Obispo de Segovia