Homilía en la Eucaristía de Miércoles de Ceniza
¡Ahora, convertíos a mí de todo corazón! Estas palabras del profeta Joel, con las que hemos empezado la liturgia de la Palabra nos recuerdan que la Cuaresma se inicia con una llamada a la conversión; no a una conversión formal o superficial, sino una conversión de todo corazón.
En la carta Dilexit nos, que nos escribió el papa Francisco sobre la devoción al Sagrado Corazón de Jesús se nos habla del significado bíblico del corazón. Este es el centro más profundo de la persona, de todo lo que pensamos, queremos y hacemos. Por tanto, la llamada a la conversión significa abrir nuestro núcleo más personal a Dios para que Él transforme nuestra forma de pensar y de hablar, nuestra manera de querer, nuestro modo de obrar, de tal forma que se manifieste que hemos nacido de nuevo. El tiempo de la Cuaresma es un tiempo propicio, un tiempo de gracia que se nos da para renovar en nosotros la gracia del Bautismo que hemos recibido, la mayoría de nosotros, de niños. Esta renovación se dará en la medida en la que nos abramos a la misericordia de Dios, que es lo único que puede cambiar nuestro corazón. Lo haremos en el camino de la cuaresma, escuchando la Palabra de Dios, participando de los gestos que se celebren en nuestras iglesias, a través de los gestos personales y comunitarios de oración, de ayuno, de limosna que realicemos.
El propio profeta Joel, un poco más adelante nos señala que esta conversión, esta vuelta a Dios, es un camino que nos lleva de nuevo al centro: convocad a la asamblea, reunid a la gente. Esto es lo que hacemos hoy aquí, y en tantas iglesias del mundo, donde los fieles responden a esta llamada y nos disponemos a iniciar juntos el camino cuaresmal. Se nos convoca a hacer un camino juntos en la esperanza que no defrauda, como nos recuerda el papa Francisco en su mensaje para esta Cuaresma. En este año jubilar, hemos sido convocados a acudir a Roma como peregrinos o, lo que es lo mismo, al corazón de la Iglesia, al centro de la fe de los apóstoles para celebrar el misterio de la Encarnación. Dios se ha hecho carne, ha tomado una carne mortal, como la nuestra, haciéndose así solidario de nuestros sufrimientos, de nuestros cansancios, de nuestras heridas. Porque el Hijo de Dios se ha hecho carne, podemos caminar con él.
Volviendo a la llamada a la conversión con la que iniciamos la Cuaresma, esta no consiste en hacernos nosotros mismos un plan y llevarlo a cabo desde nuestras propias fuerzas. Este sería, por un lado, un plan a nuestra medida, salido de nosotros y que, por tanto, no nos cambiaría. Podría ser un plan muy exigente, pero si sale de nosotros, sólo será la proyección de nuestro yo herido y, por lo tanto, nos llevaría a la soberbia o a la frustración.
La verdadera conversión es abrir nuestros ojos y nuestros oídos a los que tenemos al lado: ancianos, muchachos, niños, familias… Es caminar juntos con Jesús, dirigir nuestra mirada al Padre y abrirle nuestras vidas. En el Evangelio, Jesús nos ha recordado que el Padre ve en lo secreto. Encontramos aquí una llamada a salir de nuestras dobleces e hipocresías para presentarnos al Señor tal y como somos, sin fingir nada, sin máscaras, de corazón a corazón. La cuaresma es un tiempo propicio para la reconciliación, para perdonar y ser perdonados, para poner en el Señor las heridas que nuestros enfrentamientos o confrontaciones hayan provocado.
El signo de la ceniza que ahora vamos a recibir es un gesto penitencial. Significa la humildad por la que reconocemos que venimos del polvo de la tierra y que nuestra vida viene de Dios. Somos polvo de la tierra, pero polvo soplado por el Espíritu de Dios. Y volveremos al polvo, pero para esperar la resurrección de nuestra carne y participar así para siempre de la Vida de Cristo resucitado, dando juntos gloria al Padre. Nuestra verdadera esperanza está en Cristo. Por eso queremos caminar con él esta cuaresma hacia la Cruz y alcanzar por su resurrección la vida que él nos quiere dar.
+Jesús Vidal
Obispo de Segovia