Homilía en la Misa Crismal
Misa Crismal. En la Misa Crismal se reúne el presbiterio con el obispo para expresar, antes de la celebración del Triduo Pascual la comunión del presbiterio con el obispo. Este año, a los tres meses (casi) del inicio de mi ministerio entre vosotros, esta celebración tiene un sentido singular. Durante estos tres meses he querido visitaros a todos en los arciprestazgos en los que os reunís, además de visitar varias veces a los sacerdotes ya mayores que están en la casa sacerdotal. Por eso, a excepción de algunos sacerdotes mayores que, por estar impedidos en sus casas no hayan podido asistir a estos encuentros, he tenido un tiempo tranquilo para conoceros y escucharos a todos. Esto me da una primera visión del presbiterio de nuestra Diócesis. Los presbíteros sois los primeros colaboradores del obispo al servicio del Pueblo de Dios. Con la inestimable ayuda de los consagrados y laicos que ejercen tantos servicios y ministerios en la Diócesis, en las parroquias, colegios y otras instituciones, sois la primera respuesta a la llamada a la misión que el Señor nos hace.
En la celebración de hoy, a través de la renovación de las promesas sacerdotales, renováis vuestra disponibilidad y apertura a la acción del Espíritu Santo, que recibisteis en vuestra ordenación sacerdotal como Espíritu de Santidad. La consagración del Santo Crisma y la bendición del óleo de los catecúmenos y de los enfermos están íntimamente unidas a esto, pues con ellos llevaréis la vida de Cristo y su consuelo y fortaleza a los hombres a través de los sacramentos.
El profeta Isaías en la primera lectura profetiza de este óleo como óleo de alegría, de consuelo, de fiesta y de conversión. Nuestro ministerio es primordialmente un ministerio del Espíritu, del mismo Espíritu del Hijo, que como hemos escuchado en el evangelio, ungió, llenó la vida de Jesús y le envió: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido; me ha enviado». Unción y misión están intrínsecamente unidas y no pueden ser entendidas la una sin la otra. Muchas veces puede suceder, sin embargo, que la misión haya tenido como consecuencia un ensombrecimiento de la alegría de la unción.
La aparente infecundidad del trabajo apostólico puede haber apagado nuestro entusiasmo inicial. Tras muchos años intentando comunicar la fe a través de la iniciación cristiana, hemos visto que muchos adolescentes y jóvenes, con sus familias, dejaban la vida cristiana recién iniciada al ser confirmados precisamente con este crisma. A esto se une le envejecimiento de la población y de los fieles, por tanto, lo que hace sufrir por la falta de relevo en los ministerios (catequistas, celebradores de la palabra, voluntarios de Cáritas…) La disminución de clero y la falta de vocaciones ha hecho que cada vez haya menos sacerdotes en los cursos, en los arciprestazgos y podemos experimentar, poco a poco, un cierto aislamiento y soledad. La fe, por otro lado, parece ser cada vez menos significativa en la vida de la gente, quedando, en todo caso, como un fenómeno de carácter cultural y emotivo, que requiere la presencia del sacerdote en celebraciones sociales (bautismo, comuniones, bodas, funerales) o en actos públicos como fiestas y procesiones, pero en los que el sacerdote no percibe en los fieles una verdadera fe que nazca del encuentro con Cristo y lleve a la conversión de la vida y al brillo de la caridad cristiana. Estos son algunos de los aspectos que he podido escuchar de vosotros como preocupaciones en los encuentros que hemos tenido.
Sin embargo, la Palabra del Señor vuelve a hacerse presente con fuerza entre nosotros y hace renacer la alegría que nos impulsa a la misión. El Espíritu Santo nos unge y nos envía de nuevo, una y otra vez, a su Pueblo. En los encuentros con vosotros hemos hablado también de vuestras alegrías. Comparto con vosotros cuatro caminos que habremos de vivir juntos para cuidar y renovar la alegría que brota de la unción que un día recibimos.
Caminos de caridad
En primer lugar, la caridad fraterna. Precisamente porque somos menos, hemos de cuidar aún más nuestras relaciones. La fraternidad es el primer lugar de la formación permanente, en la que el Espíritu Santo nos va conformando con el Hijo. El Señor no eligió a doce que cuadraran perfectamente en lo humano y entre los que no existieran aristas. Más bien todo lo contrario. Si vemos el perfil de los primeros discípulos no parece el fruto de un perfecto proceso de selección de personal. Llamó a los que quiso. Así sucede con cada uno de nosotros. El Señor ha querido formar con nosotros un presbiterio, un cuerpo, para que estemos al servicio de su Cuerpo. Y para eso hemos de acoger al hermano, amarle y ayudarle, y dejarnos ayudar por él. Mi percepción, al pasar por los arciprestazgos es que hay buenas relaciones, aunque también hay, como no puede ser de otra forma, heridas. La acogida y la fraternidad es uno de los elementos en los que me habéis expresado vuestra alegría. Podemos progresar más en ello y fortalecer la fraternidad para que no sea solo un buen ambiente superficial, sino que a través de la corrección fraterna, con misericordia y verdad, podamos ayudarnos a crecer en el Señor. El arciprestazgo es el primer lugar de la formación continua y tendremos que seguir trabajando en ello con la ayuda de los nuevos arciprestes que pronto serán nombrados.
En segundo lugar, la caridad pastoral. No tenemos grandes números en la pastoral, pero ¿es eso lo que quiere el Señor? Al Él no le importan los números, sino las personas. Otra de las alegrías que me habéis comunicado en los encuentros son las muchas pequeñas alegrías que atesoráis de la relación de acompañamiento a los fieles y a las comunidades. Nos llena el ejercicio del ministerio. Pequeñas o grandes conversiones, confesiones, la celebración de la Eucaristía, ya sea en una gran fiesta o con un pequeño grupo de fieles, el agradecimiento de la gente, que verdaderamente os quiere y valora vuestro ministerio. Es la alegría de ser pueblo de la que nos hablaba el papa Francisco en Evangelii Gaudium, que nace de la pasión de Jesús por su pueblo. Dejémonos contagiar de esa pasión, de forma que visitar a un enfermo, pasar la tarde con algunos niños o familias, una comida fraterna o una peregrinación se conviertan en ocasiones en las que el Señor nos llena de su Espíritu y de su amor por las gentes. Al final del día no dejemos de pasar un momento ante el Señor, en silencio, dando gracias por los encuentros que se nos han dado y en los que él se ha hecho presente.
En tercer lugar, como no puede ser de otra forma, la misma caridad divina que llena nuestro corazón en la oración. Ya sea la oración personal, por la mañana, al mediodía o por la noche, no dejemos de buscar un tiempo de silencio, delante del Señor, escuchando su Palabra y conservándola en el corazón. Repetir poco a poco la Palabra de Dios hasta guardar la palabra de Dios en la memoria del corazón es verdadero alimento de vida. Estos días, leyendo algunas cosas sobre san Juan de la Cruz, me ha impresionado leer cómo conocía la Sagrada Escritura casi de memoria. Y no una memoria de pura repetición exterior, sino una memoria pasada por el corazón. Que no dejemos ningún día de reservar un tiempo para la oración. Algunos días será más breve, otros más largo. Pero no puede faltar. La fuente de nuestra alegría es el Señor. Este encuentro en la oración impregnará también nuestra oración litúrgica, que será así más ungida y fructífera para nosotros mismos y para los files con los que celebremos.
Y, por último, la caridad con uno mismo. Es necesario saber cuidarse. Y con esto no me refiero a grandes lujos, sino a una vida sencilla y cuidada, saludable en las comidas y en el deporte (según la capacidad y edad de cada uno), en el sueño y el descanso, en el ocio y la cultura, (a través del arte, el cine, la literatura…) y en la amistad, no solo la sacerdotal, que es fundamental, sino también en una amistad abierta, transparente, sencilla y agradecida con familias que nos abren las puertas de sus casas y de su amistad.
«El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido; me ha enviado». Es el mismo Señor que nos envía el que nos llena de alegría y esperanza para que seamos testigos ante el pueblo cristiano y ante todas las gentes de Segovia y su tierra, de pueblos y ciudades. Ahora vamos a renovar nuestras promesas sacerdotales como signo de renovación de nuestra docilidad a la acción del Espíritu Santo. Antes, guardemos un momento de silencio.