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Jueves Santo en la Cena del Señor

Jueves Santo. Con esta celebración entramos en el Santo Triduo Pascual, donde vivimos sacramentalmente la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo, el acontecimiento central de la historia, de donde nace nuestra fe.

 

          La liturgia del Jueves Santo pone el foco de nuestra mirada en tres aspectos de este gran misterio que están íntimamente relacionados: la institución del sacerdocio ministerial, la institución de la Eucaristía y el mandamiento de la caridad. Esta tarde quisiera centrarme, precisamente, en la relación entre estos tres aspectos del misterio.

 

          La caridad que estamos llamados a vivir no es una caridad cualquiera. No debemos confundirla con actos de filantropía o de buena voluntad. El Señor no nos dice simplemente que nos amemos, que seamos buenos los uno con los otros; nos manda que nos amemos como Él nos ha amado. Para poder amar como alguien, hemos de conocer cómo ese alguien ha amado; pero en el amor no basta un conocimiento teórico, sino que es necesario conocer por experiencia cómo nos ha amado a nosotros. Esto lo vivimos de forma natural en la familia, donde desde niños, desde bebés, aprendemos a amar de manera natural, según la forma en la que vemos que nuestros padres se aman, nos aman a nosotros y vivimos este amor entre los hermanos. En el caso de Jesucristo, la Iglesia es la familia en la que, a través de los sacramentos, de la escucha de la Palabra de Dios y de la caridad fraterna, nos alcanza, por la gracia, el amor de Jesucristo.

 

          Jesús ha mostrado a los discípulos este amor a lo largo de toda su vida. El pasaje del Evangelio según san Juan que hemos escuchado comienza diciendo: «habiendo amado a los suyos (…), los amó hasta el extremo». Los había amado con obras y palabras y ahora lo hacía de forma definitiva. Al lavar los pies a los discípulos adelantaba el significado de su entrega en la cruz. Según algunas tradiciones judías, este lavado ritual era función del padre de familia, que se hacía siervo y provocaba así el asombro de sus hijos. En Jesús, Dios provoca nuestro estupor al hacerse Siervo. Lo hace para el perdón de los pecados, para que nos amemos así unos a otros y se genere la comunión que él ha venido a traer. Jesucristo es el único sacerdote, ofreciéndose como víctima al Padre y a los hombres como sacrificio de comunión.

 

Al servicio de los hermanos

De esta forma, como sacramento permanente de su Amor, instituye la Eucaristía ofreciéndonos su cuerpo y su sangre, signos eficaces de verdadera comunión con Él y con el Padre. El Cuerpo partido es comunión con su muerte; la Sangre derramada y recogida en el cáliz de la Iglesia es comunión con su Vida. Por eso, como dice san Pablo, cada vez que comemos este pan y bebemos este cáliz anunciamos su muerte y proclamamos su resurrección esperando su vuelta.

 

          Y para su presencia real en esta celebración sacramental, el Señor eligió a doce varones diciéndoles: haced esto en memoria mía. El Señor instituye el sacerdocio ministerial para que los que crean puedan unirse al único sacerdocio de Cristo y ofrecer su propia vida por la caridad mutua. Los sacerdotes somos unos bautizados más, creyentes que hemos sido alcanzados por Cristo y llamados al servicio de los hermanos. A través de la presidencia de los sacramentos, hacemos presente la vida del Señor en medio del pueblo. Por eso son necesarias las vocaciones al sacerdocio, para que todo el pueblo cristiano pueda vivir su propio sacerdocio bautismal.

 

          Hoy, en nuestra Diócesis, en muchos pueblos, en muchas iglesias, no podrá celebrarse la Eucaristía ni el Triduo Pascual. Es verdad que una gran mayoría podría trasladarse a una población cercana en la que hubiera una comunidad eucarística en la que sí pueda celebrar el sacerdote la Eucaristía, pero reconocemos que muchos cristianos no tienen una fe con suficiente fuerza para dar este paso. Pidamos al Señor que envíe ministros a su pueblo en Segovia para la misión, para llevar su amor, con la ayuda de consagrados y fieles laicos a todas las familias, a los ancianos, a los enfermos y a los que por su fe más débil necesitan ser fortalecidos.

 

          Hoy recordamos agradecidos desde esta Catedral a tantos sacerdotes de nuestra Diócesis que estos días presidirán hasta tres celebraciones cada día para que el Señor llegue en este signo sacramental a todos; recordamos agradecidos a los sacerdotes mayores, que han servido a la Iglesia en Segovia y siguen llevado la ofrenda de su vida hasta el extremo; y pedimos por los seminaristas, que el Señor les sostenga en su camino de discernimiento y formación, para que un día puedan tomar parte en esta misión. El testimonio de servicio de nuestros sacerdotes ha de ser la mejor llamada para que algunos jóvenes puedan escuchar hoy la llamada del Señor. Recuerdo como un sacerdote amigo me contaba que su vocación había nacido precisamente el Jueves Santo, viendo al sacerdote lavar los pies a los fieles de un pequeño pueblo. Él escucho ahí su llamada: haz tú lo mismo. Que este gesto que ahora vamos a realizar y que se realizará hoy en tantas iglesias nos mueva a todos a responder a la llamada de amor extremo que el Señor nos hace a cada uno.