Viernes Santo en la Pasión del Señor
Viernes Santo. La Cruz es la fuente de nuestra esperanza. Como acabamos de escuchar en el Evangelio, estando Jesús ya muerto, un soldado traspasó su costado con una lanza y, al punto, brotó sangre y agua. En este hecho, la tradición de la Iglesia ha reconocido el cumplimiento de una visión de Ezequiel en la que el profeta es conducido desde Babilonia, donde el pueblo está deportado por su pecado, al Templo de Jerusalén. Allí, en un momento de gran desolación, en el que el Templo se encuentra destruido, ve cómo del lado derecho del Templo mana un pequeño riachuelo. Acompañado de un ángel, sigue el curso de ese riachuelo y, a medida que va avanzando, ve que poco a poco va creciendo hasta convertirse en un río inmenso, que ni siquiera se puede vadear de lo ancho y profundo que es. Este río corre hasta el Mar Muerto y sanea sus aguas llenándolas de vida, de forma que junto a su corriente nacen toda clase de árboles medicinales y en un mar que no contenía vida, empiezan a surgir multitud de peces.
Como decía, la Tradición de la Iglesia ha visto en esta profecía una imagen de lo que ocurrió en la Cruz. El agua y la sangre que brotan del costado de Cristo es la vida divina que Dios ha querido darnos por medio de su Hijo. Es una fuente que nace pequeña, pero que generación tras generación crece y, así ha llegado hasta nosotros. Es una fuente viva y, para quien se acerca a ella, es capaz de dar vida y esperanza en cualquier situación.
Esto es posible porque la muerte de Jesús en la Cruz es el punto culminante del camino por el que el Hijo de Dios ha entrado en todo sufrimiento humano. Así lo hemos escuchado en el pasaje del profeta Isaías. En el se presenta la figura del Hijo como Siervo de Dios. Paradójicamente su subida, su mayor éxito, será tomar sobre sí el sufrimiento de todos los hombres. Cuando nosotros estamos junto a una persona que sufre por una enfermedad, por una pérdida, o por haber padecido un desprecio, una humillación o un engaño, podemos decir en cierta manera que “nos hacemos cargo” de su dolor. Esto se hace más cierto cuanto más amor nos une a esta persona.
Hombre de dolores, acostumbrado al sufrimiento
Pues bien, Jesucristo se hace cargo realmente del sufrimiento de toda la humanidad. Es, como dice el profeta, hombre de dolores, acostumbrado a sufrimientos. Y especialmente del mayor sufrimiento, que es el de la desesperación. Uno que vive el sufrimiento con esperanza, puede llevarlo adelante. Pero el dolor y el sufrimiento traen siempre consigo una batalla, la de la tentación de pensar que en él, todos nos han dejado solos, que nadie sabe lo que estamos pasando e, incluso, hasta Dios parece habernos abandonado. Jesucristo, en la Cruz, ha entrado hasta este punto, Así, paradójicamente, en el abandono de Dios, también ha entrado Dios. En Jesucristo, de forma misteriosa, siempre podemos esperar. No hay oscuridad en la que él no haya entrado.
Él es nuestra esperanza más firme porque permanece fiel más allá incluso de lo que nosotros nos atreveríamos a esperar. Por eso, como dice el autor de la carta a los Hebreos, acerquémonos confiados al trono de gracia. Este trono es la Cruz. En ella encontraremos a Jesucristo que ha sido probado en todo. No en el pecado, y por eso no reniega jamás de su Padre ni de nosotros y permanece como puente de comunión. Sí ha sido probado en las consecuencias del pecado, ya que ha cargado con nuestras culpas. Acerquémonos con confianza a adorar la Cruz, poniendo en ella nuestros sufrimientos, los de nuestros seres queridos y los de todos los hombres.