Domingo de la Resurrección del Señor
Domingo de Resurrección. Hoy toda la Iglesia se alegra al celebrar la resurrección de Jesucristo. Este año, además la alegría se hace, si cabe, más universal, al coincidir la fecha de la celebración de la Pascua con nuestros hermanos de las iglesias ortodoxas. Que esta alegría sea una luz en el camino de la unidad.
Pero es justo que nos preguntemos hoy ¿de dónde viene esta alegría? ¿Verdaderamente ha resucitado Jesús? ¿Cómo podemos saberlo dos mil años después? En la primera lectura hemos escuchado el discurso de Pedro a la familia del centurión Cornelio. Este discurso tiene una forma concreta. No es un discurso filosófico, en el que Pedro busca convencer a esta familia pagana a través de sentencias lógicas, partiendo de unas premisas para llegar a unas conclusiones. No es tampoco un discurso de la ciencia experimental, en la que se prueban unas hipótesis a partir de experimentos materiales. El discurso de Pedro tiene la forma del testimonio en un juicio. Está ante un centurión romano que le ha mandado llamar y ha reunid a toda su familia y amigos. Por lo tanto, Pedro se está jugando la vida. Pero no puede hacer otra cosa que contar lo que ha visto. Primero habla de Jesús, del que seguro que el centurión y su familia habían tenido noticia de sus enseñanzas y de sus milagros. Seguro que ellos sabían también que Pilato lo había mandado crucificar. Pero hay algo que no sabían. Que Dios lo había resucitado de entre los muertos. Y lo que es más sorprendente aún. Que Pedro lo sabe porque él, junto con otros discípulos lo han visto, y han comido y bebido con él. Y esto les ha constituido en testigos veraces.
Pero nosotros, ¿cómo sabemos esto? ¿Acaso hemos comido y bebido con Jesús, hemos tocado su carne resucitada? Ciertamente no (al menos yo). Pero hemos creído este testimonio que nos ha llegado a través de la Iglesia: a través de nuestros padres, de nuestros abuelos, de unos amigos o de alguien que hemos conocido. Ellos, a su vez, había creído y se había constituido también en testigos. Cuando el centurión y su familia estaban escuchando esto vino sobre ellos el Espíritu santo que abrió sus corazones y creyeron. Y allí mismo en su casa, les bautizó y recibieron la vida nueva. También nosotros, al creer y ser bautizados, hemos recibido la vida nueva.
Testigos de vida nueva
Por eso dice san Pablo: Buscad, aspirad a los bienes de arriba. ¿Qué bienes son estos? Esto no significa evadirnos de la realidad, como a veces puede haber sido interpretado. Y lo vemos bien en el evangelio. María Magdalena llega al sepulcro y descubre que está vacío. Luego corre a avisar a los apóstoles y Pedro y Juan salen también corriendo al sepulcro. Al entrar Juan, dice el evangelio que vio y creyó. ¿Qué creyó? Que había resucitado, que había ido al Padre, como Jesús mismo les había anunciado. Pero eso no era todo. Esta era una fe aún incompleta. Esa misma tarde, los apóstoles estaban encerrados por miedo en la sala donde habían celebrado la última cena con Jesús y allí se les apareció Jesús. Les mostró sus heridas, pidió que tocaran su carne, comió con ellos y les dio el Espíritu Santo para que llevaran a todos los hombres el perdón de los pecados.
Los bienes de arriba a los que aspiramos han venido a nosotros, están entre nosotros, en la Iglesia. A través de los sacramentos, de la Palabra de Dios predicada, de la caridad fraterna, se hacen presentes entre nosotros los bienes del cielo, el mismo Jesucristo. Nosotros somos testigos de esto. Somos testigos de la vida nueva. Hemos creído en el testimonio que nos ha llegado, hemos experimentado el perdón de nuestros pecados, hemos conocido una caridad que no creíamos posible ver en nosotros. Y la historia no ha terminado, sino que el Espíritu Santo sigue obrando en nosotros.
Termino con un último detalle. El evangelio está lleno de carreras. María va corriendo a los apóstoles, estos van corriendo al sepulcro… La noticia va acompañada de una urgencia. Jesucristo ha resucitado y ha hecho accesibles para todos los bienes del cielo. Anunciemos esto a nuestros hermanos. Es urgente que verifiquemos esto y miremos si nosotros somos testigos creíbles. Es urgente que este anuncio llegue a tantos corazones afligidos y sin esperanza para que puedan creer nuestro testimonio y encontrar paz, consuelo y esperanza verdadera.