Homilía en el funeral diocesano por el papa Francisco
«La esperanza no defrauda porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado» (Rom 5,5).
En pleno jubileo de la esperanza, el papa Francisco ha querido dejarnos el testimonio más vivo de la esperanza en el final de su vida en la tierra. Ya en la carta de convocatoria al jubileo había hecho referencia a la vida más allá de la muerte como uno de los signos de esperanza que la Iglesia debía anunciar en este año jubilar. «¿Qué será de nosotros, entonces, después de la muerte? -dice el Papa en esta bula- Más allá de este umbral está la vida eterna con Jesús, que consiste en la plena comunión con Dios, en la contemplación y participación de su amor infinito. Lo que ahora vivimos en la esperanza, después lo veremos en la realidad.» (Spes non confundit 21) Él ha vivido hasta el último momento buscando ser testigo de esta esperanza que nace precisamente de lo que celebrábamos el día de su última aparición en público. Ha vivido hasta el final consciente de que la vida no termina, se transforma. Y, así, ejerciendo su misión de testigo hasta el final.
Será necesario más tiempo para ir recogiendo el tesoro de la tradición que el papa Francisco nos deja con su magisterio de tantos gestos y palabras. En estos momentos, lo que vivimos al principio como un gran sentimiento de pérdida y orfandad, va dejando paso a un inmenso agradecimiento. En estos días se están subrayando en las exequias romanas de los novendiales o las que se están celebrando en todas las diócesis del mundo el eco de todos estos rasgos fundamentales. Yo querría recoger en esta misa exequial tres de estas enseñanzas que personalmente para mí han sido más significativas y que propongo para que queden en nuestra memoria, pues también me parecen significativas para la vida y la misión de la Iglesia en Segovia.
La primera de ellas es la alegría. Una alegría que ha anunciado con su magisterio desde el primer momento y que se puede notar de forma clara ya sólo con leer el título de sus principales exhortaciones apostólicas y encíclicas. Pero también con su sonrisa y su sentido del humor. Este es un rasgo que ha quedado reflejado en una gran multitud de ocasiones. Recuerdo uno que viví personalmente. En un encuentro con algunos sacerdotes en el que pude participar. al final de dicho encuentro uno de ellos le preguntó: «Santo Padre, denos un último consejo para vivir nuestro sacerdocio». Y el, con una media sonrisa nos dijo: «No pierdan el sentido del humor». Y nos recomendó que rezáramos todos los días la oración atribuida a Sto. Tomás Moro que refiere en la nota 101 de Gaudete et Exsultate. Nos dijo que él la rezaba todos los días. El sentido de humor, no como defensa amarga o ácida ante los sufrimientos y decepciones de la vida; sino como consecuencia de la paz espiritual de quien sabe que el Señor ha vencido a la muerte. En el papa Francisco la alegría es el gozo que nace del encuentro con el Señor resucitado que viene a nuestro con el oficio de consolar. tal y como dice S. Ignacio en la cuarta semana de los ejercicios espirituales. No perdamos la alegría y el buen humor, que es signo de una vida espiritual sana.
La segunda enseñanza es la misericordia. Desde el primer momento de su ministerio como sucesor de Pedro, el papa Francisco se presentó ante la Iglesia como un pecador necesitado de misericordia. Esta es otra consecuencia del encuentro con Cristo resucitado. Como hemos escuchado en el libro de los hechos de los apóstoles: «Todos los que creen en él reciben, por su hombre, el perdón de los pecados» (Hch 10, 43). Francisco conocía esto en primer lugar en su propia persona y por eso podía comunicarlo con una certeza tan fuerte a la Iglesia y a todos los hombres. La misericordia no consiste en negar el pecado y su efecto en la vida de las personas. Francisco ha expresado numerosas veces cómo el pecado es el origen de la guerra, de la violencia en las familias, de la pobreza y la miseria que tantos sufren. Es el pecado de cerrar el corazón a acoger a aquellos que vienen de otros países como inmigrantes jugándose la vida para iniciar una nueva existencia o a acoger una vida que llega en el seno de una madre; Es el pecado que lleva a no querer mirar y tocar a la persona pobre o enferma o a no preste atención al anciano; Es el pecado de estar encerrados en un círculo de consumo que seca la vida, roba la verdadera alegría y no permite levantar la mirada para cuidar al hermano y la casa común. Lo hemos escuchado en el evangelio. La misericordia no minusvalora el pecado, sino que lo sobrepasa en amor, pues el Señor carga con nuestros pecados en sus heridas. Por eso, quien cree en él y se deja perdonar, se hace discípulo y comienza un camino de salvación, de santificación por la acción del Espíritu Santo.
La tercera enseñanza a la que quiero referirme es la de la participación de todos en la misión de la Iglesia. Siguiendo con lo anterior, todos somos discípulos y todos somos misioneros: discípulos misioneros, llamados a ser testigos ante los que están a nuestro lado de la alegría del evangelio. Esto es lo que el Papa ha hecho continuamente en sus muchos viajes, entrevistas y encuentros personales casi sin descanso. Pero no lo hacemos como francotiradores, sino en la comunión de la Iglesia. El rasgo de la sinodalidad de la Iglesia, que el Papa ha querido subrayar y sobre el que nos llama a seguir profundizando, significa que todos estamos llamados a participar de esta misión. Cada uno en sus posibilidades, pero todos en la comunión de la Iglesia y con la mirada puesta en la multitud de los que no conocen a Cristo. La corresponsabilidad diferenciada nos habla del cuerpo de Cristo, en el que todos los miembros son esenciales y ninguno puede decir a otro: no te necesito (1 Cor 12, 21-22).
Celebramos esta misa exequial para pedir al Señor por el papa Francisco, para que pueda participar ya plenamente de la felicidad definitiva. Él nos pidió continuamente que rezáramos por él. Estamos seguros de que ahora será él quien rezará por nosotros.