Homilía en la celebración de San Juan de Ávila • Jubileo de los sacerdotes y los seminaristas
San Juan de Ávila. Nos reunimos en esta asamblea eucarística en la fiesta de San Juan de Ávila, patrono del clero secular español, para dar gracias por la fidelidad del Señor en el ministerio de nuestros hermanos que celebran este año sus bodas de plata, de diamante y de platino. Celebramos además el jubileo de sacerdotes y seminarista,s y recibimos así la gracia de la misericordia de Dios, que nos llena de esperanza.
En la primera lectura hemos escuchado como Pablo y Bernabé atraviesan un momento de gran dificultad. Se encuentran con el rechazo de aquellos a quienes debían anunciar la palabra. La respuesta normal hubiera sido el enfado, o el desánimo. Sin embargo, en ese instante, hacen un discernimiento y deciden hacer un cambio en el camino del anuncio del Evangelio. A partir de ese momento, predicarán principalmente a los gentiles. Esto tiene dos efectos: Los gentiles se llenaron de alegría y alabanza, y la Palabra de Dios se difundía por toda la región. Es decir, que la palabra encuentra acogida y se comienza a construir la comunidad cristiana, la Iglesia que crece en el Señor.
También nosotros, como Iglesia en Europa, en España y en Segovia, podemos encontrarnos actualmente en un momento difícil. A veces podemos tener la sensación de estar como en un “callejón sin salida”. Por un lado, la secularización que crece a nuestro alrededor, que implica la perdida de significatividad del Evangelio en la vida de muchas familias, que los lleva a vivir como si Dios no existiera, excepto, tal vez, en momento puntuales que aún tienen cierta importancia en nuestra cultura como los bautizos y primeras comuniones, los matrimonios, los funerales o las fiestas patronales. Esto hace nos hace percibir evangelización como la siembra en una tierra fría y dura, poco fecunda, haciéndonos perder interés sobre el anuncio del Evangelio. Y, por otro lado, la falta de vocaciones sacerdotales y consagradas entre nosotros, que hace que cada vez los que estamos dedicados plenamente a la evangelización seamos menos y más mayores, lo que dificulta mantener estructuras y estilos que “han existido siempre”. Pero la experiencia que tenemos es que si intentamos mantener lo de siempre, lo que se genera entre nosotros, en nuestro presbiterio, y muchas veces también entre los fieles, es una sensación de enfado, de irritación, de agotamiento, de desánimo e incluso de un cierto estado depresivo.
Nos encontramos, por tanto, como Pablo y Bernabé en un momento de discernimiento. La elección del papa León XIV es un signo que nos apunta en una dirección, la de una Iglesia sinodal y misionera. Estos dos rasgos están profundamente unidos. En este sentido os presento en esta fiesta tres líneas que pueden hacernos reflexionar.
En primer lugar, el anuncio de la Palabra de Dios. Hemos de leer, meditar, profundizar e interiorizar la palabra de Dios poniéndola en el centro de nuestro servicio a los fieles. Los Evangelios, las cartas de San Pablo, la ley y los profetas que, como hemos escuchado en el Evangelio, han sido llevadas por el Señor a su plenitud son un tesoro sin fondo. Tendremos que encontrar medios de que, en espera de la Eucaristía, muchas comunidades vivan realmente de la palabra de Dios.
En segundo lugar, hemos de contar para la evangelización, para la misión pastoral de una forma aún más decidida con la participación de algunos consagrados y laicos. Por su Bautismo, por sus carismas, también ellos están llamados a participar en la misión. Pablo y Bernabé no iban solos, sino acompañados de una comunidad, un equipo misionero. Tendremos que rezar y reflexionar qué significa esto y cómo desarrollarlo en nuestra Diócesis.
En tercer lugar, viviendo la alegría de la fidelidad del Señor. De aquí nace la esperanza, no de que nosotros seamos fieles, sino de que él es fiel. Así será su luz, la luz de Cristo, la que brille en nosotros para que los hombres puedan así dar gracias al Padre. Esto es lo que hoy vemos en estos hermanos nuestros. Damos gracias al Padre por la vida y la fidelidad de aquellos que celebráis estos aniversarios sacerdotales. Es la luz de Cristo la que se hace presente en vosotros.
Nos encomendamos a san Juan de Ávila, que también vivió en un momento de cambio y reforma en la Iglesia y en la sociedad para que nos ayude a ser audaces para seguir llevando adelante la misión a la que el Señor nos llama.
+Jesús Vidal
Obispo de Segovia