Solemnidad el Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo
20250622 Cuerpo y Sangre de Cristo. Al celebrar hoy la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, celebramos una tradición que viene del Señor, como nos dice san Pablo en su primera carta a los Corintios. Según esta tradición, en la noche en la que iba a ser entregado, el Señor Jesús tomó pan, dio gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos diciendo: «tomad y comed, esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros». Y lo mismo hizo con el cáliz, dándoselo a beber. Dos mil años después, la Iglesia sigue repitiendo estos gestos con los que Jesús anticipaba su entrega por nosotros en la Cruz. De esta forma, nos daba un signo, un sacramento, para que nosotros podamos recibir su entrega y tomar parte en ella.
En el pasaje del Génesis y en el Evangelio que hemos escuchado encontramos algunos significados que no agotan el misterio insondable de la Eucaristía, pero que nos ayudan a descubrir qué sentido tiene hoy para nosotros participar en este sacramento.
En la primera lectura vemos a Abraham volviendo de una gran batalla. De repente le sale al encuentro un personaje misterioso, Melquisedec, sacerdote del Altísimo y rey de Jerusalén. Le bendice y le ofrece pan y vino para sostenerle en el camino de vuelta a casa. Abraham se pregunta qué debe hacer para corresponder este don y decide ofrecerle el diezmo de sus cosas. Melquisedec le responde que no quiere sus cosas: quiere las personas.
Melquisedec es imagen de Cristo, que sale al encuentro del hombre cansado por el combate diario, por el mal, por la guerra y la corrupción de todo tipo que tantas veces vemos a nuestro alrededor. Esta experiencia del mal siembra en nosotros la desesperanza. Esto, además, nos puede llevar a ver a Dios como un adversario más, que viene también a quitarnos nuestras cosas, a impedirnos una vida cómoda y de bienestar según nuestro propio proyecto personal. E intentamos contentarlo dándole una parte de nuestras cosas, de nuestro tiempo…
Pero no es así. En la Eucaristía es Él mismo quien se nos entrega, quien viene a darnos todo lo suyo, a darse por entero. A cambio pide nuestras personas. Pide que acojamos la bendición para participar de su vida, de su reino. Finalmente, un descendiente de Abraham, el rey David, reinará en Jerusalén. Jesucristo nos da la Eucaristía para que, acogiendo este pequeño signo, acojamos el don de su vida entera, su promesa de plenitud. Dios quiere que entremos en su reino, en la comunión trinitaria recibiendo su cuerpo entregado por nosotros.
En el Evangelio hemos escuchado como Jesús precisamente hablaba de esto a las gentes: les hablaba del reino y sanaba a los que tenían necesidad de curación. Este es un segundo significado de la Eucaristía. Es un alimento que nos sana. Pero, como dice el evangelio sana a los que necesitaban curación. Una de nuestras dificultades para recibir todo lo que el Señor quiere darnos en la Eucaristía es que no vemos la curación que necesitamos. En el fondo, nos parece que no necesitamos al Señor. Si venimos a la Eucaristía los domingos, pensamos que somos nosotros los que le estamos dando algo al Señor, como si fuera Él el que necesita que estemos aquí.
En el Evangelio, vemos a los apóstoles en una situación de verdadera necesidad. Más de cinco mil personas se han reunido cuando ya cae la tarde y no tienen que comer. Nuestra primera reacción es quitarnos de la responsabilidad del otro: que se vayan y se busquen ellos de comer. Pero el Señor dice a los discípulos: dadles vosotros de comer. Con esto el Señor no quiere decir que estas personas no sean responsables de sus propias vidas, sino que quiere mostrarnos que todos somos responsables los unos de los otros. No podemos desentendernos de lo que le pasa al que está a nuestro lado. Pero entonces notamos la impotencia: ¿qué podemos hacer ante tanta carencia que experimentamos? La respuesta está en el mismo Señor. Se trata de poner todo en sus manos para que se convierta en signo de su sobreabundancia. Somos nosotros los que necesitamos al Señor, los que necesitamos ser curados, alimentados con un alimento verdadero de comunión. Por eso acudimos a la Eucaristía, porque sin ella no podemos vivir.
Pidamos al Señor que después pasará por nuestras calles en la Eucaristía que abra los corazones de todos los segovianos y descubramos que lo necesitamos para vivir plenamente y Él quiere darse totalmente a sí mismo para que nosotros conozcamos la vida verdadera.