Ciegos que pueden ver
20260315 Domingo IV de Cuaresma. Hace unos días visité un colegio de Segovia, y una alumna me preguntó cómo era posible seguir creyendo en Dios cuando nos ocurría una desgracia. Tras pensarlo un poco, le di la vuelta a la pregunta: para mí es más difícil pensar cómo se puede afrontar una gran desgracia sin creer en Dios. Ciertamente considero que la fe es un don, un regalo que nos permite afrontar la vida con una mayor profundidad. Es cierto que no todos tienen fe, y aquellos que inmerecidamente disfrutamos de este don, hemos oído muchas veces la expresión: ¡Cómo me gustaría tener tu fe! La fe es algo generalmente deseable. No conozco a nadie que diga, en sentido contrario, que teniendo fe le gustaría no tenerla. Esto es ya algo que nos habla de lo positivo de la fe. ¿Cómo puede uno recibir la fe?
El Evangelio según san Juan nos presenta en una ocasión cómo Jesús cura a un ciego en Jerusalén. La escena es una verdadera obra de arte literaria: hay misterio, despiste, tensión, humor… invito a leer este pasaje, que pueden encontrar en el capítulo 9 del Evangelio según san Juan, imaginándolo como una escena teatral. Además, en ella encontramos dramatizado todo un itinerario de fe. Es una guía para aquellos que buscan la fe. Y, para los que ya tenemos fe, es un camino que nos ayuda a renovarla en su fundamento.
El punto de partida del hombre en la búsqueda de la fe no es el pecado, sino las tinieblas en las que este vive alejado de Dios. Sin Dios, como decía antes, nos faltan las razones de sentido y esperanza, pues todo queda aquí y no hay horizonte más allá de la nada que se espera tras la muerte. Además del mal y el sufrimiento, también los pequeños placeres y bondades de esta vida quedan como simples fogonazos incapaces de permanecer, lo que aumenta la desazón. A partir del encuentro con Jesús se produce una iluminación progresiva que conducirá a la fe.
Mirando ahora el recorrido del hombre ciego del evangelio, vemos como, primero, estando aun ciego, percibe a Jesús como un hombre, una presencia histórica, uno de tantos que se han puesto ante él. Pero no puede negar que ha oído hablar de él. Y puede esperar algo nuevo. Jesús le cura de su ceguera física y así, como la samaritana, reconoce la relación de este hombre con Dios. Es uno que viene de Dios, que habla y actúa en su nombre; es un profeta. El ciego ha recuperado la vista, pero aún no puede entender quién es aquel que está ante él. Finalmente, habiendo ya sido expulsado de la sinagoga, que representa aquí una estructura ideológica cerrada en sí misma, que impide la libertad del hombre para reconocer lo que tiene delante, se pregunta quién es el Hijo del hombre, es decir, aquel que nos acerca la plenitud de lo humano, es decir, Dios. La respuesta de Jesús es inaudita y muy sencilla: «lo estás viendo», lo tienes delante de ti. Y ahí brota la fe: «creo, Señor».
Jesús dice que viene para un juicio: ha sido enviado para separar a los ciegos curables de aquellos que no quieren ser curados. Todos partimos de las tinieblas, pero no hay mayor ciego que el que no quiere ser curado. Porque, con Jesús, el que quiere ser curado ya empieza a ver.
Otro elemento importante es la forma en la que Jesús cura al ciego. Lo hace formando una bola de barro mezclado con su propia saliva, que introduce en las cuencas del ciego. En la primera creación, Dios hizo al hombre del barro hecho con tierra y agua y le infundió el espíritu. Jesús, como hizo el Padre con el primer hombre, forma un ojo del barro y, con una referencia al bautismo, pide al hombre que vaya a lavarse. La nueva creación comienza por la creación de un ojo, que nos permite una nueva mirada de la realidad, la capacidad de reconocer cosas invisibles, como invisible son el amor y la confianza. Esto es la fe, la creación de una nueva facultad para ver lo que tenemos delante. Por eso, cuando alguien que cree no tener fe me dice que le gustaría tener fe, me acuerdo de este ciego y pienso: en cierta manera, ya la tienes.
+Jesús Vidal
Obispo de Segovia