El cristianismo en Segovia en época romana (siglos III-VI)
La primera etapa de la vivencia cristiana en la futura diócesis segoviana se inició en el siglo III, en época romana, y se prolongó hasta la fundación del obispado en el siglo VI, ya bajo dominio visigodo.

La característica que define este primer período es la existencia de comunidades cristianas en el territorio, pero dependientes jurisdiccionalmente de un obispo cuya sede se encontraba fuera del mismo. Se desconoce cuándo llegaron a Segovia los primeros cristianos. No se han conseguido encontrar testimonios literarios ni arqueológicos relativos a esa llegada a tierras segovianas, aunque la evolución general de Hispania permite situar a lo largo del siglo III esa presencia inicial. Tampoco han quedado noticias que hagan posible establecer cómo se produjo más tarde la consolidación y expansión de ese culto cristiano en el territorio. Esa ausencia de restos y de testimonios afecta por igual al entorno urbano y al mayoritario ámbito rural de la época.
Hasta el momento, la única pieza que remite a esa presencia cristiana es un aplique circular de bronce, de 8,3 centímetros de diámetro, que formaba parte del petral de una cabalgadura y presenta calada la silueta de un crismón. Se encontró en el yacimiento de Carratejera, en Navalmanzano.
A comienzos del siglo VI, desaparecido ya el poder romano, se inició un período de ajustes en la estructura eclesiástica del espacio peninsular, que afectó también a Segovia. En ese contexto, dos diócesis, las de Palencia y Toledo, pretendieron integrar bajo su jurisdicción a las comunidades cristianas segovianas. Así lo recogen dos cartas escritas por el arzobispo toledano Montano (523-531).
Fundación de la diócesis y etapa visigoda (c.589-c.693)

La diócesis de Segovia se creó en algún momento indeterminado de las seis décadas que transcurren entre el II concilio de Toledo del año 527 y el III de 589. En la primera de esas asambleas, el obispado todavía no existía, mientras que en la segunda se encuentra participando al primer obispo segoviano conocido, de nombre Pedro.
La fundación de la diócesis confirma la madurez eclesial y espiritual que alcanzaron a lo largo del siglo VI los territorios situados entre el río Duero y la sierra de Guadarrama. Esos son, en esencia, los hitos que continúan enmarcando el obispado segoviano. La presencia al frente de la comunidad cristiana segoviana de un prelado propio la dotó de una definitiva identidad común y reforzó su presencia institucional en el seno de la Iglesia peninsular.
Durante el período de dominio visigodo se carece de nuevo de noticias que permitan acercarse a la vivencia diocesana. Aunque en este caso, el silencio no es total. Las actas de los mencionados concilios de Toledo, concretamente hasta el decimosexto, celebrado el año 693, dan noticia de algunos de los obispos que ocuparon la sede hasta fines del siglo VII.
De este modo, a pesar de que no resulta posible ofrecer una relación completa de los prelados segovianos de esta época, se sabe de cinco de ellos que sucedieron al citado Pedro. Se trata, en este orden, de Miniciano, Anserico, Sinduito, Deodato y Decencio.
El largo eclipse institucional (711-1120)
La invasión musulmana del año 711, cuya incidencia concreta en Segovia se desconoce, supuso en todo caso la desarticulación institucional de la diócesis. Este hecho se vivió probablemente en algún momento de las primeras décadas del propio siglo VIII. De ese modo, se cerraba una primera etapa en la historia diocesana de algo más de un siglo. Esa forzada interrupción de la vida diocesana se prolongó, por su parte, durante cuatro centurias.

En el siglo X, con la presencia intermitente de poderes cristianos en las tierras de Segovia, se produjo una recuperación testimonial de la prelatura diocesana. Así, el año 927 se encuentra a un obispo segoviano llamado Frunimio y hacia 960 a otro de nombre Ilderedo. Se piensa que ambos prelados residieron siempre al norte del Duero y no llegaron a ejercer un poder efectivo sobre el territorio segoviano, lejos todavía de estar bajo el control efectivo de la monarquía asturleonesa.
Los sostenidos avances cristianos al sur del Duero, tras la desarticulación del califato el año 1031, permitieron una recuperación definitiva de la presencia institucional de la Iglesia. Así, se comienzan a encontrar templos y clérigos en el norte del antiguo territorio diocesano.
En 1076, tres meses antes de conceder a Sepúlveda su conocido fuero, el rey Alfonso VI donó al monasterio burgalés de Santo Domingo de Silos el lugar conocido como de San Frutos. Con esa donación regia se recuperaba de un modo permanente el recuerdo del santo eremita, que no tardaría en ser adoptado como patrón de la diócesis. También
en el entorno del río Duratón y seguramente ligada al fenómeno de los
eremitorios, la Cueva de los Siete Altares es reconocida como uno de los
lugares de culto más antiguos de la región.
El año 1107 se dio un paso más en la articulación del territorio segoviano, cuando el rey Alfonso VI entregó el gobierno eclesiástico del mismo al arzobispo toledano Bernardo, que lo ejercería hasta la definitiva restauración de la diócesis el año 1120.
La diócesis durante la Edad Media (1120-1511)

El 25 de enero de 1120, la diócesis de Segovia volvió a contar con un obispo propio, el eclesiástico Pierre de Agen, natural de aquella localidad francesa. Esta restauración diocesana resulta muy relevante, pues reanudó una vivencia espiritual, litúrgica y administrativa que continúa sin interrupción hasta el día de hoy.

Desde aquellos momentos, la diócesis se articuló en los tres arcedianatos que todavía la siguen conformando: los de Segovia, Sepúlveda y Cuéllar. Estos se dividían a su vez en arciprestazgos, cuyos límites coincidían, en líneas generales, con los de las diferentes comunidades de villa y tierra.
Con la recuperación de la sede diocesana se produjo también la de la catedral, con la advocación de Santa María. A su vez, se fueron levantando iglesias parroquiales por todo el territorio, llegando a contarse más de quinientas a mediados del siglo XIII.
El obispado acogió también una treintena de fundaciones monásticas y conventuales: ocho en el siglo XII, doce en el siglo XIII, tres en el siglo XIV y cinco más en el siglo XV. En total, fueron catorce las órdenes y congregaciones religiosas con presencia en el obispado: tres monásticas (los benedictinos, los cistercienses y los jerónimos); cuatro de canónigos regulares (las de los premonstratenses, los de San Agustín, los de Sancti Spiritus in Saxia y los de San Antonio Abad); y siete órdenes mendicantes (franciscanos, dominicos, trinitarios, mercedarios, franciscanas de la segunda orden, franciscanas terciarias y dominicas).
La nómina de los prelados medievales incluye a personajes tan relevantes como el ya citado Pierre de Agen (1120-1148), organizador de la nueva realidad diocesana; Raimundo de Losana (1250-1259), luego primer arzobispo de la reconquistada Sevilla; Pedro de Cuéllar (1325-1351), autor de un completo catecismo; o Juan Arias Dávila (1461-1497), quizá el eclesiástico más brillante de todo el período, al que se debe la introducción de la imprenta en España con la edición del Sinodal de Aguilafuente en 1472.
La diócesis en la Edad Moderna (1511-1808)

El largo episcopado de Diego Ribera (1512-1543) marcó el tránsito definitivo entre un medievo que se agotaba y la nueva etapa que se abría. Él puso en 1525 la primera piedra de la actual catedral de Nuestra Señora de la Asunción y de San Frutos.
Durante los inicios de la Edad Moderna se vivió una intensa actividad sinodal a través de la cual se reguló el culto y la administración de la diócesis. En concreto, esas asambleas se celebraron en 1527, 1542, 1564, 1566, 1586, 1590, 1605, 1648 y 1661. Desde ese último año habrá que esperar hasta 1911 para encontrar un nuevo sínodo diocesano, convocado en aquella ocasión por el obispo Julián Miranda y Bistuer.
El siglo XVI supone el momento de mayor expansión del clero regular en la diócesis, con diecisiete fundaciones repartidas entre Segovia, que acogió la mayoría, Cuéllar y Coca. La crisis económica provocada por la peste de 1599 motivó que en el siglo XVII ya solo se produjeran tres nuevas fundaciones: dos en Segovia y la otra en Cuéllar. Precisamente en esa centuria, el año 1613, se inauguró con grandes festejos el santuario de la Virgen de la Fuencisla, patrona de la ciudad de Segovia y de su tierra. A las celebraciones asistió el propio Felipe III.
En el período moderno se vivió en toda la diócesis una verdadera eclosión de obras benéficas y asistenciales fundadas por laicos y eclesiásticos, que se destinaron a paliar las necesidades de los más desfavorecidos. Igualmente, en las parroquias se multiplicó la presencia de cofradías, agrupaciones donde afloraba de un modo particular la sensibilidad religiosa popular.
En el siglo XVIII se realizaron dos destacadas fundaciones. En 1724 se erigió la Real Colegiata de la Santísima Trinidad en La Granja de San Ildefonso, por iniciativa de Felipe V, y el año 1782 se inauguró en Segovia el seminario conciliar, una aspiración diocesana emanada del Concilio de Trento, que había tardado dos centurias en concretarse.
La Época Contemporánea (1808-2024)
Desde el siglo XIX, la diócesis sufrió profundos cambios, paralelos a los experimentados por el conjunto de la Iglesia española.
Durante la primera mitad de esa centuria se vivió el fin de un modelo de Iglesia, cuyas raíces se remontaban al Medievo. Las desamortizaciones y el fin del cobro del diezmo supusieron para las instituciones diocesanas una severa pérdida de capacidad económica, al tiempo que las exclaustraciones y la supresión de los regulares reducían consagrados y vocaciones. Solo las religiosas se libraron de esa política, aunque ello no les impidió vivir una etapa de grandes dificultades.
El concordato de 1851 entre el Estado y la Santa Sede garantizó un mantenimiento digno para el clero secular, aunque el regular quedó fuera de ese acuerdo. Se inició entonces una restauración de la vida diocesana bajo nuevas bases. El seminario conciliar contribuyó, por su parte, a configurar el modelo de sacerdote que estaría vigente durante una centuria.
En esta etapa, los límites diocesanos experimentaron cambios de cierta importancia. En primer lugar, se reincorporaron a la jurisdicción diocesana las exentas de la abadía de Santa María de Párraces en 1836 y de la citada Real Colegiata de la Santísima Trinidad en 1873. Ya en el siglo XX, como consecuencia del concordato de 1953, en cuyo artículo noveno se establecía que los límites de las diócesis debían ajustarse a los de las provincias, Segovia entregó dieciséis parroquias a Valladolid, cuatro a Burgos y tres a Ávila, recibiendo a su vez diecinueve de Sigüenza, nueve de Ávila y dos de Osma. Con esos ajustes, la diócesis ganó siete parroquias y perdió unos quince mil feligreses.
El extenso episcopado de D. Antonio Palenzuela Velázquez (1970-1995) coincidió con el final del modelo eclesial surgido en el siglo XIX y con la implantación en la diócesis, no sin dificultades, de los cambios en las estructuras y las actitudes promovidas por el Concilio Vaticano II. Igualmente, durante su prelatura se produjo la instauración de la democracia en el país. Tras el episcopado de Antonio Palenzuela, han sido obispos de Segovia: Luis Gutiérrez Martín (Navalmanzano, Segovia, 1931-2016), religioso de la Congregación de los Hijos del Inmaculado Corazón de María (claretiano), entre 1995 y 2007; Ángel Rubio Castro (Guadalupe, Cáceres, 1939), entre 2007 y 2014. Aunque presentó su renuncia al Papa por motivos de edad en diciembre de 2023, desde el año 2014 y hasta hoy, el obispo de Segovia sigue siendo César Augusto Franco Martínez (Pinuécar, Madrid, 1948).
© Bonifacio Bartolomé