Magnífica humanidad
20260531 Trinidad. Este domingo la Iglesia celebra la fiesta de la Santísima Trinidad. Es un día difícil para los sacerdotes, que no sabemos muy bien cómo predicar. Por un lado, hablar de la Trinidad parecería algo muy teórico, totalmente ajeno a la vida cotidiana de la gente corriente. Es un misterio inconcebible, que sencillamente no cabe en nuestras cabezas y nos bloqueamos al intentar explicar cómo tres es igual a uno. Para muchos sería una prueba más de la lejanía entre la razón científica y la fe, algo completamente alejado de todo conocimiento empírico.
Sin embargo, es el mismo Dios quien nos ha dado la llave para poder abrir la puerta de este misterio. El evangelista san Juan pone en boca de Jesús, en su primera enseñanza, la clave de interpretación: «Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Unigénito», para que el mundo le conozca. Y al final del evangelio, en su última enseñanza, como el cierre de un paréntesis, Jesús responde a la petición de Felipe para que, por fin, nos muestre al Padre: «Felipe, quien me ha visto a mí, ha visto al Padre».
Pero no termina aquí la clave de interpretación que hemos recibido. Si el Hijo de Dios ha querido hacerse hombre y vivir a fondo la humanidad es porque en ella está el camino para el conocimiento de Dios que él mismo había diseñado desde un principio: en «la magnífica humanidad que Dios ha creado». Con estas palabras comienza la primera gran encíclica de León XVI, que pone en el centro el cuidado de la vida del hombre y nuestra responsabilidad. En ella, nos recuerda que el camino para acceder a Dios es el mismo hombre, nosotros mismos, en las relaciones que vivimos. Esto se realiza en la medida en la que, respondiendo a la llamada inscrita en la libertad, dejemos que nuestras aspiraciones respondan al diseño de Dios.
El Dios trinitario aparece mencionado explícitamente en la encíclica sólo en dos ocasiones, en una especie de pequeño movimiento parabólico que inicia un viento que envuelve todo el documento. «El hombre y la mujer son creados “a imagen y semejanza” del Dios trinitario. Cada persona, hecha constitutivamente para la relación, es pensada y querida por Dios para entrar en una historia de comunión con Él, con los demás y con la creación» (n. 50). No es solo el hombre, ni solo la mujer, sino «el hombre y la mujer», donde podemos encontrar las huellas de la imagen de Dios, en su apertura constitutiva a Dios y en su capacidad para construir una nueva ciudad, con los demás, en el escenario de la creación.
Pero esta ciudad no está vuelta hacia sí misma, como la torre de Babel, sino que es una ciudad abierta, como la del apocalipsis con las doce puertas que la rodean. La vocación más profunda de hombre y mujer «es la de entrar en el movimiento trinitario del amor recibido y compartido» (n. 48). Y este movimiento se abre a los demás, escuchando, con los oídos de Dios, el grito de los más necesitados, de los que están solos, de los que se sienten descartados y olvidados, de aquellos para los que la vida parece no tener sentido. «La carne del Hijo, pobre y vulnerable, evoca la carne de tantos hermanos y hermanas despojados de su dignidad y reducidos al silencio» (n. 231). El límite no es una maldición, sino una posibilidad de encuentro.
Hombre y mujer estamos hechos a imagen del Dios trinitario y esto se refleja en el movimiento del deseo que anida en nuestro corazón: vivir en plenitud el amor recibido y compartido. En su primera carta encíclica, el Papa nos sitúa ante una elección decisiva: qué ciudad construir. «Cada generación recibe como herencia la tarea de dar forma a su propio tiempo: hacer madurar la historia como un lugar donde se proteja la dignidad de cada persona, se promueva la justicia y se haga posible la fraternidad» (n. 1). La visita del Papa a España en la próxima semana será una ocasión única para escucharle y empezar de nuevo a edificar la ciudad en la que el Dios Trino y la humanidad hecha a su imagen habitemos juntos.
+Jesús Vidal
Obispo de Segovia