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Tenemos un pastor

20260610 Domingo XI de T. Ordinario. No hay mejor imagen para ejemplificar lo que escuchamos en el evangelio que la del viaje apostólico a España que hemos vivido esta pasada semana. Después de sus primeras enseñanzas y milagros, una gran multitud se reúne en torno a Jesús. Le buscan casi con ansia, recorren grandes distancias, con grandes esperas, malcomiendo muchas veces y durmiendo poco, solo por ver a Jesús, por tocar su manto o escuchar su palabra. Cuando Jesús mira la muchedumbre reunida ante él, el evangelista Mateo refleja la situación con una magistral expresión: «estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor». Acuden a Jesús sedientos de sentido, de atención, de escucha. Y como respuesta, a Jesús se le conmueven las entrañas y ruega al Padre para que no falten pastores que le hagan presente en medio del pueblo. La respuesta inmediata que presenta el evangelista es la llamada a los apóstoles y, de entre ellos, el primero es Pedro.

 

Es sorprendente cómo, en esta España presuntamente secularizada, la presencia del papa León ha sido como un vendaval de gracia. No creo que exista ninguna otra persona en España o en el mundo capaz de reunir a tantas personas y de concitar atención y consenso como el Papa. Su palabra sencilla, honda y sincera, nos ha tocado el corazón.

 

Recojo algunas de las enseñanzas que nos ha dejado, en especial algunas que pueden tocarnos más a los segovianos. En primer lugar, la repetida mención de san Juan de la Cruz, por ejemplo, en el discurso a las autoridades en el Palacio Real o en la homilía de la Santa Misa del Corpus Christi en Madrid. En ambos momentos nos presentó al místico carmelita, cuyos restos reposan en nuestra tierra, como un maestro que nos enseña a caminar en medio de las tinieblas. En su sed de luz, paradójicamente, aprendió a apreciar la oscuridad como el tiempo de la purificación y la libertad. En medio de las oscuridades y desorientaciones que nos rodean se necesitan personas capaces de ver la luz que se abre en la oscuridad, como un nuevo comienzo. En esta oscuridad él descubrió la presencia escondida de Jesucristo en medio de nosotros, de la que mana una vida inagotable.

 

Una segunda enseñanza que ha recorrido sus discursos es la del verdadero valor de las tradiciones y de la religiosidad popular. El Papa ha reconocido en diversos momentos el valor de nuestras tradiciones y su arraigo en la fe que nuestros antepasados han transmitido de generación en generación. También ha hecho varias referencias a nuestro valioso patrimonio histórico, tanto material como inmaterial. En este contexto, en el encuentro con el mundo de la cultura, la economía y el deporte, nos dejó una pregunta: «¿qué herencia estamos dejando al futuro y, por ende, qué tipo de comunidad estamos construyendo?». Nuestro patrimonio y tradiciones no han de ser punto de conflicto, sino ocasión de encuentro y diálogo para tejer redes que acojan a todos y puedan seguir transmitiendo su fundamento espiritual a las siguientes generaciones.

 

Y, hablando de las siguientes generaciones, en tercer lugar, quiero referirme a la inolvidable vigilia con el Papa León en la que participaron más de cien jóvenes de la ciudad y de los pueblos de Segovia. En primer lugar, por la fuerza con la que el Papa nos habló. Era comentario general entre los obispos el recuerdo de aquel joven Juan Pablo II que fue el Papa de nuestra juventud. Nos parecía verle de nuevo, ahora en la presencia de León XVI, hablando a una nueva generación de jóvenes que acogía con corazón abierto sus palabras: su invitación a que buscaran verdaderos referentes para una vida plena; a que no tuvieran miedo en entregar la vida en el sacerdocio o la vida consagrada, a que se atrevieran a fundar familias en Cristo que trasmitieran la fe. El Papa, por último, encomendó una misión a los jóvenes: «¡sed humanos!: hombres y mujeres de carne y hueso. No apariencias, sino rostros fiables. (…) Sed humanos como lo es Cristo, el hombre perfecto, el Resucitado que comparte con nosotros la historia en todo tiempo».

 

Es posible que, al mirar a nuestro alrededor, al ver las noticias de guerras, corrupción, enfrentamientos… pensemos que el mundo va a la deriva. Pero estos días hemos comprobado que Dios no abandona a su pueblo. ¡Sí! Tenemos un pastor y se llama León.

 

+Jesús Vidal

Obispo de Segovia