No tengáis miedo
20260621 Domingo XII TO. Aún está viva en nosotros la impresión de la visita del papa León XIV a España. No podremos olvidarla pronto. Además, más allá de la emoción que ha suscitado, el Papa nos ha dejado veintitrés discursos llenos de belleza y verdad. Necesitaremos todo el próximo curso para ir desgranándolos y trabajándolos poco a poco.
Durante estos días, hemos experimentado la fuerza de la fe y la visibilidad de una Iglesia viva y alegre. Un obispo me contaba que un amigo suyo le había escrito un mensaje: “¡Lo habéis conseguido!, casi me da vergüenza decir que soy ateo”. Puede parecer que hemos vivido una especie de vuelta a la tortilla. La fe ha salido a la luz y hemos comprobado que somos muchos los que seguimos a Jesucristo, que la fe no es una experiencia minoritaria. Aun así, no debemos extrañarnos si dentro de un breve tiempo la experiencia de la fe vuelve a estar fuera de la narrativa común.
Por eso, la enseñanza de Jesús a los discípulos acerca de la misión, que encontramos en el capítulo 10 del Evangelio según san Mateo, es muy apropiada para el tiempo que viene ahora. El Papa se ha ido y ahora nos toca a nosotros dar testimonio de Jesucristo en las circunstancias ordinarias.
Hacia el final de esta enseñanza, hay una expresión central: ¡no tengáis miedo! Esta expresión aparece tres veces. Jesús nos enseña que no hemos de tener miedo a los hombres al dar testimonio del evangelio. Pero alguien puede preguntarse, ¿por qué habríamos de tener miedo? Justo un momento antes había advertido a los discípulos que el discípulo no es más que su maestro y que, por tanto, si a él lo habían rechazado, también nosotros experimentaríamos el rechazo. Es normal, por consiguiente, que el testimonio del evangelio sea rechazado. Y no solo el testimonio, sino que sucede que también el testigo experimenta dicha oposición. Pero no hemos de temer esta adversidad. No es algo que tenga que ver con nuestra persona, sino que forma parte de la misma dinámica del evangelio. Este crece en lo oculto del alma, en el silencio, como una semilla que es sembrada bajo tierra o un niño que es engendrado en el seno de su madre. Pero poco a poco irá creciendo y deberá salir a la luz. La relación con Jesucristo no puede esconderse, sino que es una vida que necesariamente sale a la luz y es manifestada.
En segundo lugar, nos enseña que el rechazo que podemos experimentar en un momento dado por decir que somos cristianos y que queremos seguir verdaderamente a Jesucristo, toca lo exterior, pero no mata la relación con él. En algunos ambientes, decir que soy cristiano podría hacerme objeto de burlas o hacerme perder la fama ente los amigos o en el contexto del trabajo, o bien restar algo de influencia y respeto por parte de los demás, ya que en el consenso de este mundo el cristiano aparece como una persona que no piensa conforme a los criterios comunes. Aún hoy en día, en otros lugares del mundo, puede llegar a afectar a nuestra integridad física o incluso llevarnos a perder la vida. Pero no puede romper nuestra relación con Jesús, su amor por nosotros, que será todavía más fuerte.
En tercer lugar, Jesús nos revela la fuente de esta seguridad: el amor providente del Padre. Lo hace a través de dos imágenes. Dios Padre cuida su creación y nada le pasa desapercibido. Y el ser humano es la criatura más valiosa. Además, el Padre conoce perfectamente las circunstancias de cada uno. ¡Hasta nuestros cabellos tiene contados! Es decir, que el Padre no se desentiende ni olvida de nosotros. Por eso no debemos dejarnos vencer por el miedo.
En el encuentro del Bernabeu, tomando las palabras de santa Teresa de Jesús, el papa León nos dirigió unas palabras, válidas para todas las iglesias diocesanas, y que son una verdadera misión: «¡Nada os turbe, nada os espante! Juntos, como Iglesia diocesana, podéis ofrecer el testimonio evangélico que desata las mejores fuerzas de una humanidad bombardeada de imágenes y palabras, pero hambrienta de justicia y sedienta de verdad».
+Jesús Vidal
Obispo de Segovia