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Homilía en el Jubileo de los Arciprestazgos en la Catedral

Arciprestazgos. Sed bienvenidos todos los sacerdotes, las personas consagradas y los fieles laicos, las familias, de los tres arciprestazgos de Abades-Villacastín, de Fuentepelayo y de La Granja-San Medel que, con motivo del año jubilar por la encarnación del Señor, habéis peregrinado a nuestra Catedral de la Asunción y San Frutos, que este año cumple también 500 años del inicio de su construcción.

 

          Habéis peregrinado en coches y autobuses hasta Segovia y después os habéis reunido en la iglesia de San Miguel para cruzar peregrinando la plaza mayor y entrar en la Catedral por la puerta de San Frutos. Ahora celebramos la Eucaristía, y después os reuniréis para comer y pasar un día festivo y de encuentro fraterno. Estos gestos ya nos hablan de aquello en lo que consiste un jubileo. Cada uno salimos de nuestras casas y pueblos, con nuestras familias, y nos vamos reuniendo poco a poco hasta formar un pueblo, el pueblo cristiano, que camina en medio de otros pueblos. El gesto de cruzar la plaza mayor de Segovia, llena de otros segovianos y de muchos turistas venidos de toda España y de todo el mundo, nos habla de lo que es la Iglesia. Y este camino os ha llevado a cruzar una puerta. Esto significa un cambio, un paso, una pascua. Peregrinar en la Iglesia significa caminar todos juntos y pasar con Cristo de una vida a otra. En este camino todos participamos, todos somos necesarios. Y podemos preguntarnos ¿qué significa este cambio?

 

          En el evangelio hemos escuchado un pasaje del diálogo de Jesús con Nicodemo, un fariseo que reconocía en Jesús un gran maestro, que estaba sostenido por Dios en sus signos milagrosos, pues, como dice, nadie puede hacer lo que él hace si no es con ayuda de Dios. Pero esto no basta, le dice Jesús. Es necesario nacer de nuevo. Este es el paso que hemos de dar. No basta con reconocer en Jesús a un hombre que viene de Dios, sino que se ha de producir un cambio dentro de nosotros, pasar de una realidad a otra, nacer de nuevo. ¿Cómo es esto posible? Esto es precisamente el contenido del diálogo de Jesús con Nicodemo. En el pasaje que hemos escuchado hoy se nos dan algunas pistas para hacer este cambio.

 

          La primera es reconocer que Jesús viene de lo alto. Es lo que celebramos en el jubileo. Jesús no es simplemente una maestro especialmente inspirado o un hombre que hace signos prodigiosos. El Hijo de Dios se ha hecho carne. Dios ha caminado en la historia. Si esto es verdad, lo cambia todo. Porque entonces Jesús no habla de teorías, sino, como dice en el texto que hemos escuchado, él habla de lo que ha visto y oído. Es un testigo verdadero del Padre, no está teorizando.

 

          La segunda es que para nacer de nuevo es necesario creer su testimonio. Esto es lo que los fariseos no hacen. Y si creemos su testimonio, entonces, nos hacemos discípulos suyos, empezamos a caminar detrás de él, empezamos a vivir con él. Esta es la experiencia que habían vivido los apóstoles. Lo hemos escuchado en la primera lectura. Ante la prohibición de los fariseos que habían dicho a los apóstoles que no dieran testimonio de Jesús, ellos contestan que no pueden dejar de dar testimonio. Ser discípulos de Jesús es vivir en obediencia a Dios antes que a las modas o a las opiniones de los hombres, del mundo. Este es el cambio sustancial. Dejar de seguirme a mí mismo o a otros y seguir a Jesús, dejar que él sea quien guíe nuestras familias, nuestros pueblos.

 

          Y para esto nos envía el Espíritu Santo. Esta es la tercera pista. Jesús dice que es necesario nacer del agua y del Espíritu. Jesús nos da todo lo que ha recibido de su Padre. Este es el amor que cambia el corazón. ¿Qué puede cambiar nuestro corazón? Solo el amor es capaz de cambiar nuestro corazón y nuestra mirada. El encuentro con Jesús, que ha resucitado y vive, cambia la vida porque nos lleva a descubrir que somos profundamente amados. Entonces no vivo la fe como un conjunto de obligaciones o costumbres, sino como la respuesta a un amor inmenso. Un amor que nos mueve. Y quien no acoge este amor, se queda encerrado en sus enfados, en sus rencores, en sus amarguras, en su pecado… pero Jesús ha venido a liberarnos de esto y por eso estamos alegres y podemos celebrar que somos hermanos en él.

 

          Hoy vivimos también este jubileo haciendo memoria de san José como un hombre trabajador. Todos estamos llamados a vivir el trabajo. En casa, fuera de casa, en el estudio… Un trabajo que es esforzado, que es necesario para llevar el pan a nuestras casas, pero que es también un lugar donde podemos vivir el amor de Dios. Así nos lo enseñan san José, la Virgen María y el propio Jesús, que también trabajó con sus manos y se ganó el pan con el sudor de su frente.