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Mons. Jesús Vidal en la Eucaristía de acción de gracias por el centenario de la restauración de la Orden de los Jerónimos

Querido padre Miguel Ángel Orcasitas, asistente delegado de la Santa Sede para la Orden Jerónima. Querido Fray Andrés, Prior de este monasterio, que no nos acompaña aquí por estar indispuesto, pero nos sigue desde su celda. Querido Fray Mauro, que le representas, queridos monjes de la Orden Jerónima, queridos abades y monjes de las comunidades benedictinas; prior y frailes agustinos de El Escorial. Queridos hermanos sacerdotes de Segovia, de Madrid y de otras diócesis que nos acompañáis. Queridos miembros de la fraternidad seglar de San Jerónimo, queridos consagrados y laicos. Y un saludo también para todos aquellos que nos siguen a través de la retransmisión de TRECE televisión.

 

Nos reunimos en la Eucaristía en este día de San Jerónimo para dar gracias a Dios por la orden de San Jerónimo, nacida en España en el siglo XIV, gracias a diversos hombres que quisieron imitar la vida de este padre de la Iglesia, buscando el desierto de la soledad y el encuentro con Dios a través del estudio de las Sagradas Escrituras.

 

Y lo hacemos hoy con motivo de los 100 años de la restauración de la orden, gracias a la respuesta a la llamada de Dios del beato Manuel de la Sagrada Familia, que con un grupo de jóvenes madrileños, en este mismo monasterio de El Parral iniciaron de nuevo esta aventura de la fe. Esta es la misma fe que hoy mueve a esta comunidad, precaria en número, pero viva en esperanza y confianza en el Señor para mantener viva la llama de esta forma de vida.

 

Esperamos ciertamente en el Señor, que igual que hace 100 años, también hoy Él toque el corazón de algunos jóvenes que se muevan a mantener vivo este carisma en la Iglesia. Un carisma que, como hemos escuchado en el Evangelio, quiere ser sal con el sabor de Cristo. Y así lo hacen, ofreciendo la hospedería para que aquellos que puedan venir y compartir la vida, puedan profundizar también en la sabiduría del Señor que brota de las Sagradas Escrituras.

 

Verdaderamente, no se puede ocultar la ciudad puesta en lo alto de un monte, de igual forma que no se puede ocultar la preciosa huella de la orden de San Jerónimo en la historia de la Iglesia en España. Así, hoy está vela encendida por el Señor, es puesta en el candelero para iluminar con la luz de su Palabra a todos aquellos que de forma habitual os acercáis a esta casa en su busca.

 

Es muy conocida la citada frase de san Jerónimo, según la cual «no conoce a Cristo, quien desconoce las Escrituras». El amor a Jesucristo, cuyo testimonio nos llega a través de las Sagradas Escrituras, ha de seguir siendo el verdadero motor de vuestras vidas. Querría señalar cuatro aspectos que encontramos en el pasaje del Libro del Eclesiástico que hemos escuchado, y que pueden ayudarnos a profundizar en esto. Hoy es tan necesario el amor a las Sagradas Escrituras, para en ellas encontrar a Cristo.

 

En primer lugar, refiriéndose a la sabiduría, dice: «La busqué desde mi juventud y hasta la muerte la perseguiré». En las Sagradas Escrituras, verdaderamente encontramos respuesta al anhelo permanente de nuestro corazón. Los deseos de un joven, o de una persona anciana, pueden parecernos muy distintos, pero en realidad responden a la misma sed, la sed de Dios. Esta, sed en las Sagradas Escrituras encuentra un manantial inagotable. Estas Sagradas Escrituras en las que también san Juan de la Cruz decía que tenía infinitas cavernas en las que encontrar infinitos tesoros.

 

En segundo lugar, escuchábamos en el pasaje que hemos oído del Libro de la Eclesiastés que crecía esta sabiduría como un racimo que madura. De esta forma, la palabra de Dios, poco a poco, al escucharla despacio, al irla aprendiendo de memoria, a través de ella, la misma savia de la gracia de Cristo va creciendo en nosotros, nos va llenando para dar el fruto maduro de la caridad. Este fruto nace de la sangre entregada por Cristo en la Cruz, de tal manera que la palabra de Dios nos va moviendo, así ha de movernos a la caridad.

 

De la misma forma, la celebración sosegada y cuidada de la sagrada Liturgia y especialmente de la sagrada Eucaristía, es un elemento nuclear de vuestra vida en esta casa, que ha de hacer, crecer cada día, la caridad entre vosotros y hacia aquellos a quienes hospedáis como el mismo Cristo.

 

En tercer lugar, el autor de este libro, Ben Sirá, dice, confiesa: «Mis pasos caminaban fielmente siguiendo tus huellas». La lectura asidua en silencio de las Sagradas Escrituras nos va haciendo, poco a poco, discípulos; nos va introduciendo en un camino de discipulado, donde reconocemos que el maestro no somos nosotros mismos, sino otro que nos conduce por una senda que sabemos que a veces por vericuetos, a veces con obstáculos, pero confiamos que nos conduce al encuentro definitivo con Él. La Sagrada Escritura es así una escuela de vida que nos hace ser siempre discípulos.

 

Por último, el autor reconoce que su yugo, el de la sabiduría: «Me resultó glorioso». Esta expresión del yugo, también citada por el Señor, cerca de su yugo, que es ligero, nos habla de la unión al Señor que vivimos al escrutar las Sagradas Escrituras. En ellas alcanzamos una comunión que colma el corazón, y que nos llena de su gloria, que nos llena de su luz. Un yugo que no es pesado, un yugo que no nos esclaviza, sino un yugo que nos libera y que nos vuelve a conocer el verdadero amor.

 

Que la Virgen María, que fue la primera en acoger la palabra de Dios en su seno, no deje de iluminar el camino de esta comunidad de la Orden Jerónima y de la Iglesia entera.

 

+Jesús Vidal

Obispo de Segovia

30.09.2025