Domingo de Pascua de Resurrección
20260405 Pascua de Resurrección. A lo largo de los días del Triduo Pascual hemos contemplado a Cristo como la Pascua nueva y eterna, el Paso definitivo de Dios por nuestra vida y nuestro paso a una vida nueva. Hoy celebramos que Jesucristo ha resucitado y nos preguntamos: ¿Qué significa esto para nosotros? ¿Cómo pasar a una vida nueva? ¿Es posible que cambie nuestra vida o la vida de los que nos rodean?
Hoy terminan estos días de la Semana Santa que hemos vivido con pasión e intensidad en las celebraciones litúrgicas del Triduo Pascual y en las procesiones y viacrucis. En ellos, hemos acompañado a Nuestro Señor, Jesucristo, que entregó su vida por nosotros. Hoy empieza el tiempo de Pascua, en el que recordamos que por el bautismo hemos nacido a una vida nueva. Pero la tentación y el pecado seguirán estando presentes. Hoy y mañana la tendencia a replegarnos y a buscar nuestro propio interés no desaparecerá. Las guerras siguen hoy y seguirán mañana. Los hombres seguirán usando armas cada vez más destructoras para matarse unos a otros, buscando controlar un mayor territorio o simplemente, aniquilar al otro, visto como enemigo. Y en nuestros entornos, a menor escala, seguirá estando presente la mentira y la traición, la tentación del enriquecimiento injusto a costa del otro, la violencia que humilla en las palabras y en gestos. ¿Cómo podemos cambiar? ¿Puede realmente Jesucristo renovar nuestra vida?
San Pablo nos habla de este cambio de vida haciendo referencia de nuevo al rito de la Pascua: «¿No sabéis que un poco de levadura fermenta toda la masa? Barred toda la levadura para ser masa nueva». San Pablo se refiere a un rito que el pueblo de Israel hacía para celebrar la Pascua, que consistía en barrer bien toda la casa eliminando todo rastro de levadura que pudiera entrar en contacto con la masa de pan ácimo, sin levadura, con la que se debía celebrar la Pascua. Para iniciar hoy una nueva vida, es necesario, en primer lugar, desear quitar toda semilla de mal en nuestra vida, barrer toda nuestra casa y querer con sinceridad y verdad empezar una vida nueva.
Pero esto no es suficiente. Reconocemos que muchas veces queremos empezar de nuevo, queremos hacer el bien a todos, pero la presencia de mal a nuestro alrededor nos vuelve a contagiar y el mal aparece de nuevo, como una mala hierba. ¿Qué puede traernos la esperanza de un cambio de veras en nuestra vida? Es necesario algo que produzca una especie de shock.
En el evangelio hemos visto como los primeros discípulos vivieron este shock. María la Magdalena primero y Juan y Pedro después fueron corriendo al sepulcro y lo encontraron vacío. Allí donde había un cuerpo muerto, que debía comenzar un proceso de descomposición, no había nada, estaba vacío. Algo nuevo había sucedido. Juan y Pedro entraron en el sepulcro, vieron que estaba vacío y creyeron. ¿Qué es lo que creyeron? Que era verdad lo que había dicho: que había resucitado.
Jesucristo resucitado es la prueba de que una vida en la que el mal no tiene presencia es posible. A ella estamos llamados. Jesucristo es el verdadero pan ácimo, sin una pizca de levadura, sin una micra de mal. Y si nosotros creemos que ha resucitado y vivimos como discípulos suyos, recorreremos con él este camino de muerte al pecado y de vida eterna. Y seremos transformados en panes ácimos. El mal será barrido de nuestra vida.
Somos conscientes de que esto no se produce de la noche a la mañana, sino es un camino arduo de transformación. Pero este camino necesita un inicio, que es el encuentro con Jesucristo resucitado. Si los apóstoles hubieran robado el cuerpo, como temían los sumos sacerdotes, todo esto sería una farsa. Pero si verdaderamente Jesucristo ha resucitado todo cambia, y podemos ser llamados y conducidos por él a una vida nueva.
+Jesús Vidal
Obispo de Segovia