Encuentros en la tercera fase
20260419 Domingo IV Pascua. Recuerdo aún el impacto que provocaron en mi, de niño, películas como “Encuentros en la tercera fase”, o “E.T. el extraterrestre”, ambas de Steven Spielberg. Cuando se estrenó la primera, yo solo tenía tres años, así que debió ser algunos años más tarde, cuando ya tenía 8 o 9 años, cuando las vi en televisión. Ambas películas nos hablan del encuentro con extraterrestres y la conmoción que esto suponía para los que vivían estos encuentros en primera persona. De hecho, leyendo sobre la primera de ellas, el título original, Close Encounters of the Third Kind, proviene de la clasificación del astrónomo y ufólogo J. Allen Hynek, que participó como asesor de la película y que dividía los posibles encuentros en tres tipos básicos: Los “encuentros de primer tipo” se referían a avistamientos de ovnis; los “encuentros de segundo tipo”, que serían las evidencia físicas encontradas (huellas, interferencia técnica); y los “encuentros cercanos de tercer tipo” (de donde viene el nombre original de la película) que se aplica al contacto directo con seres extraterrestres.
El otro día escuché al filósofo Francesc Torralba la distinción entre hechos y acontecimientos. Los hechos son aquellos encuentros que vivimos cotidianamente y no tienen una significación especial en nuestra vida. Los acontecimientos son aquellos encuentros que marcan o golpean nuestro ser y nuestra forma de vivir significativamente. En este sentido, encontrarse personalmente con un extraterrestre (lo que sería un encuentro del tercer tipo), creo que podría ser calificado de acontecimiento, pues cambiaría seguro nuestra percepción del universo que nos rodea, de la idea de un lugar ignoto y vacío, a un lugar habitado y por explorar en búsqueda de nuevos encuentros.
La vida de los cristianos se basa en un acontecimiento. Un encuentro que, sin duda, es aún más extraordinario que lo que supondría encontrarse con un ser viviente e inteligente que habitara fuera del planeta Tierra. El evangelio según san Lucas nos habla de dos hombres que habían sido discípulos de Jesús de Nazaret y caminaban alejándose de Jerusalén. Digo bien que habían sido discípulos porque ellos sabían que este Jesús había muerto crucificado dos días antes. Y uno no puede ser, en sentido estricto, discípulo actual de un muerto.
Pero en un momento del camino les sucedió algo sorprendente. Se les unió un desconocido, que comenzó a caminar y a dialogar con ellos sobre lo que había pasado esos días en Jerusalén y que les tenía tan abatidos. Poco a poco y sin saber muy bien por qué, las palabras de este hombre hacían arder su corazón, hasta tal punto que, cuando llegaron a su destino y el hombre quiso seguir adelante, le rogaron que se quedara a pasar la noche con ellos. Cuando se sentaron a cenar y él partió el pan, ellos reconocieron que era el mismo Jesús de Nazaret, pero de una forma totalmente nueva, absolutamente insólita. Jesús desapareció, pero el pan partido por él quedó en sus manos como un signo de que no había sido un sueño o una alucinación.
No pudieron esperar y volvieron corriendo a contárselo al resto de los discípulos que habían quedado en Jerusalén. Allí descubrieron que también se había aparecido a otros discípulos. Ciertamente este es un acontecimiento que cambió sus vidas. Jesús de Nazaret, no sólo no estaba muerto, sino que vivía con una forma nueva de vida, que ya no estaba atada al devenir del tiempo y de la muerte. Vivía así, ya, para siempre. Y esto cambió sus vidas, porque entendieron que también les afectaba a ellos y a todos los que creyeran en el testimonio de ellos y, por tanto, estuvieran abiertos a una relación con Jesucristo resucitado.
En cierta manera, la clasificación de J. Allen Hynek puede aplicarse a los cristianos, que hemos creído en aquellos testigos de encuentros cercanos con Jesucristo resucitado, un ser humano que, siendo el Hijo de Dios, era también el hijo de María y vive ahora una nueva forma de humanidad. Además, nuestra experiencia de fe es que, no sólo hemos creído en este encuentro, sino que, de diversas formas, también nosotros lo hemos experimentado personalmente, lo que ha cambiado radicalmente nuestras vidas. Es un encuentro cercano del tercer tipo. Y no con un extraterrestre, sino con el mismísimo Hijo de Dios.
+Jesús Vidal
Obispo de Segovia