Esperar hasta el final: la pedagogía de Dios
20260719 Domingo XVI T. Ordinario. La presencia del mal y el escándalo por el sufrimiento que provoca es una de las principales razones que los hombres de todos los tiempos han aducido para renegar de la existencia de Dios.
Jesús de Nazaret no se escondió ante este escándalo y en sus enseñanzas sobre el Reino de Dios nos regaló una parábola que nos explica con sencillez cómo actúa Dios ante el mal. La parábola del trigo y la cizaña, en el capítulo 13 del evangelio según San Mateo, tiene una fuerza especial porque no habla del mal como algo lejano, ajeno o puramente externo, sino como una presencia que se mezcla en nosotros desde el comienzo con la vida. Parte de una certeza inicial que es fundamental: Dios ha sembrado sólo buena semilla en su campo. Resuena aquí aquella primera expresión de Dios al concluir lo creado: Vio Dios que todo era muy bueno, muy bello. El mal no tiene su origen en Dios, sino en un agente externo, que aparece nombrado en la parábola como “el enemigo”. Sólo hay dos posibilidades: o el mal existe desde el origen, o el mal es externo a la realidad y ha sido introducida en ella desde ella misma. Jesús nos recuerda que la posición adecuada es esta segunda. Repitamos: Dios no es el autor del mal.
Ahora bien, es cierto que en el campo del corazón humano —y, por tanto, también en la historia— crecen juntas las dos realidades que, a primera vista, se confunden: el trigo bueno que Dios ha sembrado y la cizaña introducida por el enemigo. Este hecho explica una experiencia común: no es fácil separar con rapidez, de manera perfecta y clara, lo bueno de lo malo. Es claramente distinguible el bien del mal, el trigo y la cizaña; pero no es tan clara su separación en el corazón. Al afrontar el problema del mal sería fácil simplificar: este es el malo, lo arrancamos y ya quedará solo lo bueno.
La razón de esta dificultad es doble, y la vemos en la propia imagen que nos presenta Jesús. Por un lado, al principio, trigo y cizaña son muy parecidos. De intentar arrancarlos, sería fácil equivocarse. Por otro lado, cuando crecen un poco, la cizaña entrelaza sus raíces con las del trigo, por lo que, si intentamos arrancarlas ahora que podemos distinguirlas a la vista, podríamos arrancar el trigo también. En lo invisible, debajo de la tierra, no es tan fácil distinguir una y otra. Por un lado, el mal siempre nace como algo pequeño, insignificante, que no puede distinguirse fácilmente del bien: una mentira piadosa, un amor interesado, una pequeña compensación… Pero, una vez que entra, se arraiga. Y al arraigarse deja de parecer un simple accidente: se mezcla con decisiones, hábitos, heridas, miedos, deseos, ambiciones, y termina entretejido con lo que somos. Cuando crece, va formando parte de la persona, que no es absolutamente buena, ni absolutamente mala. En cada uno de nosotros, creados para el bien, arraiga entremezclado el mal.
Pero aún queda una pregunta ¿qué podemos hacer? ¿cómo combatir con el mal? Todas las soluciones históricas que han querido arrancar el mal de raíz han acabado siendo la base de las mayores aberraciones contra la humanidad. La respuesta que da el labrador es clara: es necesario esperar. La paciencia de Dios no es indiferencia ante el mal; es sabiduría ante la complejidad.
Esta paciencia tiene varias implicaciones. Primero, nos enseña humildad en el juicio: no siempre vemos con claridad, de primeras, qué es trigo y qué es cizaña, ni en nosotros ni en los demás. Segundo nos propone una forma concreta de acción contra el mal: no responder con la violencia impulsiva, sino con la denuncia del mal, como hacen los labradores al presentar al sembrador la cizaña que ha crecido. Y, por último, la parábola nos invita a la esperanza: el trigo puede crecer incluso en un campo donde hay cizaña; la gracia actúa en medio de la fragilidad. El Papa León repite frecuentemente que el límite o las heridas no hablan del fracaso definitivo, sino de una obra inacabada, que sigue creciendo y progresando bajo la acción misericordiosa de Dios.
+Jesús Vidal
Obispo de Segovia