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Homilía del Domingo de Ramos en la pasión del Señor

Mons. Jesús Vidal, Obispo de Segovia, en la Eucaristía del Domingo de Ramos en la Catedral.

20260329 Domingo de Ramos. (En la iglesia del Seminario)

Nos hemos reunido en esta Iglesia del seminario para comenzar la procesión de las palmas y ramos, con la que acompañaremos al Señor en su entrada en Jerusalén.

 

El nombre de la fiesta que celebramos hoy indica con claridad el contenido de esta celebración en dos partes: Domingo de Ramos en la Pasión del Señor.

 

Celebramos la entrada de Jesús en Jerusalén y también los acontecimientos que se sucedieron durante la siguiente semana, especialmente desde el jueves por la tarde con la última cena, la oración en el huerto, el prendimiento y juicio por parte de las autoridades judías y romanas y la pasión y muerte en cruz de Jesucristo.

 

Todo esto, concentrado en una sola celebración. Esto hará que la Liturgia de la Palabra sea abundante. Hemos hecho una primera parte aquí y continuaremos la escucha en la Catedral.

 

Son, como digo, muchos momentos de la vida de Cristo. Por eso, en realidad es una celebración concentrada que se desplegará a lo largo de esta semana que llamamos santa. Ya sea a través de las procesiones y actos devocionales, o a través de las celebraciones litúrgicas, especialmente las del Triduo Pascual, podremos profundizar de diversas maneras en este gran misterio de amor.

 

Invito a todos a que la procesión que vamos a iniciar dentro de un momento la hagamos en silencio, uniéndonos a Jesús que entra en Jerusalén aclamado como rey. Pero no entra con carros y caballos, como un poder de imposición violenta, sino que viene humilde, montado en un borrico, para morir y dar su vida por todos los hombres. Jesucristo es el Siervo de Dios y el Siervo de los hombres.

 

(En la Catedral)

Al escuchar la pasión según san Mateo, resuena en nosotros el tercer cántico del Siervo de Yahvé del profeta Isaías, que hemos escuchado en la primera lectura. Nos presenta a un hombre que viene a traer aliento a los afligidos y, para eso ha de mostrarse paciente: No se resiste, no se echa atrás, ofrece su espalda a los que le golpean, no esconde su rostro ante la afrenta. Podemos preguntarnos. ¿cómo puede esta actitud ser aliento para nosotros? La comprensión del ser humano que hoy tenemos nos presenta la plenitud del hombre como el hombre independiente, autónomo y soberano. El camino del siervo, por tanto, no es algo que hoy podamos proponer cabalmente a este mundo.

 

Para entender el camino del Siervo en Jesús nos ayuda la introducción a la Pasión que hemos escuchado: En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a los sumos sacerdotes y les propuso: «¿Qué estáis dispuestos a darme si os lo entrego?». La traición de Judas abre un tema que acompañará todo el relato. Y este tema no afecta sólo a Judas. Es significativo que la institución de la Eucaristía, momento en que el Señor se entrega a nosotros en absoluta vulnerabilidad, en las especies del pan y del vino, también esté envuelto en la traición. Antes de las palabras y gestos de la institución, Jesús anuncia a los discípulos la traición de uno de ellos. Después de la cena, ya camino del huerto, ante el revuelo de todos, Jesús anuncia que no sólo Judas, sino que todos le abandonarán e, incluso Pedro, sobre el que debía sostenerse la Iglesia, negaría esa noche haberle conocido. Más adelante, el Sumo Sacerdote, encargado de pronunciar el nombre de Yahvé para la reconciliación entre Dios y su pueblo, es incapaz de reconocer al Hijo de Dios, que viene para traer la reconciliación y pronuncia su condena: «Es reo de muerte».

 

El hombre que pretende vivir autónomamente y rechaza ser hijo y siervo, se hace siervo de sí mismo, de su propio interés y salvación. Pero se muestra que este camino conduce a traicionar, negar y condenar al que viene a salvarnos. Jesús viene a mostrarnos qué es el hombre. No un ser autónomo y soberano absoluto, sino un hijo, que ha recibido la vida de Dios y que sólo encuentra su vida en la alianza con su Padre y Creador. Dice Jesús en el evangelio: «Quién quiera salvar su vida, la perderá; quien pierda si vida por mí, la encontrará». Esto tiene sentido porque primero, Jesús ha entregado su vida por nosotros. No se ha resistido, ha acogido el camino del Siervo de Yahvé por amor. La autonomía absoluta no es camino que conduzca a la vida verdadera. Esta sólo nos lleva a la violencia, más o menos explícita, ya que los demás son percibidos como límites de nuestra libertad o, a lo sumo, como instrumentos de ella. Este camino conduce al aislamiento y a la muerte existencial, pues somos absolutamente vulnerables y contingentes.

 

Las últimas palabras de Jesús en la cruz, que hemos repetido en el salmo, son un grito desgarrador: «¡Dios mío!, ¡Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?». Son palabras sorprendentes. Con ellas, Jesús entra en el abandono que muchos viven hoy. Son tal vez las únicas palabras de aliento que pueden encontrar aquellos que, por la presencia del mal y del sufrimiento en sus vidas, experimentan el abandono de Dios.

 

Pedimos al Señor en esta Semana Santa que nos dé su aliento en los sufrimientos que cada uno esté viviendo y una lengua de discípulo para acompañar con Jesús y hacernos siervos de Dios y siervos entre nosotros.