Aun a riesgo de decepcionar
20260405 Abril. Queridos segovianos: ¡Feliz Pascua de Resurrección!
Hace un tiempo leí en la revista Ecclesia una entrevista al obispo de Trondheim (Noruega), Eric Varden, con motivo de su paso por España para la presentación de su último libro Heridas que sanan (Ed. Encuentro). Mons. Varden es un monje trapense, converso ya siendo joven a la Iglesia Católica. Su palabra siempre es luminosa para entender el camino del anuncio del Evangelio en el tiempo que vivimos.
De la entrevista, lo que más me llamó la atención fue su respuesta a una pregunta al final del diálogo. Era una pregunta tipo, genérica, de las que se hacen para ir concluyendo y que a mí también me han hecho muchas veces: «¿Cuál cree que debe ser la prioridad de la Iglesia hoy?». A esto responde Eric Varden: «Aun a riesgo de decepcionar, te digo que la proclamación coherente del Evangelio de Cristo. Proclamar al mundo que Jesucristo ha resucitado de entre los muertos y que la muerte está muerta, que el perdón es posible y que el ser humano está llamado a la santidad».
Es una respuesta normal que puede esperarse de un obispo. Lo que me golpeó al leerla es la entradilla: «Aun a riesgo de decepcionar…». Como digo, Mons. Varden es un agudo observador del momento actual, con experiencia en una Iglesia post-secularizada. Me parece que en sus palabras se detecta a la perfección uno de los mayores engaños que hoy podemos vivir los cristianos. Pensamos que, en este tiempo secularizado, hemos de ofrecer al mundo un mensaje nuevo, fresco, emocionante, que encaje con las expectativas de todos… y sobre todo, no decepcionar anunciando “lo de siempre”.
Y, sin embargo, «aun a riesgo de decepcionar», la prioridad de la Iglesia hoy, como en cualquier otro tiempo, es el anuncio de la resurrección de Jesucristo en toda su desconcertante sencillez. En realidad, eso es todo lo que tenemos. Y todo lo demás, o nace de ahí, o ya está muerto. La vida de las parroquias, con la iniciación cristiana y los sacramentos, la formación y la escucha de la palabra de Dios, el acompañamiento a los mayores y enfermos, la labor educativa de la Iglesia, todas las obras de caridad…, si no son expresión del hecho histórico de que Jesucristo ha resucitado y ha transformado nuestras vidas por un nuevo nacimiento, no sirve de nada. Por mucho éxito o valoración que encontremos a nuestro alrededor.
Es lo mismo que experimentó san Pablo en el Areópago de Atenas. Los atenienses, al oír hablar de la resurrección de Jesucristo, se lo tomaron a broma y le dijeron: «De eso ya te oiremos hablar en otra ocasión». A nosotros nos puede pasar lo mismo, si en nuestra familia, en el trabajo o en el instituto, decimos que creemos que Jesús ha resucitado de entre los muertos y que sigue vivo después de dos mil años. Por eso podemos tener la tentación de ocultar este anuncio por miedo a decepcionar. Pero esta es la esencia de nuestra fe.
Que la alegría del Señor resucitado, de su victoria definitiva sobre la muerte, la posibilidad del perdón y la llamada a compartir la vida de Dios llene de esperanza el concreto devenir de nuestras vidas. Y que esto haga a otros preguntarse por el origen de nuestra alegría y esperanza, para que podamos dar el sencillo testimonio. Esta es hoy, sin duda, la prioridad de la Iglesia y de cada cristiano.