Menú Cerrar

Homilía en la fiesta de san Juan de Ávila

20260511 San Juan de Ávila. «Vosotros sois la sal de la tierra». «Vosotros sois la luz del mundo». Estas palabras del evangelio de hoy nos recuerdan la misión a la que el Señor nos llama. Misión de hacer fecunda la vida de los hombres, misión de iluminar sus caminos vitales en Dios. Damos hoy gracias por la fidelidad sacerdotal de algunos hermanos nuestros que celebran sus bodas de plata, oro, diamante, platino y titanio y reconocemos en ellos la obra de Dios. Al referirnos a los aniversarios, los denominamos con nombres de metales preciosos y duros. Igual que estos elementos se van forjando con el tiempo en lo profundo de la tierra así se van forjando nuestras vidas sacerdotales en las manos de Dios.

 

San Juan de Ávila fue un excelente forjador de cristianos y por tanto de sacerdotes. En sus escritos encontramos los rasgos de este proceso formativo de unión y purificación, que aún hoy siguen siendo fundamentales para la formación de los futuros sacerdotes. Muchos de vosotros iniciasteis vuestra formación en esta capilla. Contemplar hoy este proceso nos ayuda a valorar el camino recorrido y el punto en que estamos cada uno de nosotros.

 

El primero de estos rasgos es la recta intención. Al discernir el carácter que un futuro sacerdote debe tener al entrar en el seminario, lo primero es saber para qué entra, es decir, asegurar, en la medida de lo posible, que sea para servir al Señor ya los hermanos. Este es un fundamento, en el sentido de principio de la formación: Que el candidato tenga una recta intención, para que se deje formar de cara al fruto al que conduce la formación sacerdotal.

 

Es necesario verificar que no sean otras las razones que le muevan a entrar en la vida sacerdotal. San Juan de Ávila dice, por ejemplo, de su época que parece que muchos entran solamente «para tener seguridad si algún delito hicieren». Hoy, ciertamente, el sacerdocio no nos asegura no ser juzgados por los tribunales civiles. Pero también la búsqueda de seguridades mundanas puede anidar en el corazón de nuestra vida sacerdotal, condicionando la entrega a mi propia tranquilidad.

 

Ciertamente, es imposible que se dé una perfecta recta intención, pero la trasparencia ante Dios y con nosotros mismos, permite que salgan a la luz otras intenciones, más o menos conocidas por nosotros mismos, para que puedan ser purificadas en el proceso. Esto es algo que se especialmente en la etapa propedéutica, pero que tenemos que estar revisando durante todo el camino.

 

Una vez que la recta intención está enfocada, el que entra al seminario debe entrar como verdadero discípulo de Jesucristo. La vocación sacerdotal es presentada por San Juan de Ávila en el contexto de la vocación apostólica, como respuesta al sígueme de Jesús. Este sígueme dicho a Mateo y a otros apóstoles, es una palabra fuerte, recia, «cargada de amor», dice el Maestro Ávila, que afecta a toda la vida del futuro sacerdote. La llamada apostólica consiste en servir a Cristo, imitándolo a él y a sus apóstoles, en una vida de docilidad continúa a la misión. La docilidad a la acción de Dios en la Iglesia y la disponibilidad para la misión son signos que revelan la libertad de entrega de nuestro corazón. El celibato apostólico que hemos prometido vivir significa precisamente esta unidad del corazón en Dios para que él haga con nosotros lo que quiera. San Juan de Ávila fue ejemplo de disponibilidad misionera con su propia vida. Vendió todos sus bienes para quedar libre para la misión; tenía intención de misionar en América, pero ante la solicitud del arzobispo de Sevilla, quedó como apóstol de Andalucía.

 

Junto a esto la formación ha de ser integral. San Juan de Ávila habla de tres servicios para los que han de estar preparados los futuros sacerdotes: el de la predicación, el de la confesión y el de la cura de almas. En estos podemos ver el ministerio de la palabra, el ministerio de la santificación y el ministerio pastoral, por el cual el sacerdote conduce y acompaña a la comunidad cristiana en la docilidad al Espíritu Santo. A estos tres ministerios se refieren también las distintas dimensiones de la formación sacerdotal. Una buena formación intelectual y espiritual ayudará a una predicación más profunda, de raíces bíblicas y rezada, forjada a fuego, en la intimidad con el señor. Al mismo tiempo la formación espiritual hará que el futuro sacerdote celebre los sacramentos mirando siempre a la santificación del pueblo de Dios, es decir, a que crezca en todos el amor y la semejanza con Dios, y no a los propios gustos personales. Estas dos dimensiones, junto a la pastoral, apuntan a preparar al sacerdote para acompañar a los fieles caminando con ellos, escuchándolos y conduciéndoles con paciencia y amor en la búsqueda de la voluntad del Señor; interiormente guiados por lazos de amor y no desde las normas y la imposición.

 

San Juan de Ávila es claro en sus indicaciones a los obispos en las advertencias al concilio de Toledo: «que jamás ordenen de sacerdote a quien no estuviere suficientemente instruido para ser buen cura». El examen decisivo de esta instrucción ha de ser sobre la caridad pastoral y el espíritu de oración ministerial. Este debe ser también el contenido de nuestro examen cotidiano.

 

Por último, esta formación debe continuar durante toda la vida. El maestro Ávila se entristecía por la falta de ciencia de los ministros de los que dice «cuya ignorancia es mucho de llorar». Es necesario continuar no solamente la formación intelectual sino un proceso continuo de formación humana y configuración con Cristo que nunca termina en la vida del sacerdote. Y esto requiere la vida fraterna entre los sacerdotes, que San Juan de Ávila promovió con la formación de colegios y convictorios sacerdotales, que no requieren una vida reglada, pero sí una vida compartida, sobre todo en tiempos de oración, tiempos de trabajo y reflexión y tiempos de descanso.

 

A la intercesión del Santo Maestro de la vida sacerdotal encomendamos a estos hermanos nuestros que hoy celebran su aniversario, a nuestro presbiterio y la renovación para la misión en la diócesis, en línea de lo tratado en la Asamblea eclesial de Ávila.