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El poder del Espíritu. Homilía para la Misa Crismal Lunes Santo 2024

La Misa Crismal es la síntesis del misterio pascual de Cristo y, al mismo tiempo, manifiesta el desbordamiento de la gracia que se nos hace visible en los signos sagrados de los santos óleos y el crisma y de cada uno de nosotros, sacerdotes de Cristo, que por pura gracia también somos signos para el Pueblo de Dios y ministros necesarios de la salvación.

            La liturgia pone el acento en el Ungido de Dios, Jesucristo el Señor, y en el Espíritu que personifica la Unción y actúa en Jesús de forma plena, como también en cada uno de los sacerdotes y en los miembros del Pueblo de Dios, llamado pueblo de sacerdotes y reyes destinados a ordenar este mundo hacia la consumación en la gloria eterna.

            Lo que anuncia el profeta Isaías se realiza en Jesús, en la sinagoga de Nazaret; y lo que Jesús hace mediante la entrega de sí mismo, anhelamos verlo en su venida gloriosa proclamada en el Apocalipsis. La historia de la humanidad se desenvuelve entre la profecía, el cumplimiento y la escatología final. Ahora lo vemos en signos, pero, cuando venga en la gloria «todo ojo lo verá, también los que lo traspasaron» (Apc 1,7). Jesús es el que es, el que era y ha de venir. Él llena la historia y nos permite a cada generación participar en la salvación que nos ofrecen los signos sacramentales. Por eso, podemos decir con el salmista: «Cantaré eternamente tus misericordias, Señor».

            Si miramos este mundo con los ojos de Dios descubriremos la compasión que mueve a Dios cuando ve el sufrimiento y las pobrezas de sus hijos. El texto de Isaías está lleno de expresiones que buscan conmovernos: los pobres, los corazones desgarrados, cautivos y prisioneros, los afligidos, los revestidos de ceniza y de duelo. Es una descripción de la humanidad entera, desterrada de la gloria del paraíso, y abocada a errar por el mundo sin esperanza. Solo Dios puede compadecerse y cambiar la situación. Sólo él por medio de su Ungido. La entrada de Cristo en la historia es la mayor revolución de la historia. Quizás por ello, para muchos resulta increíble, porque no cabe en la razón que se considera autónoma semejante locura: que Dios se abaje a nuestra carne.

            En 1945, el gran escritor inglés convertido al cristianismo, C.S. Lewis, publicó un ensayo donde decía: «El cristianismo afirma que algo que está más allá del espacio y el tiempo, que es increado y eterno, entró en la naturaleza, en la naturaleza humana, descendió a su propio universo y ascendió de nuevo elevando la naturaleza con él. Eso es un gran milagro. Si lo eliminamos, no dejamos nada específicamente cristiano. Habría, tal vez, muchas cosas humanas admirables que el cristianismo compartiría con otros sistemas del mundo, pero no habría nada específicamente cristiano»[1].

            Gracias a lo específicamente cristiano, el pan, el vino, el aceite, y nuestra propia condición humana de hombres y mujeres se convierte en «sacramento», signo visible de la gracia. La unción de Cristo se extiende a nosotros y a los elementos naturales que actúan como instrumentos humildes y fecundos de la salvación. En el Verbo encarnado —hoy celebraríamos la Encarnación del Señor—  Dios ha hecho un pacto irreversible con el hombre superando la distancia que el pecado había creado. La alianza entre Dios y los hombres es la fuente de toda esperanza y la certeza de la salvación.

            Nosotros, hermanos sacerdotes, estamos implicados en esta alianza por la gracia de la elección. La llamada de Cristo a incorporarnos a él por el sacramento del orden, cuyas promesas de fidelidad hoy renovaremos, hacen de nosotros, según dice san Pablo,  dispensadores de los misterios de Dios, siervos de Cristo y de los hombres, mensajeros de su evangelio, pastores del pueblo santo y ministros del culto establecido por Cristo. No realizamos este ministerio como un encargo ajeno a nuestra condición humana, sino gracias a ella, pues nuestra propia carne, como la de los bautizados, ha sido ungida por Dios para llevar adelante la misión. La misma lógica de la encarnación se verificó en nosotros cuando el Espíritu descendió mediante la imposición de manos y la oración de la iglesia para unirnos de modo radical y perenne con la persona de Cristo sacerdote, el Ungido de Dios. Y del mismo modo que Cristo, al ascender al Padre, lleva consigo la naturaleza humana, así nosotros al recibir la unción del Espíritu participamos de la misma condición sacerdotal de Cristo para actuar siempre y en todo lugar en su nombre. San Pablo lo dice con una expresión sorprendente que cada uno de nosotros puede decir en primera persona: «Soy yo, más no yo, es Cristo quien vive en mí».

            Esta misteriosa y real unión con Cristo hace posible que, como dice el Concilio Vcaticano II, él se haga en cierto sentido contemporáneo con cada hombre y pueda ofrecerle, a través de nuestras pobres personas, la salvación. Se cumple así lo anunciado por el profeta Isaías y cumplido en Jesús: que los ciegos ven, los sordos oyen, los leprosos quedan limpios, los muertos resucitan y los pobres son evangelizados. Al tiempo que agradezco vuestro trabajo, quiero alentaros, hermanos, a vivir con alegría nuestro ministerio que siempre es eficaz, aunque no lo veamos cuándo y cómo quisiéramos. Ni la palabra de Dios retorna a él vacía; ni nuestras acciones sacramentales quedan infecundas. La misión que compartimos con Cristo es en sí misma, y en la medida que solo él conoce, eficaz. Unas veces sembramos, otras recogemos y la mayoría de las veces esperamos a que Dios conceda el crecimiento. Nuestro gozo está en el hecho mismo de predicar la palabra de Dios y vivir en consonancia con lo que somos mostrando con limpia trasparencia el rostro de Aquel a quien servimos.

            En el proceso sinodal en el que está inmersa la Iglesia, el Papa ha repetido hasta la saciedad que el protagonista del Sínodo es el Espíritu porque sólo él puede comunicarnos la verdad completa y ungirnos para llevar adelante la misión de Cristo. La apertura al Espíritu y la disponibilidad para actuar siempre bajo su aliento es la única condición necesaria para ser fecundos. Así sucedió con Jesús de Nazaret, «ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo porque Dios estaba con él» (Hch 10,38). ¿Estamos convencidos de que también esto puede decirse de cada uno de nosotros? ¿No basta esta certeza para vivir la alegría del evangelio y la esperanza de que nuestra fecundidad está asegurada? En ocasiones, las cifras y los análisis sociológicos sobre el descenso de la fe y de la vida cristiana pueden arrastrarnos al desaliento, tristeza e inacción; incluso a avergonzarnos del evangelio. ¿Acaso la historia del pueblo elegido por Dios y de la Iglesia no nos asegura de modo elocuente que Dios está por encima de cálculos humanos, de estrategias políticas, y de ciertos complejos de inferioridad ante las culturas dominantes? ¿No supone caer en la idolatría cuando postergamos la fe en el Dios de Jesucristo a los juicios de los poderes mundanos sobre la evolución de nuestra humanidad hacia el descreimiento o el transhumanismo? ¿Dirige el hombre el destino de la humanidad o lo dirige Dios? Y si Dios es el Señor de la historia, ¿nos fiamos realmente del poder que ha puesto en nuestras manos, el único poder que salva a la humanidad y la conduce hacia la plenitud eterna?

            Si dentro de unos momentos el aceite de estas vasijas, el pan y el vino se convertirán en fuente inagotable de la gracia, y las llevaremos a nuestras comunidades como el gran don del Espíritu, ¿necesitamos más pruebas o signos de que Dios está con nosotros y actúa a través de lo que él mismo ha creado? ¿O somos como aquellos que pedían a Jesús signos portentosos porque les parecía poco relevante lo que hacía el profeta de Nazaret, solo porque no derrocaba el poder de Roma?

Queridos hermanos: Sabemos por la historia que hay poderes, imperios y reinos que se caen solos, porque están edificados sobre la mentira, el poder y el dinero, la corrupción moral e inconfesables chantajes y alianzas de prácticas políticas que se secuestran al pueblo. Los profetas clamaban ya contra esto en el AT. No hay futuro para quienes se buscan a sí mismos bajo la cínica máscara del servicio al pueblo. Pasarán a la historia como han pasado tantos poderes cuya única razón para sobrevivir era su propia egolatría. Leamos a los profetas y escuchemos a Cristo. El único poder capaz de trasformar este mundo es el del Espíritu, el de la Verdad y la santidad de la vida según el evangelio. Es cierto que el Pueblo de Dios pasará, como en otros tiempos, por crisis de contradicción, pero el juramento que Dios ha hecho a su Hijo y a nosotros no dejará de cumplirse: «Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír».

            Aquí y ahora, en esta santa asamblea, se cumple lo que Dios ha prometido y realizado con la Unción de Cristo: que el Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad y a los ciegos la vista, a poner en libertad a los oprimidos, a proclamar el año de gracia del Señor». Interioricemos esta realidad.

            Miremos al mundo con compasión. Pidamos la paz para Ucrania, para la Tierra del Señor y para los países que sufren la guerra o cualquier tipo de violencia. Y como buenos samaritanos parémonos sin prisa ante los que sufren al borde del camino, olvidados de los hombres y unjamos sus heridas con el óleo de la alegría, de la misericordia y de la paz. Que santa María de la esperanza, que recibió en su seno al Redentor del mundo, nos sostenga maternalmente en la fidelidad a Cristo y a su Iglesia.

[1] C. S. Lewis, Dios en el banquillo, Madrid 72021, 82.