Así que, salvo mejor opinión —estos párrafos ni son ni quieren ser un estudio completo sobre historia ni etnografía— parece que estamos ante otro de esos casos que nos son tan queridos en esta tierra de una especificidad muy, muy particular en lo tocante a tradiciones religiosas de la ciudad de Segovia. Recordamos otras, ¿verdad? Efectivamente: la Catorcena de Segovia y la «misa de privilegio», esa misa y ese nombre que nadie entiende fuera de los límites de la ciudad. Bueno, pues ahora, casi sin temor a equivocarnos, podemos añadir, y muy orgullosos, por cierto, una tercera: el Pan de las Candelas de El Salvador.
Pero es que además, esta fiesta —así podríamos llamarla— tiene un valor pastoral y simbólico que merece la pena considerar. Aunque ahora ya no hay pobres como antiguamente a los que socorrer de aquellas maneras (hay otras necesidades que se atienden por otros cauces), el gesto que hoy encabeza José Antonio Serrano como párroco de El Salvador expresa la necesidad y la obligación de compartir que tiene la Iglesia y la sociedad: compartamos lo que tenemos, demos lo que recibimos. Y celebrémoslo juntos. Todos estamos necesitados de pan; todos, en el fondo, somos unos menesterosos de alimento físico, emocional y espiritual. Y todos formamos una comunidad: una comunidad vecinal, social y, el que así lo desea, una comunidad creyente en torno al Señor y su misterio eucarístico (otro Pan compartido). Una comunidad que se necesita para alimentarse mutuamente y seguir creciendo, a pesar de las fuerzas polarizadoras e individualizadoras del mundo actual.
El pan, por último, como alimento básico, nos habla de sencillez y de igualdad: el pan nos hace iguales, porque como iguales andamos necesitados de las mismas cosas. Por eso el gesto de compartir un modesto bollo de pan una mañana de invierno nos hace ser conscientes de nuestra modestia, de nuestra pequeñez. Compartirlo nos hace más humanos, nos hace hermanos… Quizá el celebrar todo esto el día de la Presentación del Señor, el día de la Candelaria, donde la luz es protagonista, no sea casual: la Providencia tiene estas cosas… Esa luz de las candelas bien puede ser un reflejo de la Luz que hace poco más de un mes adorábamos en un pesebre. Esa Luz que sólo vieron los pastores y que los movió a presentar y a compartir su pan con Aquél que quiso hacerse uno como ellos, alguien humilde, conocedor y necesitado de todo lo que es humano. Quizá, ojalá sea así, este Pan de las Candelas nos haga comprender que, en esta vida, todos somos pastores y no reyes.