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Homilía en la apertura del Año Jubilar Sanjuanista

Junto al sepulcro de San Juan de la Cruz abrimos el año jubilar por el 300 aniversario de su canonización, por Benedicto XIII en 1725, y el primer centenario de su proclamación como doctor de la Iglesia por el Papa Pío XII en 1925.

 

Si fueron capaces de saber tanto que pudieron escudriñar el universo, ¿cómo no encontraron antes a su Señor? Esta pregunta del libro de la Sabiduría podría ser el inicio de un diálogo del Maestro San Juan de la Cruz con el hombre de hoy. Frente a una ciencia y una técnica que presumen de un gran conocimiento y poder, fray Juan es testigo de una sabiduría que no viene de los hombres, sino de Dios; una sabiduría, en palabras de S. Pablo, que es divina, misteriosa, escondida. Bien podemos poner estas palabras en boca del santo Doctor, que dejándose hacer por Dios fue llevado a la perfección hasta sentir amar a Dios con el mismo amor con el que era amado por él.

 

Desde este monasterio que él mismo fundó y de cuya construcción participó siendo su primer prior, hoy nos unimos de corazón a los otros lugares sanjuanistas en los que se celebrará este año jubilar: con la diócesis de Ávila, en su localidad natal, Fontiveros y en Duruelo, donde fundó el primer monasterio del Carmelo Descalzo y en la diócesis de Jaén, en Úbeda desde donde partió al cielo a rezar maitines. Desde aquí me uno a mis hermanos obispos de estas diócesis, con quienes, y junto al prior general, el P. Miguel, D. César, obispo emérito de nuestra diócesis solicitó la gracia de este año jubilar.

 

Recodando las palabras de San Juan Pablo II en su memorable visita a este sepulcro, como él, también nosotros queremos encontrar en San Juan de la Cruz «un amigo y un maestro que nos indique la luz que brilla en la oscuridad para caminar siempre hacia Dios»[1]. Son muchos los aspectos en los que San Juan de la Cruz puede ser guía para el hombre de hoy. A lo largo de los actos del jubileo se profundizará. Me atrevo a señalar solamente tres.

 

El primero de los primeros aspectos es el necesario despojamiento de las criaturas para la renovación de nuestra fe en el seguimiento de Cristo. No porque pensemos que las criaturas son malas. Ellas han sido creadas por Dios y nos llevan a admirar su nombre. Sino porque, cautivados por su hermosura, el amor desordenado a ellas nos impide amar verdaderamente a Dios. El brillo de las riquezas, del poder o de la fama nos desorientan y siembran rechazo a Dios y violencia y discordia entre los hombres. Son tremendamente actuales las palabras del libro de la sabiduría: Dan vueltas a sus obras, las investigan y quedan seducidos por su apariencia, porque es hermoso lo que ven. Es hermoso, pero sin referencia a su fundamento en Dios, son apariencia y llevan a engaño. Mirar a Cristo, Aquel que es la única Palabra que nos ha dado el Padre amplia nuestro horizonte vital y ensancha el corazón. «Aprende a amar a Dios como Dios quiere ser amado»[2], nos dirá el santo doctor.

 

Un segundo aspecto es el amor a la Iglesia en su unidad. Una unidad por la que Jesús ruega en el evangelio y a la que fuertemente nos está llamando en su primer magisterio el Papa León XIV. La unidad de la Iglesia es signo de la unidad de Dios (Que sean uno como tú Padre en mí y yo en ti) y es camino para la unidad con Dios (Este es mi deseo: que estén conmigo). La amistad con Cristo no puede llevarnos a otro lugar que no sea la comunión de la Iglesia. Tanto San Juan de la Cruz, como Santa Teresa de Jesús, son grandes y experimentados maestros en un amor probado a la Iglesia. No vivieron en el contexto de una Iglesia perfecta, sino una Iglesia marcada por las heridas de la mundanidad espiritual. Una Iglesia siempre necesitada de conversión y purificación, empezando por los pastores. Una Iglesia que necesita de la participación de todos y que es siempre renovada por la acción de Dios en los pequeños.

 

El tercer aspecto que querría señalar es el del silencio. Es allí donde se son da la sabiduría escondida que sólo puede alcanzarse a través de la «espesura de los padecimientos». No es un silencio individualista, sino el silencio que nace de la paradójica soledad acompañada de la comunión trinitaria. Este silencio corresponde a un grito del corazón del hombre, tal vez especialmente vivo en nuestro tiempo. En palabras del premio Princesa de Asturias, el filosofo Byung-Chul Han: «Desde el punto de vista estructural, una de las causas de la crisis de la religión es la pérdida del silencio. La nuestra es una época de ruido»[3] Para acercarnos a Dios, en un tiempo de tanto ruido interior y mediático, es necesario, como lo era entonces, acudir a la oración, al silencio personal y a la escucha pausada y calmada de la Palabra de Dios. Esta oración, vivida cotidianamente o en tiempos más largos y sosegados, nos conducirá a la sabiduría de la cruz, la sabiduría del amor que se da en lo escondido, que nos lleva a querer padecer con Cristo y con todos los que sufren por causa de las más variadas pobrezas.

 

Cuentan los libros de crónicas que S. Juan de la Cruz dejó un fundamento espiritual tan fuerte, tan atractivo y sublime en este lugar que ha permanecido hasta nuestros días. Pedimos para todos los que se acerquen a los templos jubilares este año, que puedan beber algo de este espíritu y vean renovadas sus vidas en un más verdadero e intenso amor de Dios.

 

[1] S. Juan Pablo II, Celebración de la palabra en honor de San Juan de la Cruz, 4 de noviembre de 1982.

[2] Dichos de luz y amor, 59

[3] Byung-Chul Han, Sobre Dios. Pensar con Simone Weil, Ed. Paidós.