Canarias, donde el papa León XIV nos enseñó a mirar hacia el mar
20260612 Canarias. El último tramo del viaje apostólico de León XIV a España no comenzó en una catedral ni terminó bajo una gran cúpula. Comenzó en un puerto y terminó frente al mar.
Durante dos días, Canarias dejó de ser periferia para convertirse en el centro simbólico del viaje. Allí donde Europa termina y comienza el Atlántico, el Papa quiso situarse deliberadamente en una frontera concreta y hacer una pregunta incómoda: qué ocurre con nuestra humanidad cuando el sufrimiento llega hasta nuestra orilla.
Porque en Canarias no habló tanto de migración como de algo más profundo: del modo en que miramos al otro. Desde el primer momento quedó claro que no había llegado para hablar de flujos migratorios ni de cifras. Llegó para mirar rostros. Y por eso eligió comenzar en el puerto de Arguineguín.
Aquel lugar —que durante años fue conocido como el muelle de la vergüenza— se convirtió por unas horas en el escenario de uno de los momentos más intensos de todo el viaje a España. Allí escuchó a quienes conocen el Atlántico desde dentro: un capitán de Salvamento Marítimo, una voluntaria de Cáritas y una víctima de trata. Escuchó relatos atravesados por el cansancio, el miedo y la pérdida, pero también por la obstinación silenciosa de quienes siguen saliendo al encuentro del otro.
Monseñor Mazuelos lo expresó con claridad: este puerto ha sido testigo de miles de llegadas de personas que escapaban del hambre, la guerra o la desesperación. Pero precisamente allí, donde tanto sufrimiento se ha concentrado, puede comenzar también una historia distinta.
El pescador de hombres
Cuando tomó la palabra, León XIV levantó ligeramente la mano y mostró el anillo del Pescador. No fue un gesto menor. Desde esa imagen construyó toda su reflexión. Recordó que Pedro recibió una llamada singular: convertirse en pescador de hombres. Y explicó que en lugares como Canarias esa expresión deja de ser metáfora para adquirir una densidad concreta y dolorosa. «El Sucesor de Pedro no puede desentenderse de estos muelles».
Después recurrió a una imagen bíblica inesperada: el mar como símbolo del caos. El Leviatán antiguo convertido hoy en las mafias que comercian con personas, en el miedo, en la indiferencia o en todo aquello que termina tragándose vidas humanas. Frente a ese mar que devora, recordó la escena del Evangelio en que Cristo ordena: «¡Calla, enmudece!». Y añadió una idea que pareció marcar el resto de la etapa: donde Cristo manda callar al mar, la Iglesia no puede permanecer muda.
Pero si el primer día estuvo marcado por quienes llegan, el segundo estuvo dedicado también a quienes permanecen. En la Catedral de Santa Ana, León XIV quiso encontrarse con obispos, sacerdotes, religiosos, seminaristas y agentes de pastoral de todas las islas. No habló tanto de estructuras ni de programas. Más bien pareció querer detenerse junto a quienes sostienen silenciosamente la vida cotidiana de la Iglesia.
Retomando una vez más el lenguaje del mar, habló de navegar con dos certezas: abrazar la cruz y cultivar una profunda espiritualidad eucarística. Recordó a los santos que supieron llevar a Jesús en sus barcas y encontrar en medio de las tormentas una esperanza que no dependía del buen tiempo.
Todos somos migrantes
Y volvió a pronunciar una expresión que ya había atravesado Madrid y Barcelona, pero que en Canarias adquirió un significado nuevo: «Alzad la mirada». No para escapar de la realidad. No para mirar más lejos que el horizonte. Sino para aprender a mirar de otra manera.
Quizá esa intuición alcanzó su forma más concreta en el encuentro del centro de acogida Las Raíces, en Tenerife. Allí desaparecieron los grandes escenarios.
León XIV se encontró con hombres y mujeres que habían sobrevivido al Atlántico y que ahora esperan reconstruir sus vidas en tierra firme. Escuchó historias de pérdidas, de familias separadas, de amigos que no llegaron y de un desconcierto nuevo: sobrevivir al mar para encontrarse después con la incertidumbre.
Habló en francés para acercarse a la mayoría de ellos. Y pronunció una de las frases más importantes de toda la visita: «Todos, de algún modo, somos migrantes». No era una afirmación política. Era una afirmación profundamente humana.
Todos atravesamos etapas desconocidas. Todos dependemos alguna vez de que alguien nos reciba. Todos vivimos buscando una tierra donde descansar. Por eso quiso desmontar una frontera más profunda que cualquier frontera geográfica: la que convierte al otro en expediente antes que en persona. Las migraciones, dijo, tienen algo importante que decir a nuestras sociedades, porque también pueden convertirse en lugar de encuentro y enriquecimiento mutuo.
En el corazón de Cristo nadie vive aislado
Y el viaje terminó donde parecía inevitable que terminara: junto al mar. En el puerto de Santa Cruz de Tenerife, durante la misa conclusiva del viaje apostólico, el Atlántico volvió a aparecer como telón de fondo. León XIV habló del Corazón de Cristo como el corazón de la historia y recordó que ningún ser humano está hecho para vivir aislado.
«Ningún ser humano es una isla». En unas islas acostumbradas a recibir y despedir barcos, aquella frase adquirió una fuerza particular. Después dio gracias por Madrid, Barcelona y Canarias. Confesó regresar a Roma conmovido por el afecto recibido y recordó que aquel puerto llevaba un nombre lleno de sentido: Santa Cruz.
Antes de despedirse dejó una vez más el lema que había acompañado todo el viaje. «¡Alzad la mirada!». Quizá porque, después de estos días, ya no significaba solamente mirar al cielo. También significaba aprender a mirar hacia la orilla.
Y decidir quién queremos ser cuando alguien llega hasta ella.