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Homilía en la clausura de la visita pastoral al Arciprestazgo de Abades-Villacastín

Clausura de la visita pastoral Abades-Villacastín

20260703 Clausura visita pastoral. Nos reunimos en la casa de Nuestra Madre, en su advocación de Aparecida, como se venera en esta Ermita de Valverde para traer los frutos de la visita pastoral.

 

Han sido dos meses y medio, en los que he visitado las 36 parroquias que conforman este arciprestazgo. Una visita exprés, pero que me da una visión general de la situación de la Iglesia en esta zona de nuestra Diócesis.

 

Los temas principales que han salido son semejantes en todo el arciprestazgo:

 

Como principales alegrías, puedo destacar la comunidad, la alegría de pertenencia a una pequeña comunidad en la que todos os conocéis, la acogida que he podido comprobar por mí mismo. También se ha expresado mucho la alegría de la Eucaristía dominical y de las fiestas como momentos de encuentro y reunión, que fortalecen la identidad del pueblo.

 

Al mismo tiempo, y unido a esto, me habéis expresado el temor y la preocupación por la falta de sacerdotes, que dificultará en muchas ocasiones la frecuencia de estas celebraciones con la eucaristía.

 

También es común la preocupación por la dificultad para transmitir la fe a los jóvenes, el envejecimiento y la falta de relevo para mantener estructuras que han sostenido nuestra fe durante, al menos el último siglo. En este capítulo aparece siempre la dificultad para la iniciación cristiana de los niños, dado que, muchas familias que piden la iniciación cristiana para sus hijos tienen una fe muy frágil, poco formada, e incluso a veces, casi inexistente.

 

Una tercera preocupación es el mantenimiento del patrimonio. Tenemos mucho patrimonio y pocos recursos para mantenerlo bien.

 

Ante esto, he querido fortaleceros en la fe. Las palabras del Señor hoy a Tomás resuenan también para nosotros: Bienaventurados los que crean sin haber visto.

 

La fe es en si misma una bienaventuranza, fuente de paz y alegría. El encuentro con Jesucristo resucitado es el punto de partida para la renovación eclesial que estamos llamados a vivir. TODO lo que hagamos ha de estar al servicio de la fe, para facilitar y alimentar un encuentro con Cristo vivo. Nos da miedo que si perdemos estructuras a las que estamos acostumbrados, lo que hemos hecho siempre, la fe se venga abajo. Pero yo me pregunto ¿de qué sirven las estructuras de siempre si no tenemos fe? ¿De qué sirven nuestras tradiciones si no conducen a un encuentro personal con Jesucristo que renueve nuestra vida? Muchas de las tradiciones y formas que vivimos provienen de una época en la que la sociedad era cristiana. Hoy ya no lo es.

 

A vino nuevo, odres nuevos. Esto no significa que vayamos a destruir todo. Pero tenemos que discernir qué podemos hacer y qué no; y qué fruto da en nosotros. El pasaje del encuentro de Santo Tomás con Jesucristo es un ejemplo de laboratorio de la fe. Necesitamos hacer experiencia real de Jesucristo. No podemos darlo por sentado. Santo Tomás fue valiente y puso delante de la Iglesia sus dudas: si no veo las señales de los clavos, si no meto mi mano en el costado, no creo. Y Jesucristo respondió a su trasparencia. ¿De qué habría servido que Tomás se guardara sus dudas ante los apóstoles y hubiera dicho a todo que sí sin creer de verdad? ¿Qué Jesucristo hubiera anunciado después?

 

Con las dudas expresadas por Tomás parece que la comunión de los apóstoles se quiebra. Igual sus dudas se contagiaron a alguno. Pero fueron la ocasión de una nueva experiencia de Jesús. No se trata de poner a prueba a Jesucristo, sino de poner encima de la mesa nuestro corazón para vivir las cosas en verdad y hacer juntos un camino.

 

Jesús es la piedra angular. Fuera de Él no puede construirse nada que se sostenga. Pero con Él estamos llamados a formar parte de un templo consagrado al Señor. Vosotros sois las piedras vivas:

 

Laicos, consagrados, sacerdotes, formando comunidades de verdaderos discípulos de Jesucristo, con experiencia real de Él, que hayan visto los signos, tocado con la mano sus heridas.

 

Termino con una cita del papa León XIV en la Santa Misa en el estadio de Gran Canaria. Creo que merece la pena leerla y meditarla despacio. Recoge todo lo que he querido transmitiros.

 

Y es en este rostro de Dios siempre «enamorado», que anhela total y constantemente nuestro bien y nuestra felicidad plena, que nosotros reconocemos el camino de la vida, aprendiendo un nuevo modo de existir y de relacionarnos, un criterio diferente para evaluar las decisiones, un estilo renovado y estimulante de hacer comunión.

Encontrarse con este rostro enamorado de Dios en Jesucristo y dejarse conducir por Él es el único camino de renovación en la Iglesia.