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Los terrenos

Los terrenos. XV de T Ordinario

20260712 Terrenos. Pensemos en una tranquila bahía natural, cerca de Cafarnaúm, donde el agua fría del lago se encuentra con el viento cálido del sur, creando un asombroso anfiteatro acústico. En ese escenario, flotando suavemente sobre una barca para proyectar mejor su voz, Jesús de Nazaret pronunció una de sus enseñanzas más universales y vigentes: la enseñanza acerca del Reino de Dios. La introducción de esta enseñanza es una de sus parábolas más conocidas: la parábola del sembrador y los terrenos. Aunque fue concebida hace dos milenios su contenido nos da también hoy una radiografía perfecta de la psicología contemporánea y de nuestras dificultades colectivas para asimilar lo verdaderamente importante.

 

El relato parte de una paradoja inicial: un sembrador sale a esparcir la semilla con absoluta generosidad, lanzándola en toda clase de terrenos sin excluir ninguno. Parece que no tiene mucho cuidado al elegir el terreno, lo que habla de una semilla abundante. La semilla posee una enorme fuerza intrínseca; tiene la capacidad biológica de germinar por sí misma. Sin embargo, su destino final no depende de su calidad, sino del suelo que la recibe. El texto nos presenta cuatro tipos de terrenos que simbolizan las disposiciones humanas que pueden impedir o permitir que esta semilla de su propio fruto.

 

El primer escenario es el borde del camino. Allí, la tierra compactada por las pisadas impide que la semilla penetre, quedando expuesta en la superficie hasta que las aves rapaces se la llevan. Este suelo representa la incapacidad actual para prestar atención. En la era de la hiperconectividad, muchos transitan la vida permaneciendo al margen, observando desde fuera. El papa Francisco llamó a esto “balconear”. Ven y oyen muchas cosas, pero sin atender ninguna. Es el corazón duro de los escribas y fariseos del que Jesús advierte muchas veces. Al carecer de apertura y de una escucha activa, la palabra de Jesús se desvanece, es “robada” antes de generar el menor impacto.

 

El segundo terreno es el pedregoso. Aquí la semilla brota con rapidez y entusiasmo aparente debido a la escasa profundidad de la tierra. No obstante, al salir el sol con fuerza, la planta se seca por la total ausencia de raíces que alcancen la humedad del fondo. Es el retrato de la inconstancia y la fragilidad emocional que vivimos hoy: proyectos y convicciones que se abrazan con euforia pasajera, pero que se abandonan al primer obstáculo o contradicción. Sin tiempo ni perseverancia, es imposible desarrollar la resiliencia necesaria para madurar.

 

El tercer entorno está dominado por los abrojos y las espinas. La planta llega a nacer, pero las malas hierbas crecen con más fuerza, privándola de luz y aire hasta asfixiarla. Jesús identifica estos abrojos con las preocupaciones mundanas, la sed de fama y la ambición desmedida de dinero. Trasladado al presente, equivale al activismo frenético, a la preocupación continua por la aprobación de los demás o al agobio por el estatus material. Si permitimos que estas dinámicas ocupen el primer lugar en nuestra escala de valores, terminaremos por ahogar nuestra dimensión interior y espiritual.

 

Por último, emerge la tierra buena. Aquí vemos prefigurada la Iglesia, la comunión de discípulos que buscar escuchar y crecer en Jesús. Este terreno fecundo representa la escucha atenta, la paciencia y el amor ordenado. La Virgen María, tierra virgen de la que nació Jesús es la perfecta realización de este terreno. En este suelo propicio, la semilla arraiga de verdad y produce una cosecha asombrosa y diversificada: unos campos rinden el ciento, otros el sesenta y otros el treinta por uno, respetando la singularidad de cada individuo. No es uno mejor que otro, sino que cada uno cumple su meta según su diversidad.

 

Muchos están tomando o tomarán próximamente unos días de descanso. Tal vez sea el mejor momento para ver cómo está nuestro terreno. Para que la promesa de Dios en nosotros prospere, se requiere crear espacio en el corazón mediante el silencio y la tranquilidad. En un mundo saturado de notificaciones y ávido por la respuesta inmediata, sanar y recuperar nuestra capacidad de atención y cultivar la capacidad de perseverancia no es solo un imperativo espiritual, sino el único camino para no volvernos áridos.

 

+Jesús Vidal

Obispo de Segovia